Los edecanes del coronel Aureliano Buendía pintaron un círculo de tiza a su alrededor. El coronel, embriagado por la gloria, se vuelve inaccesible, marcando físicamente la distancia –tres metros- que lo separa de los demás, mientras crea pececitos. En una huida de la realidad, representa la soberbia del poder, la soledad inquebrantable y el miedo a la traición. (García Márquez, G. Cien años de soledad. Edhasa. 1969).
Es normal que quien ha querido y, parcialmente, conseguido cambiar el modelo político español, cambie el modelo de partido político. éste era un camino ya emprendido: la crisis de los partidos de masas, propios del estado del bienestar, más el cambio en los modelos de comunicación, condujo al deterioro de la partitocracia –legitimado por cierta desafección social y la lejanía de la organización al votante, incentivada por los sistemas electorales- y determinó los partidos basados en liderazgo: nada entre el pueblo y el líder.
El partido es, en realidad, un estorbo en este modelo. Los socialistas españoles asumieron un hiperliderazgo personalista, el desplazamiento del poder de Ferraz a La Moncloa, la ocupación de Ferraz por directivos venales, mientras las candidaturas, los congresos regionales y hasta las agrupaciones eran modeladas por Sánchez.
“El puto amo” se vio liberado de las Comisiones Ejecutivas y los Comités Federales, mientras Ábalos, Koldo y Cerdán modelaban unas agrupaciones envejecidas y podemizadas y los secretarios regionales adquirían forma de ministros gritones sustituyendo a los líderes naturales de la organización.
La cuestión es clave: una organización domeñada y unas direcciones territoriales sumisas han permitido el pacto clientelar con territorios específicos como el País Vasco o Cataluña. Políticas singulares y generales, rechazadas por el votante y donde los líderes de las organizaciones repiten el discurso oficial. No hay, en consecuencia, acción local que explique, matice o rechace. Fíjense que la Chunta Aragonesista debió en Aragón empezar su campaña rechazando la financiación catalana, rompiendo con SUMAR, mientras la candidata socialista permanecía atrapada en la barbaridad.
Si hay algo oprobioso para una formación política es verse sometida al silencio, al único argumentario del líder incontestable. Más aún, a verse aislado de la sociedad en la que opera, obligado a defender políticas incomprensibles y unos argumentarios que, en un barrio, en un pueblo, en una asociación no son objeto de la conversación.
Más oprobioso, aún, resulta que las carreras políticas de los cuadros políticos más relevantes en municipios o comunidades queden a expensas de salvar el porvenir político del máximo dirigente. Y, no menos importante, que las carreras políticas y profesionales en el ámbito público de la militancia queden a expensas del dedazo correspondiente de La Moncloa, cuyo espacio de clientelismo en materia de colocaciones se ha expandido sin límite, pregunten acaso en Badajoz, pagando el pato de un hermano músico.
Nadie que haya militado en un partido político en España ha vivido un modelo partidario, menos en la izquierda, de la naturaleza de la que estamos viviendo, tanto en el socialismo realmente existente como en la izquierda de verdad verdadera.
Un modelo de partido sin bases, agrupaciones, círculos o como quieran llamarles y solo jefe y asesores. Al albur de los votantes sin mediación democrática de la militancia de los partidos. Nadie con experiencia política ha conocido ni urnas tras las cortinas, ni la imposibilidad de poner colorado al jefe con un discurso, más o menos inútil, en un órgano de dirección.
Hay algo peor que ser expulsado por tocar las narices al líder o discrepar: el miedo a ser disidente, saber que la mera expresión de una disidencia te aísla del núcleo partidario, del mundo de la opinión.
Podían ser más o menos amplios, en el pasado, los círculos de influencia y elaboración estratégica, más estrecha o menos la complicidad con el secretario de organización o la autonomía de los territorios. Pero no hemos conocido un líder viviendo en un círculo de tiza, construyendo improbables argumentarios con los que castigar a la militancia.
Por último, un partido político necesita referentes políticos y éticos. No cabe duda, doy fe, de que el salón de los jarrones chinos es un suplicio para cualquiera que está en la dirección de un partido político. Pero lo que es determinante es que el ciclo histórico de un pensamiento político requiere personas que los representen.
El líder fue a Aragón a presumir de financiación singular. Otros líderes fueron a defender “expropiaciones” (literalmente) y a llamar a la capital “Zaragaza”. Nadie dijo cállate, no tienes idea, a ninguno de ellos. Naturalmente, se fueron y los candidatos y candidatas territoriales se quedaron colgados de la brocha. Cuánto durarán dependerá de sus incentivos: carreras, futuros, etcétera. No de la confianza del partido que ya, en la práctica, no existe.
A observadores y analistas les sorprende el silencio socialista. No hay partido socialista, hay una corriente sanchista que forma el círculo de tiza. El problema es que la regeneración en ese cuadro organizativo es, prácticamente, imposible. El problema es que puede uno, ocurrió con el PCE o con IU, defender una aspiración de justicia, pero no hay regeneración si el partido o el líder no han cumplido su función histórica y política.



