Déjenme que empiece con algo que les parecerá irrelevante: perpetrando golpes de estado somos unos chapuzas, pero guardando secretos, ni les cuento. Mi contertulio y amigo Manuel Ángel Menéndez no solo ha escrito una columna muy recomendable sobre el tema (es uno de los expertos en el 23-F*) sino que ha echado las cuentas: de todos los secretos desclasificados (153 documentos) solo 48 tienen algún interés.
Como dice Manu, es absurdo clasificar como secreto las notas de prensa (nacidas para ser publicadas y lo fueron) o comunicados de apoyo de los gobiernos extranjeros, que también fueron públicos; añade uno: merece una medalla a la estupidez. En fin, los que conocemos la historia no por haberla estudiado, sino porque estábamos, estamos satisfechos: las cosas eran como nos las sabíamos. Sí; éramos jóvenes (a punto de cumplir 25 el que les escribe), apenas llegados a la libertad, pero no éramos lerdos.
Confirmarlo es una de las muchas ventajas de la desclasificación de secretos. Es cierto que hemos sido ayudados. Teníamos a Martin Prieto, en lugar de los Ruiz y Cintora, de los de a un fascal la hora; teníamos a Balbín en lugar de Santaolalla. Tuvimos periodistas y escritores desde el citado Manu a Jáuregui, Pilar Cernuda, Nativel Preciado, Pilar Urbano, pasando por Oneto, Leguineche y muchos otros que llenarían este espacio. No me olvidaré ni de Arozamena (el primero que lo contó) o del propio José María García (el de la larga noche).
Entre ellos, nuestra experiencia y la de quienes nos dijeron, porque podían, lo que teníamos que hacer, nos hicimos una clara composición de lugar. Ángel Urreiztieta, otro testigo, nos contaba hoy todas las pistas que ya entonces conducían a Armada. Esa intentona y las demás fracasaron porque la sociedad española había pasado página, las élites habían decidido vivir en democracia y la única institución que podía detener aquello lo hizo. Sí; el Emérito paró el golpe. Lo siento por quien lo sienta. Hemos pasado de las teorías conspiranoicas al salseo de la mujer de Tejero.
Se acabaron las conspiraciones, se echarán de menos papeles o cintas. el recorrido de la financiación o la trama civil. Pregunten en los servicios secretos. La desclasificación era una obligación, han pasado los 45 años que determinaba la Ley franquista, eso sí, había de ser el Consejo de Ministros quien desclasificara y lo hizo. Todas las desclasificaciones son excelentes, nos ayudan a conocer nuestra democracia y a corregir “cositas”. Forma parte de las bases de la democracia.
No duden sobre el asunto. Que la decisión se adopte para construir una cortina de humo, para celebrar el antifranquismo que no pudo celebrarse por la detención de Cerdán o por intereses partidarios da igual. Es una buena idea de cara al futuro. Por ejemplo, estoy muy emocionado: si las cosas no cambian, mis nietos sabrán dentro de cuarenta y cinco años los vuelos del Falcon, la dirección de Martínez, de los Martínez de Zapatero de toda la vida, o la de Sánchez el menor, por un poner.
Empecemos por el resultado de la desclasificación, antes que por las pretensiones de los “desclasificadores”: la monarquía ha quedado legitimada democráticamente. Ignoro si ésas eran las intenciones, pero el resultado es evidente.
En este punto cada cual juzgará la reflexión de Feijóo sobre el retorno del Emérito. A mí me vale saber que no estuve nunca equivocado al respecto, desde aquella mañana siguiente en que fui a buscar a mi hija, nacida dos meses antes, para volver a nuestra normalidad.
La desclasificación ha tenido en los días previos un intento: convertir el intento de golpe de estado en el momento fundacional de nuestra democracia, en sustitución de la Constitución y la Transición. Deseaban, no pocos, que los documentos alentaran idea de venalidad o cooperación de protagonistas de la transición para convertir nuestro sistema democrático en una carta otorgada por poderes militares, élites cómplices y cooperadores políticos.
Pues no: fue la madurez de nuestro pueblo y el valor institucional de la Jefatura del Estado la que mantuvo el valor de nuestra Constitución. También, todo hay que decirlo, nuestra resistencia a los que mataban (ETA) y a la voluntad de crear un estado cooperativo, autonómico. Las dos referencias de los golpistas.
El contexto político era el que era. Había una izquierda, minoritaria, que podía presumir de haber luchado por las libertades (comunistas y socialistas regionalistas, algunos nacionalistas) y había una izquierda que no había estado y, además, parece haber renunciado a lo que es patrimonio socialista: la modernización impulsada primero por los syuntamientos de izquierda y luego por los gobiernos de Felipe González (por cierto, estos fueron y no antes, estimados jóvenes, los que iniciaron el tardío estado de bienestar español que apenas alcanza cuarenta años).
Ha habido los días previos a la desclasificación la sensación de que había la necesidad del relato de afirmar que la izquierda paró el golpe. Pues no estábamos, Jordi (Pujol) solo llamaba por teléfono y corrió el rumor de que había mucho vasco pasando a Francia.
La desclasificación es buena porque nos coloca a todos donde estábamos, igual que yo sé dónde estaba y qué hice, mucha gente cumplió con su obligación: desde periodistas a militares leales, desde guardias civiles a servidores públicos, la ciudadanía, desde luego. La desclasificación es buena porque permite que la historia nos contemple como fuimos, no sé si me entienden.
Hablando de historia, por un poner, quizá ya podemos hablar de nuevo de Adamuz, de las vías trasladadas ilegalmente, de la salida de Txeroki y otros exterroristas con penas no cumplidas de la cárcel, de las permanentes noticias de corrupción, de la epidemia de braguetas abiertas, de la imposible legislatura… Yo esperaré tranquilo: el 23F era como me lo sabía.
- (*) Cernuda, P. Jauregui, F. Menéndez, M.A. 23F: La conjura de los necios. FOCA. 2001.
- https://peregrinomundo1.webnode.es/l/23-f-pues-era-como-nos-lo-sabiamos/



