El fin de nuestra democracia

Me siento hoy ante el ordenador para denunciar una injusticia que está sucediendo en España. Ya otros se han hecho eco, pero hoy lo voy a hacer yo porque he sido víctima en primera persona de uno de los ataques más graves que se puede hacer a la democracia, la supresión de la libertad de expresión. Ningún país se puede considerar democrático si no se conserva este principio.

Hace unos días, Facebook me castigó a tres días de bloqueo por una publicación maliciosa, según su criterio, que no es otro que el criterio de la rancia izquierda española que nos gobierna y que, como ya demostró entre los años treinta y cuatro y treinta y seis del siglo pasado, durante la II República, no tolera la libertad.

La publicación en sí iba referida al acoso que sufría la presidenta de la Comunidad de Madrid, y la actitud del gobierno ante la segunda fase de la pandemia que sufrimos, más gravemente en España que en ningún otro país europeo, y que quiera el gobierno o no, tiene toda la responsabilidad sobre ello. El texto en concreto fue este:

  • “Hay que hacer creer al pueblo que el hambre, la sed, la escasez y las enfermedades son culpa de nuestros opositores y hacer que nuestros simpatizantes se lo repitan en todo momento (…) Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar (…) Una mentira repetida mil veces termina creyéndose como verdad».

Iba escrito sobre una fotografía de su autor, Paul Joseph Goebbels, en blanco y negro. Ese fue mi delito, usar una fotografía que está en Google y no tiene derechos de autor, de un personaje, que por muy repugnante que pueda parecer no deja de ser histórico.

Se pueden poner todo lo finos que quieran, hacer todas las leyes de “supresión de la historia” que les dé la gana, solo pienso callarme cuando mi cadáver esté sobre una cuneta, algo que si aún no ha sucedido no es por falta de intenciones.

No es de recibo que por publicar una frase, un texto inocuo, que no hace ningún tipo de apología del fascismo, sobre una fotografía del autor, que vuelvo a repetirme, por muy execrables que fueran sus hechos y repugnante que nos parezca, nunca dejará de ser un personaje histórico, sancionen a nadie por ridícula que sea la sanción.

Entiendo que lo que hirió al censor fue que quedara en evidencia que su gobierno esté haciendo exactamente lo mismo. Que esté copiando las teoría del impresentable nazi, autor del texto, y que quedara patente ante toda la sociedad.

Tras estos hechos de los que he sido víctima, no puedo por más que recordar el famoso poema del pastor luterano Martin Niemöller, dirigido a los intelectuales alemanes, cuya cobardía (ahora está pasando exactamente lo mismo), si bien no fue el único factor, facilitó la llegada de los nazis al poder y sus sabidas consecuencias. Me permito la licencia de modificarlo para la ocasión:

  • «Primero vinieron por los franquistas,
  • y yo no dije nada, porque yo no era franquista.
  • Luego vinieron por los constitucionalistas,
  • y yo no dije nada, porque yo no hice la Constitución.
  • Luego vinieron por los católicos,
  • y yo no dije nada, porque yo no era católico.
  • Luego vinieron por los monárquicos,
  • y yo no dije nada, porque yo no era monárquico.
  • Luego vinieron por mí,
  • y no quedó nadie que me defendiera».

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