Grave noticia: el colapso del mercado del huevo de chocolate

Era martes, 3 de febrero, eran las 7,30 de una tarde “cálida y seca”. Entiendan la ironía. Debo asegurarles que la idea de que el experto meteorólogo que estimó en un 93% las probabilidades de un invierno cálido y seco fuera sometido a juicio y tortura ha sido solo una fantasía del cronista. Le deseo una larga vida, eso sí, con catarros interminables.

El caso es que eran las 7 y media de la tarde, mi nieto, diez años, había resuelto con pericia un par de divisiones de dos cifras. También, me había relatado con precisión que los españoles habíamos extinguido a no sé cuántos pueblos americanos, los habíamos sometido a esclavitud, cosa compleja después de haberlos exterminado me he atrevido a comentarle, y castigado con enfermedades. También les habíamos robado el tomate, las patatas, el café, el oro y las joyas. Desde la EGB hasta aquí los colegios enseñan la leyenda negra, sin matices. Si Ayuso no puede, considérense vencidos los defensores de los matices.

En suma, me preparaba yo para un rato de relajada lectura, cumplida mi función docente de jueves y viernes, cuando la abuela del niño sostiene que es necesario restaurar el equilibrio emocional del muchacho: debemos encontrar, donde sea, unos huevos con figuritas de “Stranger Things”.

También se me informa de que el hermano pequeño, cinco años, no puede quedar ajeno a tal bienestar emocional. Tras un par de preguntas, entiendo que se trata del huevo “Kinder” con los personajes de la serie dentro. Entiendo, también, que debo preparar dos euros y medio por huevo.

Me atrevo a preguntar, soy un tipo razonable, que, dado que en Shein y Temu tendrán los muñequitos, porqué hemos de pagar tal cantidad. No se lo van a creer: a los pocos segundos tengo a mi nieto, diez años, haciendo un alegato sobre los derechos de creación y antipiratería, con mejores argumentos que Tebas, bueno eso no es tan difícil. No; no es mi influencia ni estoy creando un monstruo, es que cuando quieren, los críos vienen así de serie.

A ustedes les parecerá que este es un tema de viernes, poco sesudo como acostumbramos aquí. Se equivocan: tiene notable enjundia. Tras ser informado de todos los detalles, nos vamos a la calle. Durante una hora, “cálida y seca” naturalmente, recorremos todos los establecimientos de la ciudad, hasta que una servicial expendedora nos cuenta nuestro inútil esfuerzo.

Parece que los productores han errado en sus cálculos de mercado (o han especulado con la escasez). Que los huevos pasaron a costar de 2,20 euros a 6,50, la demanda dice reflexivo mi nieto; les prometo que yo todavía no le he enseñado eso. Y que ya están agotados. Informo a la abuela del zagal. Sostiene la señora que el disgusto habrá debilitado la situación emocional del muchacho aún más y que ésta debe ser inmediatamente restaurada.

Tarea que consiste en ir a un establecimiento remoto a apuntarse en una lista de demandantes: no hay problema; el trámite es como el de la regularización de inmigrantes, sin ONG por medio: o sea, más barato y sin mercado negro de citas y lista.

Debe añadirse, eso sí, ofertar a la criatura la adecuada compensación: unos auriculares inalámbricos para su reciente “iphone”. Naturalmente, que el niño esté robando a su madre y su abuela sus auriculares no tiene que ver con el asunto. He pasado de 2,50 el huevo a 25 euros de inalámbricos. Mi nieto va para genio de las finanzas (me habían dicho que el chocolate y los inalámbricos no son bienes sustitutivos, otra verdad inmutable a la basura). Son las 9 de la noche, llego a casa con el equilibrio emocional del chaval restaurado y mi catarro redoblado. ¡Manda huevos! Nunca mejor dicho.

Relatada la circunstancia tengo para ustedes algunas preguntas inquietantes. Resulta que, siendo una serie recomendada para mayores de 14 años, los niños a partir de cinco años están atesorando muñecos, conocen los personajes de la serie y los intercambian, sin IVA. Pedro, igual tenemos que prohibir algo, mira a ver.

Más aún. ¿En qué momento hemos normalizado que una figurita de medio centímetro de altura, fabricada en Asia, probablemente por ilegal trabajo infantil, constituye algo fundamental para el coleccionismo y el bienestar emocional de la chavalería?

¿Por qué no estamos denunciando que los oligarcas del cacao y la juguetería están explotando las necesidades emocionales de nuestras criaturas? Exijo a la ministra de la infancia que empiece trámites para “limitar y seguramente prohibir” el mercado de huevos de chocolate preñados de juguetes. A ver si dándoles ideas nuevas…

No soy, ustedes lo saben, un hombre antiguo. Fíjense que hasta conozco alguno de los “influencer” esos de los que hablan mis colegas de la radio. No reivindico al soldadito de plomo ni a la señorita Pepis, tampoco el fuerte de indios y vaqueros de Comansi. ¿Se dan ustedes cuenta de que, culturalmente, estamos más cerca del chándal de Maduro como disfraz de carnaval que de esos personajes? ¿Se dan ustedes cuenta que les estamos prohibiendo las redes para que, en el patio del colegio, una vez convenientemente suprimidos los campos de deporte creadores de desigualdad, hablen de Stranger Things?

Todas las mañanas, antes de mis tertulias radiofónicas, repaso las opiniones de expertos economistas sobre el estado del mercado, en X, últimamente están muy activos. Aprovechemos, cualquier día nos lo prohíben. Amigos y amigas, esta no la habéis visto venir: no es la crisis de las “crypto”, tampoco la situación de los bonos norteamericanos ni la guerra monetaria, la situación de la vivienda ni la financiación autonómica. No; una parte importante de la población estamos dispuestos a despojarnos de nuestra capa “boomer”, no digáis que somos egoístas, vamos a prescindir de nuestra vida cañón para preocuparnos de los más vulnerables: necesitamos pensiones, para comprar huevos Kinder.

Piensen en estas cuestiones inquietantes. Yo me tomaré, como todos los viernes, un vino a su salud, mientras sigo reflexionando sobre el asunto; eso sí, con el teléfono abierto, no sea que me llamen de la lista de pedidos de los huevos de chocolate y no satisfaga la salud emocional los muchachos.

 

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