Mónica Oltra y la política de la “rauxa”

Clicktertulia, ha señalado dos cosas: que Mónica Oltra no tenía más remedio que dimitir y que sus apoyos lA defenderían hasta la muerte, pero ni un paso más. Ambas cosas se han producido: se le ha hecho saber que, bailecitos aparte, se tenía que marchar. Los de Compromís, Baldoví al frente, no están dispuestos a perder la cuota de poder que les da Ximo y el “Botanic”, en tiempos de caída de la izquierda de verdad verdadera.

Dicho que considero que su dimisión era inevitable, también he dicho que puedo sentir que Mónica Oltra sea inocente.

Conocí a Mónica Oltra con 23 años, siendo una joven comunista, compartimos opinión política sobre el futuro de Izquierda Unida, participamos en mítines durante años. Incluso, en una ocasión, junto a otros, la acompañé cuando, vestida de fallera, llevaba un ramo a la Virgen, lo cortés no quita lo valiente. Siempre estaba acompañada de jóvenes que la adoraban, pero siempre elegía mal a sus señores, como ya es evidente.

Este conocimiento de sus valores me lleva a creer que puede ser inocente en la acusación de ocultar un deleznable delito de abusos a una niña.

Pero esa convicción no me lleva a cambiar de opinión: debe dimitir.

Debe dimitir porque ella fue profeta de la pasmosa doctrina de “imputación, dimisión”, construyó su imagen política reclamando a todo el mundo responsabilidad política. Debe dimitir porque, políticamente, el daño a su gobierno era irreparable.

También porque el tema empezó mal, con absoluta falta de transparencia, raras maniobras en la Conselleria responsable del asunto, maniobras rarísimas para dilatar investigaciones de una práctica execrable.

Varios meses después, doce personas imputadas después, se constata que lo que mal empieza mal acaba. Es cierto que las primeras acusaciones fueron de extrema derecha, pero el fiscal y la jueza que han protagonizado la imputación vienen a ser de talante progresista.

Lo que acaba con Mónica Oltra, al menos temporalmente, es algo en lo que ella contribuyó a inaugurar: la política de la ira.

Mónica Oltra es catalanoparlante, así que en lugar de la ira practicará “la rauxa”, la ira, el arranque rabioso, la vena loca, el impulso irreflexivo. Mónica era una mujer tenedor en un mundo de sopa, furiosa por todo, convertida en pancarta viviente, dispuesta a bloquear la aparición de Podemos o el crecimiento de los nacionalistas del Bloc a costa de molestar a las personas que debía.

En una sociedad crecientemente polarizada, cambió su vieja trayectoria que demandaba, para construir discursos, tiempo, cuidado, atención y erudición para lanzarse a la política de tarifa de taxis.

La política de la ira ayuda a los bocazas, populistas en la derecha o la izquierda, que se convierten en actores que no se aplican la responsabilidad política que reclamaban a los demás.

La política de polarización y furia alcanzó su punto máximo, probablemente en vísperas del Ayusazo y la desaparición de Pablo Iglesias. La sombría experiencia de la pandemia, la crisis de precios, la prepotencia del griterío ha producido cansancio y hastío.

Esta es una de las razones que, probablemente, explica una parte de los resultados andaluces. Quizá empieza una época en que el personal no está para escuchar personas que siempre están enfadadas y buscan algo de tranquilidad.

Quizá, por eso también, los apoyos inquebrantables de los que disponía se han desvanecido como lágrimas en la lluvia. Mónica ha resistido aforada hasta que ya no le ha sido posible.

La política de la ira se cobra una de las protagonistas más llamativas. La vicepresidenta del Gobierno, tras lo de Andalucía y lo de Oltra, Yolanda Díaz, se queda sin mucha gente a la que escuchar.

 

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