Prohibiendo libros

Se lo tengo dicho aquí: es más fácil borrar la historia que hacer un análisis crítico del pasado. Para lo primero, basta una prohibición; para lo segundo, hay que estudiar, investigar y escribir. Demasiado esfuerzo.

Se empezó con las ciudades, los testigos más insobornables de la historia; se continuó con los currículos académicos, ahora vamos a por los libros, y lo escribo, molesto, en 23 de abril, día del libro. Pronto, serán las inconvenientes canciones y películas las que habrán de borrarse, algunas ya lo han sido.

Hoy no hablo de España, aunque seguramente podría hacerlo: en las cuevas del nuevo pensamiento populista de todo signo, lo mismo se intenta cancelar la fiesta comunera que se borran del callejero o de los campos de futbol nombres que forman parte de memorias no ofensivas.

Pueden ser fascistas, parientes de fascistas o almirantes de antes del fascismo, tipo Lezo, que cae mal al independentismo en curso, que como Colón ha sido retirado de parques latinos o, al parecer, tengo que pedir perdón al presidente de México.

Estatuas y callejeros nos hablan de hombres y mujeres héroes o miserables. Las murallas nos recuerdan cómo se defienden las ciudades, pero también como las élites se defendían de su propio pueblo.

La vieja historia nos cuenta cómo los poderosos abusaban de pobres y pequeños burgueses o las eventuales rebeldías de estos. Todo empieza a ser borrado. Nos quedaba el viejo papel almacenado en bibliotecas.

En Estados Unidos, se ha solicitado de los tribunales que 729 títulos desaparezcan de las bibliotecas públicas. El 41% de los textos escolares de matemáticas han sido retirados por sesgo de género. Tampoco se puede leer en muchos estados a Mark Twain.

Ahora se intenta prohibir “El Guardian entre el Centeno” (Salinger), que es como prohibir El Quijote, cualquier Shakespeare, un Victor Hugo, “Los novios” (Manzoni) o cualquier obra de esas que se consideran fundacionales de las diversas literaturas.

¿Quién no encontrará en El Quijote una página violenta, racista o machista? Y si no queremos irnos tan lejos, cómo no reconocer que el “pijoaparte” era pelín machista y tampoco es políticamente correcto que una “cayetana” se líe con un obrero: lo siento Marsé.

Qué decir de Carvalho, querido Manolo, que usaba y desusaba a una prostituta según conveniencia. O ese Biscuter de insana gastronomía. Cómo no suprimir ya mismo a Arturo Pérez Reverte tan amante de los Tercios de Flandes como de la Armada española. A Lorenzo Silva, cuidado, le gusta mucho la guardia civil, represor cuerpo del Estado, como todo el mundo fetén, fetén, sabe.

“No fue él, fue su tiempo quién lo hizo”, se dice del personaje de Pérez Reverte. Ésta es la cosa: si no conocemos el contexto, no conoceremos porque somos como somos.

Insisto en lo que he dicho aquí más de una vez: saber lo que de verdad pasó no requiere quemar los viejos cuentos sino crear nuevas historias.

Libros deben ser prohibidos, naturalmente, dicen los modernísimos profetas del cambio, pero qué hermosas son esas series modernas, ejemplo de populistas que buscan tronos, donde se viola a una mujer en cada episodio y se hace política en un burdel.

Quizá tengamos que volver a aquella vieja novela de Ray Bradbury (Fahrenheit 451) donde cada ciudadano o ciudadana se aprendía de memoria un libro quemado, para que no desapareciera.

Quizá vuelvan aquellos tiempos en que los trovadores cantaban los sucedidos, porque nos dará miedo poner la verdad en papiros, pergaminos o papel. Quizá vuelvan los tiempos en que los autócratas, como en Sarajevo y tantas otras, lo primero que quemaban eran las bibliotecas.

Caperucita roja, el Gato con Botas, los Tres Mosqueteros, quizá todo lo de los hermanos Grimm o Andersen… En fin, no hay peor forma de ignorar la historia que privarnos del contexto que nos hizo ser como hemos sido.

Vuelve la “Damnatio Memoriae” que imponían los senadores romanos para ocultar a un Cesar venal o simplemente que se oponía a las élites. Vuelven los libros quemados por los nazis, el Índice del Vaticano y la Inquisición.

Los más rancios conservadores y los más izquierdistas populistas se ponen de acuerdo: hay que borrar la historia.

Mejor aún, reescribirla, sacando los conflictos centrales de donde estuvieron. Cierto, los libros lo dicen: el ser humano ha vivido más tiempo siendo perverso que compasivo. Pero no nos hará mejores ignorar los días en los que fuimos perversos.

La maldad no desaparecerá con los viejos libros sino con historias escritas de los nuevos combates por la justicia.

Ustedes dirán lo que quieran, queridos guardianes dogmáticos de lo políticamente correcto. Pero siempre habrá un trovador que nos recuerde que fue “ante un pelotón de fusilamiento” (inaceptable momento), cuando “Aureliano Buendía” (machista y violento), recordó “cuando su padre le llevó a conocer el hielo” (mal ejemplo de parentalidad -observen la moderna palabra- llevar a un niño al hielo sin protección).

Háganme caso, amigas y amigos, la libertad no es cambiar las viejas historias sino construir un nuevo sueño. La utopía de nuestro tiempo no se construye sobre cenizas de pasados versos sino sobre poemas nuevos. Prohibiendo libros no se crea una nueva historia, se nos priva de nuestro aprendizaje.

 

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