El socialismo realmente existente finge ser un partido, nosotros fingimos que nos importa lo que dicen sus dirigentes, los miserables como el tal López incluidos. Todo lo demás funciona igual: Sánchez finge ser un líder mundial, nosotros fingimos que Albares no es un sectario incompetente; Sánchez finge ir por delante en Europa, nosotros fingimos que el leve aroma antieuropeo que desprende no nos molesta.
Voy pensando en ello, acabo en el único quiosco de prensa que queda en el centro de dónde vivo. Publican una columna de un tal González Ruano (de 1960 –yo no la leí, tenía cuatro años-. Ver ABC de este domingo si gustan de las columnas periodísticas). Escribe: “Hemos corrido y vivido, dentro de lo que es nuestro viejo mundo, mucho mundo. Creemos conocer bien Europa y no como turistas, sino gastándonos y desgastándonos en ella, amándola, sufriéndola, dándola, sacándola, frecuentando a sus gentes, viviendo sus costumbres, gozando en sus hermosuras y también, cuando Dios así lo quiso, sufriendo como bestias”.
Pienso, después de leerlo, en dejar de escribir, imposible competir. Pero sigo, peor para ustedes. Pienso que a aquel cronista le gustaba dejar su fantasma en los mostradores de las tabernas, el personal español, demócratas de izquierda o derechas, solo querían estar en la “Comunidad Económica Europea”. Nada de debates sobre pueblos o mercado, solo estar en el club.
Quizá recuerden aquellos días en los que éramos los primeros de la clase. De hecho, llegamos a obtener el premio de los apresurados cuando fuimos los únicos que votamos el tratado de Maastricht, mientras el resto de Europa lo iba rechazando.
Tal entusiasmo se ha ido enfriando. Las razones para España son parecidas al desencanto europeo. La crisis financiera, con el euro salvado milagrosamente con la máquina de “Supermario” (Draghi: “watever it takes –lo que haga falta-), dio paso a múltiples populismos y a agendas políticas alejadas de las necesidades ciudadanas que erosionaron, junto a una notable debilidad de liderazgo, la confianza en la Unión. Trump ha redoblado la necesidad de reconstrucción europea.
Desde el 86, España tenía una doble posición en la Unión Europea: pedir recursos y cooperar en su ensanchamiento. Tuvimos infraestructuras y la alta velocidad con dinero de los del norte, fuimos rescatados con dinero de los del norte, superamos el Covid con dinero de los del norte, afrontamos los efectos de la crisis geoestratégica y la guerra de Ucrania con dinero de los del norte. Pero ahí ya no estamos. España solo pide y se aleja, con pretensiones de ideologismo, de las iniciativas unitarias. No; Sánchez no ejerce liderazgo: va en la dirección contraria.
Somos, naturalmente, prochinos y, a ratos, prorrusos. Hemos traicionado los esfuerzos en autonomía estratégica (defensa, energía y digital), manteniendo unilateralmente excepciones españolas poco explicables. Hemos, en la práctica, acabado con Schengen al adoptar una posición sobre inmigración al margen de la conversación europea y de la conversación española.
Hemos pasado de la renuncia a recursos europeos procedentes de deuda europea (no sabíamos gestionarlos) a pedir bonos europeos. Desde luego ni siquiera hemos considerado participar en los consensos que se están tejiendo en Munich: no al gasto militar, no a la reflexión energética: sí a los dineros, no a la defensa total.
No cabe duda de que estamos hablando de cosas transcendentes que debiéramos debatir. Pero no las debatimos, no creamos reflexiones comunes ni se trabaja con una estrategia española. Es la agenda de supervivencia la que determina la posición política.
La caída del muro le hizo un favor a los liberales y a la izquierda: les evitó debates que ahora deben hacerse con retraso. O encajamos la autonomía estratégica en nuestros ideales y aceptamos que será costoso o estamos perdidos: la ciudadanía abandonará las viejas ideas ilustradas por inservibles. La izquierda populista ya las ha abandonado (Sánchez está en camino).
Ser, en solitario, el valiente “antitrump” y “antioligarca” es imposible. Los nacionalismos no nos valen; nunca nos valieron. Para defender un mundo con reglas que se enfrente a los oligarcas no podemos abandonar a nuestros socios, en toda la Unión y, tampoco a los del sur: ¿Cómo ser Sur sin Francia e Italia? ¿Porque Sánchez lo vale? Respuesta Meloni en el sur: fuera de las reuniones preparatorias. Respuesta alemana en el norte: fuera de las reuniones preparatorias. Sánchez ya es “Mister no”.
Sorpréndanse, hasta Kallas, la inexistente, ha pronunciado la frase europeísta de la cumbre de Munich: “Contrariamente a lo que dicen algunos (Trump), la Europa decadente y progresista no se enfrenta a un borrado de su civilización”. Respuesta al poli bueno que esta vez envió Trump, después de que se le fuera la mano en Davos (Rubio, no se engañen, es más de lo mismo, aunque más convencional).
Kallas no solo planta cara a Trump, también a Rusia. Alemania afirma estar dispuesta a convertir sus fuerzas convencionales en la defensa del continente (dinero a espuertas para la industria militar: capital, empleo y tecnología, modelo chino). Francia está dispuesta a extender el escudo nuclear y a la “compra europea”: no compramos a Trump, lo hacemos nosotros. El mercado europeo salvará al mercado europeo.
Lagarde ha tomado la palabra. No es Dragui, pero es la que tiene la manguera de la pasta. “Europa crece en tiempos de crisis… la UE está respondiendo actualmente a una serie de crisis, incluida “la patada en el trasero que todos recibimos como resultado del cambio de actitud del presidente Trump hacia Europa”. Hubo gestos en Davos; hoy, hay estrategias en marcha. Lentas, seguro, claras, también.
El programa de estrategia de competitividad lo ha escrito Draghi, tiene alto consenso, la colaboración con el sector privado será la norma: eficiencia, seguridad y autonomía.
Es el nuevo mantra. Un mensajito: “El perímetro de preferencia debe ser lo suficientemente grande como para tener la mejor tecnología incorporada en los equipos que fabrican, y puedes definir tu parámetro en base a los buenos socios y los verdaderos amigos y excluir a los que no están en esa categoría”. No sé si se entiende: vamos a una Europa, ahora sí, a dos velocidades. De momento estamos en la segunda: Sánchez va en dirección contraria.



