Sánchez ha plantado un bosque de espejos

Un bosque de espejos es algo poético, dirán ustedes; incluso habrán pensado en algún paseo artístico en las Batuecas. Pero no: no es una expresión inocente. Los servicios de información, las políticas terroristas, las prácticas de espionaje, en cualquiera de los bandos, llaman bosque de espejos a las prácticas de desinformación con las que se pretende confundir a la otra parte.

Sospecho que esto es lo que ha pasado con el cambio de Gobierno: Sánchez ha plantado un bosque de espejos.

Vivimos un agudo problema de pandemia. Por mucho que el ritmo de vacunación sea alto, se apuntan problemas con las vacunas y, sobre todo, se afirma que la llamada inmunidad no llegará con el 70 por ciento del personal vacunado.

Las Comunidades Autónomas vuelven a ver en riesgo la saturación de sus sistemas hospitalarios, vuelven a los toques de queda, el cierre de actividades y anuncian el retorno a la máscara. Muere gente.

Todo eso sin paraguas legislativo del gobierno que ha pasado página antes que el virus. La culpa como ya les dije aquí, si me permiten citarme a mí mismo, no será de los planificadores y garantes de nuestra salud.

Un brillante espejo colocado en un bucólico bosque nos coloca a cada uno de nosotros y nosotras con nuevas obligaciones: deberemos ser filósofos morales, economistas de la salud y tomar decisiones finamente equilibradas entre lo que es un riesgo aceptable y la responsabilidad con nuestros conciudadanos.

La responsabilidad es nuestra. El Gobierno está ocupado en la reconstrucción. No se sabe muy bien qué reconstruye, pero afirma estar en ello.

La economía ya va como un tiro. Los turistas ingleses ocuparán nuestras calles raudos y veloces. Los trabajadores saldrán de los ERTE en un pispás y, naturalmente, todos los despidos procedentes de los bancos, cierres de ocio u hoteles serán recolocados en excelentes empleos que proceden de una economía digital y verde que, por cierto, aún no existe.

Pero vendrá no les quepa duda. El coste de las reformas será inexistente, no se crean ustedes a los malvados holandeses ni los susurros de la señora Von der Leyen a Calviño y sus ministros. Un mal día de sinceridad, como le pasó al ministro de las pensiones, lo tiene cualquiera.

Mañana pagará usted la luz más cara de los últimos veinte años y ya se habrá comido el IVA y las medidas que graciosamente le concedió el gobierno. Los precios de los alimentos siguen subiendo y los combustibles, que son los que consumen los sectores más vulnerables, no han dejado de subir.

Pero, si se preocupan ustedes, es que no entienden las cosas que, de verdad, son importantes. Hasta los ministros y ministras de Podemos se han dado cuenta de que la agenda no puede basarse en la realidad sino en los espejos.

La ministra de Trabajo, Doña Yolanda Díaz, nos ha propuesto el debate del verano: debemos cambiar “patria” por “matria”.

Qué quieren que les diga: que, a principio del pasado siglo, Virginia Woolf utilizara la palabra, resulta creativo y poético. Hacerlo ahora es un simple espejo, además contradictorio con otros discursos de la escuela del populismo de izquierda.

Patria ya es femenino, no viene de patriarcado, sino de patrimonio común. La patria ya ejerce de madre y, por cierto, convertir en exclusiva a la madre en cuidadora no parece muy feminista. Por otro lado, la gran trampa saducea es convertir al estado del bienestar en estado cuidador. No es lo mismo la redistribución que la beneficiencia.

Otro espejo para el bosque, como lo será un viaje vacío a los Estados Unidos o un paseo por el África subsahariana, orillando el problema que realmente tenemos: Marruecos.

Las bolsas mundiales se desploman por los efectos de la variante Delta; los franceses dicen que aprenden de los errores españoles, los ingleses no se fían de la libertad que les concede el gran Boris, su jefe de Gobierno.

Nadie sabe, ahora mismo, si las vacaciones alargadas tantas veces o preparadas con prudencia les exigirán un PCR, la máscara o volver a la playa cerrada.

Pero no hagan caso al cronista. Si no me gustan los bosques de espejos es porque soy de los feos que se ven reflejados, como todo el mundo sabe. También soy muy de Saramago: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”.

Igual les parece a ustedes un aviso. Pues sí; tienen razón.

 

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