Sin motivos para la euforia

Hoy como siempre, me siento al teclado con la intención de escribir algo que les provoque una reflexión, un pensamiento, una idea… Pero por desgracia, como dijo García Lorca en uno de sus famosos versos: la luz del entendimiento me hace ser muy comedido; y es que hoy me he levantado pesimista, el panorama político no me permite ver el futuro de otra manera y les voy a hacer partícipes de mi desazón, aunque sé que no me lo han pedido.

Verán, tal y cómo yo veo el empeño de Pedro Sánchez por desatascar la situación estatal no me transmite nada positivo. Hoy la mayoría de los periódicos apuntan a que el presidente en funciones, tras haber asegurado públicamente que las negociaciones con ERC van viento en popa, se siente con fuerzas para ser investido el próximo 19 de diciembre y a mí su euforia me suscita dos escenarios, a cuál de ellos peor. Veamos:

Si realmente el gobierno Frankenstein, como todos lo llaman, sale adelante y la porción del PSOE en el mismo no pierde la cabeza y los nacionalistas no se apean de sus intenciones secesionistas, el gobierno no podrá aprobar los presupuestos generales que tan urgentemente necesitamos ni las medidas económicas que la sombra de una recesión mundial ameritan ni ningunas otras que de verdad nos hagan pensar que estamos en marcha y desbloqueados. Así que en primavera estaremos de nuevo en la casilla de salida por cuarta vez en tres años.

La segunda posibilidad es peor. Imaginemos, que no es difícil, que para empezar a avanzar en lo urgente la monstruosidad de gobierno que se pergeña se ve presionado a llevar al parlamento propuestas de autodeterminación, referéndums ilegales, estatutos ya anulados por el Constitucional y otras cosas similares a las que vimos en el Parlament en septiembre de 2017. En aquella ocasión aún existía el Estado y se reaccionó con el famoso 155, la suspensión del gobierno, la detención de los secesionistas y su puesta a disposición judicial. Pero, y he aquí el motivo de mi desazón, ¿Qué ocurriría si situaciones similares se dieran en las instituciones estatales? ¿Qué árbitro tenemos? ¿A qué autoridad podremos recurrir, si en la actualidad no hay ninguna prevista en la Carta Magna para cortar de raíz el despropósito paralegal?

La respuesta es desconcertante. Todo el mundo tendría que improvisar y lo haría fuera de la ley. Ni en ese caso el Rey tiene competencias legales para asumir la jefatura real del Estado, su autoridad está subordinada a las Cortes y es evidente que éstas, las actuales, no estarían por la labor, sólo hay que ver cómo han jurado sus señorías el cargo. El Ejército estaría en las mismas, el Constitucional igual y del poder judicial ni hablar, carecería de la autorización de las cámaras para procesar a los traidores.

Imaginando este panorama me lleno de sudor frío, palidezco y tengo que abandonar el ordenador, pues vienen a mí escenas del último bienio de la Segunda República, cuando el Frente Popular y el separatismo se unieron para llevar a España a ese brete. Recuerdo entonces una frase de Oswald Spengler que mi admirado y reciente premio Planeta, Javier Cercas, pone en boca de Primo de Rivera en su novela Soldados de Salamina cuando recrea aquellos días: «Siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización». Dicen que fue verdad, que José Antonio la repetía como un mantra y a mí, hoy, cargado de pesimismo no se me va de la mente porque eso nos pondría de nuevo en la casilla de salida, pero no en la de 2016; sino en la de la rebelión cantonal del 12 de julio de 1873 que puso fin a la Primera República y nos dejó en las puertas de la guerra civil, la guerra cantonal; o en la más reciente de julio de 1936 en la que un pelotón de soldados encabezados por el General Mola y Miguel Cabanellas Ferrer, que además era cartagenero y sabía hasta dónde puede llegar el nacionalismo cantonalista, se vieron obligados a improvisar para salvar la República. Franco llegó después y con él el escándalo, pues ya ni la República ni el orden Constitucional ni nada honesto tenía cabida en España, solo la barbarie que la irresponsabilidad del Frente Popular (la izquierda y el separatismo de entonces) habían provocado con su irresponsable unión; justo igual que ahora.

Vuelvo a mi escritorio después de haber bebido un buen trago de agua fresca, vuelvo a reflexionar y veo otra salida, ésta más digna, más inteligente, pero inalcanzable con Sánchez al frente del cotarro político. Un gobierno de concentración, un gobierno tecnócrata con socialistas históricos al frente, de momento son los únicos que están poniendo cabeza a todo esto, que sustentados por el PP puedan abordar un presupuesto acorde, una reforma constitucional progresista y sensata e incluso una nueva organización territorial.

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