El País emite opinión sobre lo que España madura pidiendo perdón a México. Notable criterio, crónica woke total, absurdo aserto, en todo caso pura ideología. Lo hace sin editorializar que un periodista ha sido agredido por una embozada izquierda abertzale.
Ante una desmedida “kale borroka valiente” contra un único periodista, El País de antaño hubiera llenado sus páginas dominicales de editorial, opinión y sesudos análisis sobre la libertad de expresión. Hubiera entrevistado al periodista e incluso hubiera infiltrado a uno de sus reporteros en la banda violenta.
No es el caso. En realidad, no me preocupa: abandoné la secta hace unos quince años, tras haber seguido un seguidor fiel, a medida que amigos y conocidos iban siendo despedidos en proporción directa al peloteo al gobierno.
Es absolutamente normal que un periódico que hace un editorial sobre el transcendente “patinete” (22 de agosto) dedique hoy opinión, también, a criticar el patrocinio de una película en Madrid de Woody Allen. Sí; es el mismo periódico que escribió (2008), con motivo de la película de Allen en Barcelona, que era la “película que ha devuelto el nombre de la Ciudad Condal a los labios de los estadounidenses”. Es que Madrid es la caverna, y la madrileñofobia da prestigio al afamado medio.
El problema no es ser “el periódico del woke global”. Lo malo es ser tan sectario que se contradice uno a sí mismo y a su línea editorial, ignora noticias porque no corresponden al mandato diario del aparato de propaganda y se cree que influye en gente no politizada. Eso ya le pasó al “pianista del burdel”, que arruinó la casa. Ustedes me entienden.
El silencio de la izquierda, el gobierno y los defensores habituales de la información libre sobre el asunto ha sido escandaloso. Uno esperaba que esa “jurista”, no sé si titulada o no, que es Santaolalla, a instancias del tal Ruiz, y Cintora, el de a un fascal la hora, opinaran sobre la paliza al periodista de El Español, ayer opiné de ello aquí. Cintora dijo algo: Es violencia; “otra cosa es el debate sobre si se debe ser violento contra los fascistas”.
La televisión pública, todo sea por el share, pone a debate la legitimidad de la violencia que, por supuesto, no ejercen los abertzales encapuchados de la kale borroka. Esos son patriotas progresistas, a los que no debe molestarse. En realidad, son fascistas de los de siempre a los que las fuerzas de orden, que para eso están y no la ciudadanía, debieran poner en su sitio. Pero ser de izquierda hoy es ser de una secta legionaria, ya se sabe: los “wokes de salón” nos indicarán el camino desde sus alfombras de amaranto.
Se une a la secta el silencioso y desaparecido PNV, que no sabe, ni contesta, no sea que los “alegres muchachos” enriquecidos por calimochos de chacolí vayan a por sus votantes.
No me importa, también me borré hace los mismos años de la televisión pública y los subvencionados y podemizados medios que viven de la izquierda de verdad verdadera. Tiene una ventaja, lees los titulares y ya sabes lo que van a decir: en realidad los textos los escriben los mismos y, probablemente, en los mismos sitios.
Ellos, desde los medios, todos los prescriptores y los profetas woke han conseguido lo que hace meses llevamos escribiendo aquí, en varios artículos, y que hoy los gestores de portada de El País han descubierto: los jóvenes son muy de derechas. Qué risa, nada como estar al día.
La extrema derecha holandesa ha sido derrotada: no por una izquierda woke desaparecida, sino por el optimismo de un joven liberal. Ustedes mismos, sigan en la secta, dando miedo y fomentando la antipolítica. La antipolítica es VOX. Los de izquierda no tenemos a mano ningún optimista, solo gritones aguafiestas.
La gente de la izquierda tenemos un problema: cómo informarnos, obtener una información no sesgada, cómo aproximarnos a datos no ideologizados y poder juzgar por nosotros mismos. Pero eso no gusta: igual nos creemos que dinero en sobre puede ser blanqueo. Por supuesto que no; “no nos consta”… o quizá sí.
No necesitamos periodistas rompiéndose las lumbares ante una pantalla gigante explicándonos que las pulseras antimaltrato funcionaron o que nos expliquen que PP y VOX sufren a causa de la brillantez de Sánchez, diez minutos antes de que el Supremo ordene una investigación de las cuentas del PSOE.
La gente joven ha sentido que lo woke les privaba de la libertad de expresión y los que no somos tan jóvenes no encontramos más plataforma que nuestro pensamiento y experiencia, más limitado, seguro, que las brillantes mentes de Ruiz, Intxaurrondo y Cintora, los de a fascal la hora.
La búsqueda de plataformas de información se ha convertido en un cometido indispensable para ganar autonomía sobre esa izquierda que nos ha contaminado de verdades populistas hasta convertir la información en relato.
Llamar en un medio público “autodefensa” a la kale borroka, hacer romántica la violencia, tiene un soberano riesgo: se puede volver contra los que ejercen las libertades. Todo el mundo puede enmascararse y apalizar a alguien. Nos pasó con los escraches y no aprendimos. Nos pasará con la violencia. Y cuando se dé el siguiente paso, ya será tarde.
Necesitamos salir de la secta y reinventar la conversación. Desprogramadores de sectas se requieren con urgencia.



