Fue el día de Mazón y es la semana del fiscal general. Para los trapaceros del núcleo irradiador (los secretarios de organización socialistas, asesores y comisionistas) es un día más en la oficina. El primero era un inútil resistente, ya se lo advertí aquí; el otro no: el otro es un soberbio impresentable. Ha entrado a la sede de la justicia por la puerta grande y, si no lo ha hecho a caballo, en modo Pavía, que le pega, le ha faltado poco: de hecho, una de las aplaudidoras que le acompañaban iba vestida de amazona. En el estrado de las puñetas y no en la silla de acusado, porque él lo vale.
“Imputación, dimisión, pásalo”, gritaban el socialismo realmente existente y la izquierda de verdad verdadera. Pero no; quien podía ha dicho que el fiscal es inocente. Pues nada: hoy no se juzga al ciudadano, podemos ignorar por lo tanto su nombre, se juzga al fiscal general: y ésa, independientemente de la cosa, es la noticia. El justiciero del reino ha sido cazado, bien o mal, en indicios suficientes de delito. Yo no tengo que pedirle perdón al señor, lo diga Pedro o su porquero.
Con esto nos pasa como con los trapaceros: suponemos con certidumbre que ha habido blanqueo y fraude fiscal porque hemos visto los sobres, veremos si hay organización criminal y malversación. Deberían temerse lo peor.
Suponemos con certidumbre que ha habido un delito de revelación de secreto porque hemos visto el papel, pero vaya usted a saber si hay prueba. Como se juzga a un fiscal general no se paga abogado: lo defienden la abogacía del Estado y otro fiscal, que debería acusarlo (así solía ser) que, por cierto, buscan con bastante ahínco la nulidad del juicio, no sea cosa que haya sentencia, aunque sea algo pequeñito.
A Carlos Mazón le ha hecho saber Feijóo que “ya no aguanto más” o él se lo ha dicho a Feijóo, nunca lo sabremos. Tampoco la ciudadanía, ni el PP aguantaban más. Solo VOX, que prefería cocer a Mazón junto a la izquierda, parece haberse molestado, junto a la izquierda. Es curioso que pidan elecciones a quien tiene mayoría y no la pidan a quien está en minoría.
Dimisión es palabra romana y nosotros no somos de eso, ese verbo no se conjuga en ninguna de sus formas en España. Por eso se dimite mal. El problema de Mazón en su discurso no es que haya faltado a la verdad, por más que la ha retorcido en algún caso, en otros no. El problema es que ha ignorado la causa que le ha llevado a no poder más: un pueblo puede permitirse todo, menos un presidente que no estuvo y puede permitirse todo, menos no llorar a los ausentes.
Debería tomarse nota: hay una razón por la que es Compromís, según las encuestas, quien capitaliza el desasosiego y el dolor valenciano. La ausencia del PSOE, en menor medida que Mazón, pero no inocente, se dejará notar. Quizá la ministra-candidata debería irse a Valencia para no ser otra que parece no estar.
Deberíamos también anotar dos circunstancias alejadas en su causa y en la geografía, pero notablemente dañinas con personas que no tienen que ver con el asunto ni con el trato ético.
Una periodista, que no sabemos por qué debía ser castigada es llamada a comparecer, innecesariamente según todos los indicios y, según la locuaz jueza, sin tener ninguna responsabilidad. Una muchacha asturiana, ¡viva el feminismo socialista!, es convocada por la Comisión Koldo en el Senado y declara que Ábalos me dijo que “Pedro sabía lo de la corrupción”. Mujeres castigadas doblemente, manipuladas doblemente, en un contexto que les es absolutamente ajeno: luego, si eso, hablamos de respeto a la mujer.
Éramos pocos y parió, otra vez, la UCO. Torres, hoy ministro, antaño presidente de Canarias, habla de facturas con la gente del núcleo irradiador en plena pandemia y con unas mascarillas mediante, participa en encuentros en Tenerife con los mafiosos del petróleo venezolano, que son los mismos de las mascarillas y hay pisitos, también. ¿Pero no eran bulos?
En fin: trescientas páginas de salseo se nos vienen. Por cierto, “Francina no viene” (a una cena con los muñidores de la trama). ¿Por qué tenía que ir? Una vez más, más allá de lo que los jueces digan, hay indicios de que enredar, enredaban mucho.
Vamos de sorpresa en sorpresa, no podemos quejarnos. Es más horrible todo de cuanto habíamos pensado. O en realidad, es peor que nada nos sorprenda. El tiempo nos ha hecho tan modernos que nos pasa lo que decía Julio Verne de los americanos: nada nos puede asombrar.
No hay manera de que España respire. Hay miles de formas de perder la ética política: los trapaceros que roban, los presidentes que se ausentan y mienten, los fiscales que enredan con secretos, los ministros que hablan de facturas de comisionistas.
Pero quizá la peor de todas es la de ese “farniente”, en francés, que no es tan dulce como el italiano. El dejar que el ruido empape el relato hasta ver si escampa y resistimos el embate. Y que no acabe nunca el ruido, “necesito tensión” dijo aquel que lo empezó todo.
Hoy cree la derecha que va ganando 3 a 1 (fiscal general, trapaceros y ministro frente a Mazón). La izquierda dice que aquí solo gana uno. Un día más ha pasado, Él lo ha logrado. La niebla se espesa alrededor del salvífico sol que alumbra nuestro camino al progreso. Tranquilos: a Él “no le consta” que deba preocuparse. Igual es verdad lo que se dice en alguna coplilla y tiene miopía.
Y ya tenemos un caído resistente, juzgan a un soberbio, los trapaceros prosiguen, un ministro se mensajea con quien no debiera: mil formas de perder la ética. ¡Qué llegue pronto el viernes, qué llegue pronto!



