Y un seiscientos eléctrico para la clase media: volver a empezar

A P. Sánchez no le hace p. caso nadie. En contra de su criterio, la Unión Europea ha tomado varias decisiones notables: se trata de compensar a la clase media y de ceder ante los alemanes, junto a otros objetivos estratégicos que luego se apuntan. Se ha acordado retrasar la agenda verde en materia de movilidad, aplazar la desaparición de los vehículos de combustible y convocar a las empresas europeas a fabricar un coche eléctrico pequeñito, porque los usuarios no pueden pagar la oferta actual en el mercado.

Aquí lo hemos dicho más de una vez, la gestión de la furia verde era cosa de ricos. Se estaba haciendo especialmente penosa, en un contexto geoestratégico que está deteriorando los mercados de materias primas y agrícolas. No se trata de ningún tipo de negacionismo ni de dejar de advertir que el cambio climático es, junto al ahora descubierto invierno demográfico, una de las amenazas más serias sobre el futuro de la economía europea.

La radicalidad de la agenda era lo sorprendente. Su falta de flexibilidad, la ignorancia de la preparación de los más afectados y los mercados en los que operan son factores que han constituido una de las limitaciones de la agenda, como lo ha sido la falta de la participación de los concernidos en un mundo de expertos o de portavoces ideologizados que han deteriorado la credibilidad de determinadas medidas.

Era notorio que la penalización de la caza o la limitación a los efectos del jabalí o el lobo atraería peores males. Pero lo grueso lo iniciaron los alemanes cerrando nucleares, esperando vivir del gas ruso, mientras llegaba la electrificación que, naturalmente, no llegó. Falta de energía que afecta, también, a los centros de datos, en medida similar que lo hace la falta de agua. Energía y agua, junto a la seguridad, son elementos clave de la “autonomía estratégica” de Europa.

La gestión de la agenda verde ha tenido un efecto notable en las clases medias. Se inició en el medio rural, se trasladó al medio urbano, en forma de crisis de precios y de deterioro de uno de los mercados más notables en Europa: el automóvil, base industrial de las economías alemana o española, por ejemplo.

El efecto sobre las clases medias ha tenido una impensada derivación política: la alimentación del populismo radical de derecha. El deterioro de las rentas en los sectores apuntados, sumados a la agenda verde y cultura woke han alimentado una alteración de los mapas políticos centrales en la Unión Europea, especialmente en los segmentos más jóvenes del mercado.

Por otro lado, no debe cabernos duda de que Europa se ha visto atrapada por tres vectores: la amenaza de precios Tesla, la respuesta china que amenaza al mercado y la ausencia de un modelo energético completo que permita la electrificación de la movilidad.

Si Europa quiere preservar su mercado de las invasiones chinas, es probable que tenga que adaptar de nuevo los plazos de su agenda. Hay que decir que la inversión china, y el más claro ejemplo es el español, no incorpora transferencia de tecnología, no aporta conocimiento, crea escaso empleo, no se integra en las cadenas de valor nacionales y se basa en una repatriación de beneficios. Más allá de los problemas de seguridad que pudiera incorporar.

El enfado de Pedro Sánchez no da respuesta a ninguna de los interrogantes planteados por la gestión de la agenda verde. Es una pura aproximación ideológica a las necesidades de sostenibilidad, que no da respuesta a los sectores afectados, pero tampoco ayuda a reestructurar nuestros mercados: la mala gestión, la peor en los mercados europeos, en materia de fondos europeos tiene que ver con ese modelo de respuesta.

La precariedad con la que el personal europeo se enfrenta a la electrificación de la movilidad es la misma en España que en otros países: a la clase media no le alcanza para tener un coche eléctrico. En consecuencia, le encargamos a la industria un coche pequeñito que pueda ser pagado por las magras rentas disponibles europeas.

La medida me ha recordado a Miguel Sebastián, el mejor ministro de industria del que se ha escrito en este blog. Cierto que es el único ministro de industria del que se ha escrito aquí, no hace falta que me lo recuerden. Debo decir que me parece un señor bastante competente, aunque quizá demasiado ingenioso como consejero de ZP, para irritación del sobrio Solbes, a la sazón ministro de economía.

Sebastián y ZP tuvieron un ataque de nacionalismo prescriptivo, del que aquí se escribió hace 16 años. Probablemente, ahora no lo tendrían, al menos ZP que se ha hecho más global, o sea prochino. Sebastián propuso, para salir de la crisis, comprarnos un Clio pequeñito, además de quitarnos las corbatas para ir a juego, en lugar de otras marcas no nacionales, a más de consumir productos españoles y otras ideas brillantes.

La clase media no le siguió en el consejo patriótico. De hecho, se temía lo peor. Igual que ahora se lo teme: un coche pequeñito, porque el bueno es caro. Un 600 para el volver a empezar de la clase media. Miedo da cómo se seguirá el consejo. En el caso de los españoles, haremos ricos a los productores alemanes o compraremos alguna marca francesa. Entre tanto, la Unión Europea ha paralizado el final de los combustibles que, eso sí, deberán ser más refinados y, quizá, más caros.

Hemos de saber, a medio plazo, que el coche y combustible, no serán la base del nuevo modelo sostenible. El problema es que no parece que el mercado esté preparado, que la escala permita precios asequibles a corto plazo y que lo de las baterías lleva camino de ser un fracaso. Osea, que hay coche para rato. Tampoco parece que la alternativa china, por mucho que se empeñe ahora ZP sea aún muy fiable. Volvamos a empezar, compremos un coche pequeñito, ya tuvimos un 600, al fin y al cabo, los hijos son ahora pocos y las suegras tienen su propio coche.

 

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