Las hordas nos han abandonado. Ebrias de trementina y largos almuerzos, magro ya el cuerno de la abundancia por inusitados precios, los ocupantes se han ido, vuelto a su hogar: nos han devuelto la ciudad y sus tabernas. Cosa que, siendo viernes y no día de cosas sesudas, merece ser comentada. Ya sé que andan ustedes preocupados por el porvenir de la patria, pero ya hablaremos de ello otro día.
Mi tabernero, ante mi justa reclamación por la ausencia de mi sitio adecuado durante estos días, aduce que la reserva hasta el día del apocalipsis o apagón próximo que tengo apalabrada, no se ejerce en fiestas de guardar ni celebraciones santificadas por Nuestro Señor, en el que él afirma no creer, pero siendo el único aspirante a verdadero no hay más que hablar. ¡Cómo está el mundo, que hasta nuestro tabernero nos engaña!
Sea como fuere, usted, aposentado de nuevo en su nave galáctica espera un nuevo año. Siguiendo mis atinados consejos, ya es un profesional tabernario, refugiado de las hordas que atestan la ciudad. Eligió su taberna en recoleto lugar, buscó sitio donde ver y no ser visto, se aposentó en su mesa cual piloto de astronave, conversó breve, pero intensamente como es debido, con el tabernero y ya ha tenido tiempo de acunar cual jilguero su copa y libar su vino favorito. Incluso ha sobrevivido a una mesa de “Z” en su taberna.
Siguiendo con esta tarea de servicio público que ustedes deben ponderar, hoy les daré las últimas sugerencias de cómo debe ejercerse el difícil oficio de observador tabernario. Armado de su “moleskine” o libretita de notas elegante, no me sea cutre con la cosa de escribir pensamientos. Ya sabrá, a estas alturas de su aprendizaje, que Oscar Wilde no es autor de todas las citas ni en todas las tabernas estuvo Hemingway, no por falta de ganas, sino porque no daba abasto. En consecuencia, es importante que se prepare usted para la creación.
Naturalmente, debe pedirse un vinito, acúnelo, mírelo, bébalo. No es necesario que se haga usted poeta: la sátira o incluso un panfleto contra el gobierno son aceptables, lo del gobierno incluso le hará famoso en X. Recuerde que el arte y el pensamiento es cosa de hombres (y mujeres, naturalmente) dramáticos. La libreta nota la turbulencia del efecto del vino, no pasa nada: si el papel lo aguanta todo, aguantará su placentero atontamiento.
Observe al personal que transita frente a su mesa. Si lo aprovecha tiene usted ante sí un manual del comportamiento que le permitirá o escribir una tesis o acabar definitivamente con su cuñado. Ánimo, aún nos queda la mañana de reyes.
Vea esa muchacha melena al viento, creyéndose mayor, en la madurez recién adquirida ignora que el hábito no hace a la neurona. La chica se cruza con un mendigo, naturalmente, sin mirarle, no sea que queme con el roce la falda de Temu. Ay, vea esa mujer de aspecto provecto que recoge una escultura pop creada por su mascota o un eclesiástico de los que usted creía que ya no había y que, ahora, renacen con la cosa de la nueva espiritualidad, inaugurada por Rosalía o Amaia Montero. Ya se sabe, los valores milenarios suelen volver, cuando se agotan los valores modernos. Eso sí es una parábola.
Le llamo la atención, estimado lector o lectora, sobre lo que decía Pessoa “hay metáforas más reales que la gente que anda por la calle”. Lo de la nueva espiritualidad no anda por la calle, pero es una metáfora, sobre viejos valores universales, bondades que se niegan a desaparecer, porque venden una idea simple: un mundo sin deshonestidad, sin verjas, candados, ni códigos de acceso. La nueva espiritualidad es como una Navidad de Meloni: un refugio frente a las inseguridades. Hemos llegado muy lejos en nuestra reflexión. Aparque la libreta, pida otro vinito, caminemos hacia la turbulencia.
Con tres vinos ya todo cambia. A usted le empieza a parecer mucha gente la que pasa por la taberna. Hay un par de “hipster”, no se percibe bien el sexo, amarrados por el brazo, ha pasado la Lola, hay un rumano también, un patinador y un guardia urbano. Hay un polaco, también.
Es en el momento en que toma un sorbo, va apurando y sabe que es el último rato de taberna. Pero llega el momento que todo tabernario debe gestionar con elegancia: la primitiva necesidad natural acuciada por la bebida. Entra en la taberna, baja al secreto habitáculo, desciende sin titubear, aunque despacio, la escalera de hierro, llega a su destino, entonces, siente lo que el poeta quiso decir: “La libertad es algo que bate en las entrañas como un rayo”.
De nuevo en su mesa, percibe que el tibio sol de invierno se transformó en helada. Sus compinches de taberna empiezan a pedir sus cuentas, pero usted es un profesional. Sabe que aún queda el último minuto. Ése que, según una vieja tradición rusa, hay que esperar silente y sedente antes de salir de viaje. Usted espera y entonces hace al tabernero su elegante gesto.
Llega. Tres vinos, doce euros, más la necesaria propina. Usted posa con suma elegancia su reloj en el datáfono: es un boomer, pero no un analfabeto digital, sonríe vengativo a dos “Z” que soportan el frío, para no ir a casa de sus padres pronto. Queda un dedo de tanino en la copa, no se la beba antes de pagar, el tabernero debe saber que usted manda, aun habiendo pagado. Finalmente, acaba y camina, con cierta nube en su cabeza, a su comida.
¡Ah, ese vino, ese vermú! Yo me lo he tomado como siempre a su salud y a la salud de la ciudad rescatada. Sabemos que es una victoria efímera, volverán, siempre vuelven. Tengan un buen día.
- https://peregrinomundo1.webnode.es/l/la-taberna-es-nuestra-y-4/



