Nadie echará de menos a Maduro, excepto su clientela. Maduro esquilmó los recursos de su nación, castigó a su pueblo a golpe de asesinatos, cárcel y represión. Y más que probablemente recurrió al narco no solo para financiarse sino para organizar sus grupos paramilitares.
El propio Maduro contribuyó a hacer inviable una tercera vía, falseando los resultados electorales, manteniendo la persecución política y rechazando las negociaciones que se le ofrecían. Es absurdo que no haya aprovechado sus oportunidades de salvarse. Probablemente, ha sido engañado sobre sus capacidades de resistir por los mismos que luego han permitido su entrega.
El núcleo de traidorzuelos persiste, vía Delcy, en negar la sumisión a Trump, su futuro vasallaje colonial. Pero su suerte está echada: una transición se viene, y será dolorosa. No será una transición pensada para la libertad, eso a Trump se le da una higa. La extracción tenía un precio: la sumisión política y rentabilidad económica.
Es comprensible que la diáspora venezolana y la mayoría de los que allí están tengan hoy una sensación agridulce: la desaparición del tirano y el mantenimiento de sus brazos ejecutores en el poder, la sumisión nacional. Ayer no pude sino recordar un buen rato cómo los maquis esperaban que las tropas aliadas cruzaran los Pirineos para librarles del dictador, pero le siguieron cuarenta años de sufrimiento. España interesaba como plataforma mediterráneo, con dictador o sin él. Solo cabe esperar que los venezolanos puedan recuperar su libertad de forma íntegra y en más breve plazo.
Hay una gran diferencia entre la esperanza de los maquis y la del pueblo venezolano: se supone que la civilización avanza y teníamos un mundo de reglas. La extensión unilateral de la jurisdicción internacional, la supresión de la legitimidad de las soberanías nacionales, el recurso a la intervención militar parecían haber sido borradas de la agenda. Ahora, simplemente, nos preguntamos si el próximo ataque será en Colombia o en Groenlandia, Cuba o Dinamarca.
Hay algunas reflexiones que debíamos hacer al tiempo que constatamos la evidente violación del derecho internacional. La incapacidad de la región para encontrar salidas políticas (Brasil, Chile, Argentina, Colombia, Puebla –eso incluye a España-). No solo no han impulsado medidas para garantizar la libertad, sino que se han aprovechado de la riqueza venezolana en forma de petróleo y materias primas, en beneficios clientelares y en forma de relaciones internacionales con Rusia y China. El desvanecimiento de la Unión Europea y la complacencia de la izquierda, singularmente la española, que ha formado parte de la clientela son otras de las deudas que sostenemos con el pueblo venezolano.
Hemos vuelto a siglos atrás. La política NIMBY (no in my backyard: no en mi patio de atrás) que ha definido el imperialismo más desnudo de los Estados Unidos y doscientos años de intervenciones en el Caribe, Centro y Sudamérica. Desde mediados del siglo XIX, Estados Unidos ha intervenido en sus vecinos continentales no sólo mediante presiones económicas, sino también militares. Junto al caballo, el wínchester y la Biblia, la intervención militar hizo a los EEUU lo que hoy son.
En estas crónicas se lleva un año escribiendo que Trump no solo era aranceles y egolatría enloquecida. Además de castigar los derechos de su pueblo, Trump requiere una “expansión” de la presencia militar estadounidense en la región. El golpe es ilegal, no provocado y desestabilizador a nivel regional y global. Trastoca las normas internacionales e ignora los derechos territoriales soberanos. El Comité editorial del New York Times lo explica excelentemente.
Desde que regresó al cargo hace un año, el “pacífico” Trump ha bombardeado Yemen, permitido el exterminio planificado en Gaza, asesinando a numerosos civiles sin miramientos, tras flexibilizar las reglas de combate; ha bombardeado Nigeria; ha bombardeado Somalia, Irak y Siria, y ha bombardeado Irán, donde exageró falsamente el éxito de los ataques estadounidenses contra instalaciones nucleares. Incluso se niega a descartar un bombardeo de Groenlandia, territorio soberano de Dinamarca, aliado de la OTAN.
La siniestra interpretación de los hechos y de los halcones que rodean al ególatra indica que sabe exactamente lo que hace, que lo peor está por venir. Está construyendo un legado con sangre y un modelo de política y diplomacia de negocios. El petróleo es el discurso para tranquilizar a los oligarcas de la vieja economía -a los que ha prometido el retorno de las licencias- (ni hay tanto, ni es de calidad, ni supone gran peso en el mercado exportador y el aumento de producción exige mucha inversión), más interés pueden tener los minerales y, sobre todo, echar a los chinos y rusos de los puertos, acabar con las flotas fantasmas. La operación militar del sábado es, también, un doble mensaje a Rusia y China: cada imperio tiene su patio, dejad el mío y yo dejaré el vuestro: Ucrania o Taiwan puede que no sea su guerra.
Pekín, Moscú y algunos socios venales del chavismo, desaparecerán de Venezuela y, probablemente, del resto del continente, aunque con los chinos la cosa será más complicada. Rusia es el imperio que molesta a los europeos, pero el más débil de los tres, ahora y en el futuro. Entre los Estados Unidos de Trump y la China de Xi, el futuro parece ya escrito: una lucha por la hegemonía mundial a base de aranceles, inteligencia artificial y guerras. Pero eso no se resolverá este año. Solo viviremos peligrosamente y amenazados.
Para España las lecciones son evidentes: la unilateralidad exterior, las complicidades con el populismo autocrático o China son peligrosas, debemos retornar a ser socios europeos fiables y compartir la estrategia que Europa debe reconstruir. Para los europeos, la necesidad de ganar autonomía en seguridad y tecnología es ya imperiosa. Como lo es la necesidad de plantar cara en algún momento a los imperios. Por cierto, este cronista está conmovido por las cero palabras que Amnistía Internacional, las ONGs, las flotillas, la izquierda y el Gobierno español están dedicando al intento de los iraníes por ganar su libertad.
El imperialismo está desnudo: al cuatrero no le importa el bienestar de las vacas, solo el negocio de la carne y el rancho. Estos son los bueyes con los que arar.



