El inútil escrache a Pérez Reverte

Parece que desde 2011 la izquierda se dedica a los escraches. Visto lo visto, no es cierto que posea la calle en exclusiva, pero sí hacemos más ruido político. Este plural inclusivo me delata, pero solo parcialmente: fui expulsado a la “fachosfera” hace algún tiempo. Estos días ha sido “escrachado” un debate sobre la guerra civil organizado por Arturo Pérez Reverte.

Siempre me han resultado sospechosos los actos contra los autores, libros, librerías y los debates anexos. Cosa que siempre atribuí a fascistoides y que me hacen recordar los ataques a la zaragozana Librería Pórtico: hace 50 años que dos bombas, dos cocteles Molotov y una lata de gasolina atacaron la librería hasta en cinco atentados. Que el novelista organizador deba suspender su debate es otra forma de atentado.

Todo empezó cuando el muy afamado David Uclés anunció que no asistiría al Congreso, cuya participación había comprometido, para no blanquear el fascismo de algunos asistentes. Justo entonces recordé cuando Balbín me invitó a debatir en un programa de La Clave en el que participaba Antonio Hernández Mancha. Ahí fui yo, a blanquear fascistas, al parecer. En fin, aquellos tiempos en los que los de izquierda debatíamos con todos y recorríamos España para hacerlo… cosas de “payasos tristes” que diría el tal Iglesias.

Esto no va de polémica entre escritores, en ese caso no intervendría: en ese campo no tengo más crédito que el de ser un lector empedernido, lo que no me da voz para intervenir, solo para sentirme “herido por el asombro” por algunas polémicas. Por ejemplo, en el entorno de la Real Academia de la Lengua. Pero no he venido a hablar de mi libro.

Justo el día en que Uclés rompió su silencio empezaba a leer mi regalo de reyes (El oficio de Narrar, de Edith Wharton) en una edición que, en contraportada, dice: “El nuevo cauce narrativo alimenta en los jóvenes la convicción… los ciega ante el hecho de que notoriedad y mediocridad pueden ser términos intercambiables”. Animados por el aguerrido antifascista, otros se bajaron del debate y se subieron a la notoriedad y los más valientes se pusieron a amenazar a los asistentes y anunciar acciones violentas hasta provocar la suspensión del “congresillo” y sus mesas de debate sobre la Guerra Civil.

¿Debió suspenderse el evento o aguantar la provocación? Esto se ha discutido mucho, pero déjenme opinar que es un falso debate. En democracia, nadie ha nacido para legionario. Ya cité aquí una vez, al hilo del 50 aniversario del asesinato de Pasolini, sus palabras en “fascismo de los antifascistas”: “Cuando una causa se siente moralmente superior, puede caer en la misma lógica que pretende combatir… la democracia exige reglas, límites, humildad”.

Sospecho que el señor Uclés padece de los males que denuncian Wharton y Pasolini. No tengo opinión sobre Uclés como escritor; bueno, tengo una: fui a la librería, me acomodé en esos rincones donde te dejan saborear unas páginas, leí las diez primeras de “La península de las casas vacías”. Me aburrí. Tomé diez páginas por el medio, llegué a la conclusión de que lo del “realismo mágico” aplicado a la guerra civil por Uclés era una forma de “soslayar” la historia ya conocida; leí diez páginas más y me subí a la segunda planta. Los libros de economía me resultaron más divertidos. Puedo afirmar que este “ruralismo abúlico”, corriente de la que es único miembro, le dará para alcanzar el paseo de la fama “woke”, pero no le llegará para el Cervantes, salvo que Luis García Montero lo remedie.

A diferencia, de Pérez Reverte me lo he leído todo, incluidas sus juveniles crónicas saharianas (tiene cinco años más que yo, cosa que se dice por presumir). Al creador de Alatriste, aunque no solo ha vivido de eso, que ya valdría, se le odia, en realidad, no por ser facha ni por las cosas que dice, sino por defender un canon que choca con la nueva descripción moral prescriptiva de la izquierda realmente existente.

El canon de Pérez Reverte sostiene una identidad cultural occidental y española. Si le preguntaran por las lecturas que recomienda a quien quiera conocer nuestra identidad les citará sin dudarlo la Biblia, Séneca, el teatro shakespeariano, La Eneida, La Odisea, la Ilíada. Si hablamos de España, les hará leer El Quijote, La Regenta y Pérez Galdós.

No me parece mal antecedente para una cultura progresista, para qué engañarles. Yo he leído eso y no me ha ido mal. De hecho, toda la tradición cultural de la izquierda se basaba en ese conocimiento. Eso sí, es necesario seguir creyendo que la razón y la ilustración nos dieron más luces que cualquier sustitutivo basado en el romanticismo del sentimiento, que alimenta desde nacionalismos a inventadas identidades ideológicas o vitales.

No tengo nada en contra de que un literato se convierta en prescriptor. Ya lo dijo un poeta prescriptor español: un poeta puede servir para cortarle la cabeza a un rey o para seducir a una muchacha. Lo que molesta es la persistencia del sectarismo y la doctrina de la superioridad moral.

Uclés es la última esperanza de la izquierda ante la crisis del relato, la caída del poder político o la fuga de los jóvenes a la derecha. Forma parte de ese fracaso la legitimación de la violencia que surge del nuevo “antifascismo”, tan presente en los escraches y las tertulias televisivas.

El escrache a un debate es lo más parecido a una doctrina autoritaria que uno puede encontrar en el mapa de las actitudes culturales. Pérez Reverte sobrevivirá, sin duda, a las invectivas del muchacho, que afirma haber conseguido una “victoria”. Por cierto, no sé si la editorial Destino en la que piensa publicar Uclés (previa traición a Siruela, comunicada súbitamente la noche del último premio) se habrá hecho perdonar ya su origen falangista.

Me van a perdonar, pero que el canon progresista sobre la guerra civil pase de “Soldados de Salamina” (Javier Cercas, 2001) a la “Península de las casas vacías” (David Uclés, 2024) constituye una buena descripción de cómo se ha transformado la cultura de izquierda y sus medios prescriptores en las dos últimas décadas y por qué estamos siendo derrotados. La pírrica “victoria” de Uclés es un buen resumen de estos últimos veinte años: la progresiva cancelación de la conversación. Sospecho que la victoria de Uclés será como su boina, tan pírrica como efímera. La fama continuará, empero, son días para los iconos de resistencia, pero si debemos reconstruimos, deberemos recuperar la conversación. Luego no digan que no les aviso.

 

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