Todo empezó cuando un líder republicano publicó en “X” un comentario sobre la regularización migratoria española. Ya es atreverse, cuando la política migratoria norteamericana se ha convertido en un ataque a su propio pueblo, basado en una fuerza prácticamente paramilitar, y cuando dónde “debiera haber misericordia, hay sangre”, como ha cantado Bruce Springsteen sobre Minneapolis. Elon Musk replicó el texto con su habitual “Wow”. Sánchez que, sin viajar a Huelva y sin agenda, tenía tiempo le respondió. Hay que elegir entre Marte y la humanidad, sostiene.
En realidad, hay que entender las necesidades de La Moncloa. Andamos a la caza desesperada de un enemigo y un argumentario. El franquismo fue anegado por los acosadores sexuales empotrados en la dirección del PSOE y protegidos por ellos y ellas. Lo del miedo a la ultraderecha ya no funciona, no solo le quita votos al PP, también al PSOE.
Tenemos el siempre recurrible infierno liberal de las privatizaciones, pero esto es largo de explicar y, además, no es fácil cuando no tenemos una alternativa pública eficaz que presentar, cuando los servicios fundamentales se desvanecen, no han cubierto las necesidades acuciantes (vivienda) o los impuestos pierden legitimidad por la venalidad y el estallido del estado del bienestar y las infraestructuras críticas.
No es menos relevante señalar que la política migratoria no es de Sánchez. Él defendió la devolución de los ilegales. También, que se ha explicado tan mal y sin prever su presión sobre el estado protector que hasta los votantes socialistas recelan.
Trump, el César, y sus oligarcas dan votos: a por ellos. No seré yo quien defienda a Trump y su pandilla. Tienen en este blog sobradas muestras de ello (en este mes, hasta ocho veces). Estamos ante un cambio de época y un intento de autocracia “trumpiana” apoyada por oligarcas. Pero el “tecnocesarismo” aún no ha triunfado. Confiemos en que el pueblo y los mercados animen los frenos y los contrapesos, incluidos los oligarcas.
Como ya señalé aquí, el comportamiento narcisista tiene algún punto sicopático: desde el egocentrismo a la falta de empatía. Pero, muy especialmente, atesora sesgos cognitivos, construye el discurso sobre falacias. Una muy recurrente: la falacia de la falsa elección.
En realidad, el descubrimiento del conflicto social, lo dijo el propio Marx, no es cosa de la izquierda. Lo es la solución del problema. Reclamarse de la “humanidad” es una actitud simplemente filosófica. No me interesa aquí la calidad o insuficiencia ética de quien reclama a la humanidad. Lo que interesa es si la opción entre humanidad y progreso tecnológico sitúa a la izquierda en una posición de ser entendida.
Conocen de siempre mi opinión: este tipo de discurso parece situarnos entre un conflicto entre repartir escasez o articular un crecimiento sostenible para repartir, que solo es posible con una productividad basada en el desarrollo de nuevas tecnologías y materiales. “Abundancia” es el lema literario acuñado.
Tecnologías y materiales para las que tenemos recursos escasos (energía, agua y minerales, fundamentalmente). Podemos reflexionar sobre la privatización de la carrera espacial y las nuevas herramientas de comunicación y tecnología, de dominio casi neocolonial por los oligarcas norteamericanos, pero no hemos hecho nada por nuestra soberanía estratégica y, tampoco, hemos planificado ni explicado a la ciudadanía los costes que tendrá hacerlo.
Productividad, tecnología y estrategias que son extraordinariamente necesarias en un momento en que el reparto de escasez nos ha conducido a una sociedad en que la convergencia entre el salario medio y el salario mínimo es irritante, las presiones fiscales sobre la clase media crecientes y las futuras tensiones sobre el estado del bienestar no garantizan, al contrario, una solidaridad sin fin.
La falsa elección se nos presenta, a modo de farsa, como un imperativo moral sin evaluación alguna de las políticas públicas necesarias y sus posibilidades. También, y esto casi es peor, incorpora otra falacia de atribución: quien propone se juzga a sí mismo por sus exquisitos valores éticos, mientras a los que planeamos dudas de estrategia se nos juzga por construir insolidaridades.
Cuando un partido no puede resolver los problemas de Extremadura y Aragón, lo razonable es, entiendan la ironía, ocuparse de la humanidad. Pedro Sánchez no ha buscado con el nuevo lema solo un enemigo que ofrezca votos, sin aplicación política alguna, sino mantener una referencia internacional que le garantice una supervivencia futura, mientras su partido se reconstruye.
Polemizar con Elon Musk o Trump sería real si hubiera unos medios, una política y una situación nacional y un liderazgo europeo que lo soportara. No es el caso, luego es una simple broma, puro politiqueo. Si la pelea es por ver quién se queda con el planeta, la farsa está garantizada.
El mundo se enfrenta a un real cambio de época, con tintes autocráticos en buena parte del mundo y una lógica geoestratégica neocolonial. Un pacto de autonomía estratégica incluye incorporar la búsqueda de progreso tecnológico a nuestros recursos.
La izquierda no pude sostener posiciones catastrofistas, convertirse en profeta del colapso es invertir en miedo. La historia lo demuestra: no es negar, es poner reglas para el cambio de época. El siglo XX, después de sus catástrofes, y con una notable contribución de la izquierda, supuso un crecimiento de la calidad de vida y de la democracia sin precedentes históricos, sobre la base de la administración, por el estado del bienestar y el pacto fiscal, del progreso tecnológico. La sugerencia de que éste es solo cosa de oligarcas debilita a la izquierda y deja la socialdemocracia en manos de la derecha.
Pedro y la falacia de la falsa elección es un ejemplo notable de las derrotas que se anuncian y que rechazan los propios votantes de la izquierda.



