La inquietante ideología del embudo

Es aconsejable que cualquier tarea se emprenda o desarrolle con arreglo a un sistema de valores, por encima de las culturas corporativas donde se desempeñe la tarea. Esto es importante, especialmente en materias como la gestión de personas, la comunicación o la política. En este caso, conviene que los valores no se transformen en doctrina: en este saco, se abrazará, inevitablemente, la inquietante ideología del embudo.

Esta pertinaz forma de ver el mundo suele traducirse en cinismo, compadecerse poco con la verdad y, muy especialmente, desarrolla una peligrosísima falacia de la atribución: quien gestiona juzga a los demás por sus acciones, pero se juzga a sí mismo por sus intenciones, siempre loables. Esto incapacita éticamente a quien ejerce la función que sea.

Con motivo de las recientes situaciones en Venezuela o Irán hemos padecido una notable representación de estas prácticas. Hemos oído hablar de presos políticos a quienes negaron que los hubiera, hablar de cárceles y torturas en lo que se presentaba como un centro de ocio y cultura o invento reaccionario, hemos oído y oímos, aún, aceptar, como daño colateral, manifestantes muertos en Irán.

Quienes nunca se enteraron de lo que pasaba en Venezuela, o no han dicho ni una palabra durante días de los desmedidos asesinatos de civiles en la república islámica de los ayatolás, se han ido por las ramas para no reconocer que es compatible denunciar los dudosos abordajes de Trump con el reconocimiento de la dictadura de Maduro o la aceptación pública de que una teocracia es incompatible con un sistema de libertades. Más recientemente, hemos sufrido la lacerante paradoja de ver la crítica a un funeral católico, mientras se defiende el chiismo como legitimo estado confesional.

No hemos divisado flotillas ni leído conmovedores manifiestos sobre el derecho, reclamando transiciones sin paramilitares ni presos políticos en Venezuela, ni confrontando con los ayatolás.

Hemos oído, eso sí, ilustres comunicadores, columnistas y políticos, de “prescripción ética” reconocida, hablar de que priman los intereses geoestratégicos sobre la muerte de manifestantes, calificar de “gusanera fascista” a la diáspora venezolana, ignorar la batalla de las mujeres en la república islámica, afirmar que Corina se ha quedado “para vestir santos”, al parecer con gran visión estratégica del cronista, qué feminista. Todo esto, por cierto, en periódicos o televisiones emblema del progresismo global.

Lamentablemente, como puede verse, quienes trabajamos en la comunicación no nos hemos librado de la ideología del embudo, esto del plural es notablemente injusto. Digámoslo de otro modo. La sectaria comunicación de barricada de todo signo, acompañada de la correspondiente ración de basura, en los temas citados, la autocalificada de progresista en primer lugar, ha aparcado la descripción incontrovertible de los hechos, sustituyéndola por la opinión. También se han oído las oportunas tontadicas en el otro lado de la barricada, para qué engañarse. En todo caso, lo que ha quedado orillado, como corresponde al embudo, es la opinión equilibrada, la conversación.

No debemos dejar de reflexionar (se ha señalado ya aquí) sobre cómo los medios y el periodismo de trinchera han llegado a la comunicación sectaria por diversas razones: por pereza y contaminación intelectual. El odio, como la falsa moneda, contamina mucho. No es la menor de esas razones la descapitalización profesional y el desprecio de la experiencia ni, tampoco, el hecho de que no tengamos ya empresas editoriales, sino grupos que extraen subvenciones, como forma de sobrevivir, que devuelven con clientelismo mediático con el que paga subvención o publicidad.

He citado medios del campo de la izquierda porque es donde me duele (incluyo a la miríada portavoces culturales mediáticos, trinbuneros de medios públicos o pequeños negocios de comunicación que lo mismo hacen noticias a dictado de quien paga que cobran por una charleta en el ministerio de Defensa, a contratación directa, o cosas por el estilo). Es probable que algún conservador racional opine un día de los de su campo. Igual así nos vamos entendiendo y acabamos con la comunicación sectaria, lo de la basura sospecho que tiene mal arreglo.

Ignoro en qué momento se decidió que la política y la comunicación se basaran en la impostura del discurso, el odio y el muro. Aunque lo sospecho. No cabe duda de que estamos en un mundo nuevo, como ya fue descrito, estos suelen ser tiempos confusos: “Hay que tener el coraje de admitirlo, señora -escribe Joseph de Maitre a la Marquesa de Costa en 1799-, durante mucho tiempo no entendimos la Revolución de la que fuimos testigos; durante mucho tiempo la tomamos por acontecimiento. Nos equivocamos: es una época”.

No estamos condenados a que el futuro de nuestros nietos, uno es mayor y ya piensa en ellos y ellas, sea una distopía. Quienes nos dedicamos a la comunicación debemos recordar, de nuevo, que los hechos son incontrovertibles, que el juicio puede separarnos, pero no lo suficiente como para rechazar la comunicación sectaria, lo de la basura me parece, como he dicho, que no tiene arreglo.

Se puede afrontar el cambio de época con cierta base democrática y de convenio entre todos los lados del espectro de ideas, creo, aunque el “uclesismo” está más extendido de lo que creen.

Mientras tanto, este humilde cronista, que bebe de viejos valores jacobinos, ustedes me entienden, declara estar conmovido por las cero palabras que Amnistía Internacional, las Ong, las flotillas, la izquierda y el gobierno español están dedicando al intento de los iraníes por ganar su libertad. Esto se escribe un mes después del primer muerto. Soy el hombre más paciente del mundo, me entretendré quemando embudos.

 

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