La izquierda atrapada entre su burbuja y el 155 universal

Quizá no recuerden que tenemos unas 46 familias de personas fallecidas en Adamuz esperando explicaciones. Si he entendido bien al ministro de los trenes, cuya belleza siempre es aquí ponderada para evitar el castigo funcionario de quienes opinan lo contrario, ya estamos en el momento valle de la corriente emocional. En consecuencia, podemos afirmar y afirmamos que la culpa de Adamuz la tiene Elon Musk: lo de que el PP y las inversiones son culpables de la desaparición del ferrocarril en España no acabó de colar bien. Pero lo de los oligarcas, seguro que se entiende.

Puede parecer ironía, pero es dramático: con un país en fallo multiorgánico (la desaparición del tren, administración digital de las páginas públicas en la que se crea mercado negro de citas, energía que no soporta más potencia, vivienda, etcétera), los cabezas de huevo de La Moncloa experimentan con la distracción diaria y la búsqueda de comodines que sustituyan a las mentiras derrochadas sobre el ferrocarril, el ataque de la ultraderecha o el franquismo.

La izquierda está atrapada, primero, en el “wokismo” prescriptivo, cuya consecuencia es un 155 universal, una cultura de prohibición sobre todo aquello que no gusta o conviene a una dirección política acabada que, hace tiempo, ha perdido la legitimidad de la investidura. Una política que sigue el modo clientelar de comprar votos en el parlamento para legislaciones que no salen y nunca se verán en el BOE.

Hemos tenido varias maniobras de distracción, cuando no mentiras, desde que ocurriera la tragedia de los trenes, incluida una regulación inmigratoria sin explicación, convertida enseguida en “reemplazo étnico”. Hoy, tenemos una nueva pantalla: la guerra contra los oligarcas que se acompaña de voces en el Gobierno sobre la prohibición de las redes sociales y la creación de una internet pública. Buen comienzo: es la manera adecuada de matar una reflexión necesaria, convirtiendo el argumentario en una artimaña política.

No nos cabe duda a los que somos padres o somos abuelos ni al personal informado de la necesidad de introducir regulaciones en el uso de las redes sociales de los menores, la necesidad de recuperar la conversación tapada por el algoritmo. Por cierto, los mayores de edad no necesitamos ser protegidos en nuestros usos cibernéticos, nosotros decidimos, gracias. Cuando una ministra dice que se debe “limitar y seguramente prohibir” una red social, saca su alma de 155 totalitario, en modelo ministra de vivienda.

Habrá que dar la bienvenida a las dudas sobre las redes a quienes siempre creyeron que la verdad era un algoritmo de Google y pagaron para posicionarse en el buscador. Aquí se escribió, perdonen que me autocite, antes de que Pedro llegara a salvarnos: “Las redes nos han prometido un espacio cívico, de relaciones no mediadas, de libre opinión, de ausencia de mercado. Cuervos y buitres acechan en estos días en que la publicidad convencional se ha ido a pique, el papel anuncia cada mañana su desaparición como negocio y el sentido común de masas se construye en redes”.

En los últimos quince años, la promesa tecnológica se ha convertido en lo que genéticamente estaba codificado: la aparición de monopolios que han convertido en oligarcas a sus detentadores. El camino desde la web descentralizada a un oligopolio de plataformas era una evidente perspectiva hace tiempo. Que la solución sea un “organismo independiente del gobierno y los poderes económicos” es pura fraseología, por no llamarla indecente propaganda de falsas utopías. Es necesario volver a descentralizar e invertir en soberanía digital con empresas que compartan la cultura europea.

Es fácil crear pantallitas contra los ricos (oligarcas), calificar de salvaje el mundo digital o hablar de estado fallido. Por cierto, sería bueno que los cabezas de huevo de La Moncloa sepan que nosotros también seguimos la página web de “Le Grand Continent” y leemos a Da Empoli, autor de todas esas frases, sin haber sido citado ni una sola vez (Da Empoli, G, La hora de los depredadores. ARPA. 2025). Ya les aviso, estamos a un paso de escuchar “tecnofascismo” (Varoufakis).

El que les escribe, Da Empoli y media humanidad – a Varoufakis no le sigo desde que su egolatría destrozó a Grecia y a la izquierda griega- estamos de acuerdo en que el populismo “trumpista” o los oligarcas como Musk desprecian la democracia en la que hemos sido educados, el sistema de partidos, la opinión de expertos y toda la forma de autoridad ética que reconocemos. Ése no es el debate.

Da Empolí da pistas sobre cómo no hacer las cosas: “Creo que cierta cultura de la izquierda, a veces histérica, es problemática. Esta tendencia a convertir la lucha contra la discriminación en una nueva forma de discriminación, supuestamente a favor de las minorías, es un error estratégico. Para proteger a las minorías en una democracia sigues necesitando el apoyo de una mayoría y los demócratas parecen haber olvidado cómo se consigue… hay que ‘hacer política’. El problema… es esa cultura del ‘partido de los abogados’ que cree que se gana con diapositivas de PowerPoint o invocando a los jueces. No se gana así: hay que abordar los problemas reales de la gente y ser político, algo que no veo mucho por ahora”. (Arjona, D. Giuliano Da Empoli, 1 de octubre 2025. El Mundo).

El asunto no es convertir un debate y una política necesaria en un combate contra los ricos, sino en hacer política, preferiblemente con los nuestros (Unión Europea, que, por cierto, saben de regular mejor que nosotros) y no con las satrapías del Golfo Pérsico o regímenes autoritarios. La descripción de Da Empoli sobre la necesidad de hacer política y abordar problemas reales remite al 155 universal en el que se atrapa el Gobierno, la ministra de infancia o la de la vivienda son solo expresiones de un mal general.

El patético deseo de la ministra de vivienda de “un 155” para Madrid (la Comunidad que más visados de vivienda protegida está concediendo, tras las forales, y tres veces más que el paraíso catalán) no solo revela que la izquierda no quiere gobernar Madrid y se empeña en hacerle favores a Ayuso: muestra el desprecio a las instituciones y la incapacidad de gobernar, la ausencia de una ética del compromiso, de quien, en realidad, solo está dejando un país de viviendas invisibles, por ejemplo.

Por supuesto, deben ustedes atender a los “medios oficiales” y no a cualquier blog escondido en un internet gobernado por oligarcas. Es mucho más elegante, faltaría más, la cancelación de periodistas por ministros y Gobierno, la corrupción ética de los medios públicos o la destrucción de la reputación de investigadores contra el cáncer por “medios oficiales”. Una izquierda atrapada en su burbuja y el 155 universal acaba ahí. Es lo que hay.

 

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