Días de balance: la tierra de los libres se vacía y el hogar de los valientes vive en permanente conflicto, los soldados se enfrentan a su pueblo. El mundo se rearma. El césar más disruptivo de la historia está arrasando lo que una vez fue la democracia americana.
Aquella América ya no existe. Lo dijo Tocqueville: “Lo que hace perder a los hombres el poder es no merecerlo”. Es entonces cuando el césar toma la palabra: no lo merezco, pero es el fin de los principios, es el principio de los negocios.
No se engañen, es su propio pueblo el primero que sufre: mercados de empleo en declive, comercio varado, crisis de precios. Cifras ocultadas a la ciudadanía y analistas, mes tras mes. A los amigos les va bien, facturan, qué importan los demás. Sufren sus libertades: detenciones en masa, juicios sumarios, deportaciones masivas, encarcelamientos en el extranjero. Al hombre de paz, le gusta la guerra, las que no hace fuera, las hace dentro.
Nada como exportar caos para ocultar la tiranía interna del dinero. Se han vendido indultos de narcos, comerciado con las tierras de Gaza, cobrado comisiones, se buscan los recursos ucranianos. Para qué liarse con testaferros o ingeniería financiera: ha venido para hacerse rico y hacer más ricos a sus amigotes. “Crony Capitalism”, capitalismo de amigotes.
Arropado por insaciables oligarcas, Trump, recluido en su hortera castillo de pan dorado, castiga al lejano occidente. Mientras, a golpe de aranceles, mentira y videos de pederastas, él hace ruido, los oligarcas atacan las regulaciones, luchan por el monopolio, alteran los mercados de deuda, chantajean continentes enteros. Es el tecnocesarismo, amigos. La verdad pertenece al algoritmo del monopolista.
Una alianza de décadas ha sido declarada muerta. No se trata de un protocolo secreto, sino de la misma lógica de Molotov–Ribbentrop (los voceros de Hitler y Stalin): las grandes potencias tratan las zonas fronterizas como terreno de negociación y negocio, en lugar de compromisos protegidos: el principio del desastre.
Trump ejerce de Hitler, Putin hace de Stalin, juntos interpretan la repetición de la comedia más dañina de la historia del mundo. Y responden al mismo discurso: Europa se presenta como civilizatoriamente vulnerable y políticamente inestable, debilitada por las presiones migratorias, el declive demográfico y unas normas supranacionales que, en opinión de Trump y Putin, socavan la soberanía de los imperios.
El hombre de paz que ha detenido guerras que no existían hace guiños al Zar, entre colegas se entienden. Los ucranianos son los primeros, es probable que sigan otros. Estamos en guerra, dice von der Leyen.
Los europeos vacilan entre los que desean ser autónomos y quienes desean matizar el discurso del césar. Sánchez, el primero en saltar de la alianza, sonríe mientras las consecuencias de su huida diplomática caen sobre nuestros puertos, probablemente sobre nuestras inversiones en el exterior y, casi seguro, sobre el encarecimiento de nuestras comunicaciones.
Hemos salido de la alianza en el peor momento. Caído en las manos del tercero en discordia, la inversión china no incorpora transferencia de tecnología, no aporta conocimiento, crea escaso empleo, no se integra en las cadenas de valor nacional y se basa en una repatriación de beneficios. Más allá de los problemas de seguridad que pudiera incorporar. Pero es progre y ayuda a los amigos lobistas, ustedes saben a quién.
“Ha estallado la indignación, el adversario está señalado, pero ¿cómo vencerlo? Cuando llega el crimen, como la lluvia cae, ya nadie grita entonces ¡alto!” (Brecht, París, 1935)
El presidente estadounidense fabrica metáforas obvias. Ha demolido un pedazo de la Casa Blanca como lo intenta con el estado de derecho. Lo hace todo con dinero de sus compinches y personas con información privilegiada que buscan favores gubernamentales. ¿Qué mejor que destrozar literalmente un ala de la Casa Blanca? Se ocupará de la misma forma de la Constitución. Quedan tres años de Trump, demasiado tiempo para el horror: si consiguen frenarlo será una tarea dura y costosa reconstruir.
Trump quiere vivir bajo una opulenta orgía dorada, mientras envía, con leyes maravillosas, a los soldados contra su pueblo, ha mantenido cerrado el Congreso, amenaza con quitar la nacionalidad a adversarios a los que no puede ganar en las urnas, impide el libre tránsito de personas, singularmente europeos, con peregrinos argumentos.
La imagen de mampostería rota, escombros y cables de acero en la dirección más famosa de Estados Unidos evoca una película de catástrofes. Su ensoñación monárquica le conduce a parecerse al Gran Constructor de Hitler: tapar en untuosidad los campos de concentración.
La distopía de cápsula de riqueza, de traficantes que pagan su libertad, de tasa Trump en cada puerta que se abre, el de los superricos que se apoderan del universo, ocurre ya en una ciudad brumosa, ocupada por soldados que persiguen a su alcalde; es templo de corrupción y venalidad, territorio de la danza de la muerte que imaginó Bergman.
“Mi nombre es Ozymandias, Rey de Reyes. ¡Contemplen mis obras, poderosos, y desesperen! No queda nada más. Alrededor de la ruina de ese naufragio colosal, ilimitado y desnudo, las arenas solitarias y llanas se extienden a lo lejos” (Percy Bysshe Shelley, 1818).



