Agujeros negros

Vivimos la Transición como el cambio a una situación idílica: democracia, libertad, derechos, igualdad ante la ley, de oportunidades, trabajo, calidad de vida. Era mentira. La democracia española es una partidocracia de ínfima calidad; medios de comunicación controlados por subvenciones y publicidad oficial, justicia politizada, políticos lacayos de su partido/secta despreciando a la ciudadanía, y una clase política inmensa en cantidad por la estructura del Estado creada para su conveniencia, que han infectado de partidismo desde la Transición. Los errores durante 45 años nos lastran hoy y provocan muchas deficiencias, agujeros negros que perjudican gravemente a la ciudadanía.

Virginia Blanco, 48 años, trabajadora de hostelería, lleva cuatro años en tratamiento de cáncer en Albolote, Granada. Cuando trabajaba tenía una ayuda de 260 euros para su hijo menor. Al enfermar no puede trabajar y en vez de incrementarle la ayuda económica, como sería lógico en un país decente (que España no es), se la retiran. Con sus 400 euros no puede comer y comprar ropa para su hijo en este paraíso que nos pinta el Gobierno con Falcon, coches oficiales, amigos y familiares colocados con salarios obscenos (que no quedarán atrás). Trabajadora y pobre, Virginia quedó atrás como tantos miles. Acuciada por su situación difundió carteles en portales pidiendo ropa usada para su hijo y la gente corriente respondió. El Estado, la élite política y su buRRocracia funcionarial (ayuntamiento, diputación, comunidad autónoma, seguridad social, partidos, sindicatos, ONGs…), desaparecidos.

El mismo Estado que niega 240 euros a un menor español cuya madre española no puede trabajar por un cáncer, paga a muchas decenas de miles de extranjeros que no han trabajado nunca, muchos miles ilegales, con antecedentes múltiples y a varios miles residiendo en Marruecos. Le paga a cada uno el doble que a esta mujer enferma y a su hijo porque son extranjeros. Por estas cosas (y otras) crece la ¿extrema? derecha y no me extraña; demasiadas injusticias, demasiado evidentes, demasiados desprecios a la gente; crímenes sociales contra españoles tratados como escoria por políticos cobardes, corruptos y canallas. La ciudadanía occidental del siglo XXI, harta de esta élite política (Italia, Suecia, Francia, España…) está mandando parar.

Mariano Turégano, jubilado de 82 años, vive en una residencia pública (de gestión privada) de San Sebastián de los Reyes y denuncia terribles condiciones de supervivencia. Si fueran presos o terroristas estaría resuelto de inmediato, pero son jubilados; pasan hambre, pésima comida, calor, frío, no tienen ropa limpia ni personal suficiente; relata ingresos hospitalarios de ancianos por deshidratación. No es un caso aislado sino habitual en muchas residencias españolas.

Miles de españoles se manifiestan pidiendo que se imparta educación, además de en catalán, en la lengua común del Estado según la Constitución, el castellano o español. Lengua común desterrada por el supremacismo independentista con apoyo del Gobierno de España. Agujero negro de un partido, el PSOE, que no es nacional porque no existe en Cataluña, donde se disolvió hace más de 40 años en otro más nacionalista que socialista, el PSC, que, con CCOO, UGT, UPodem, ERC, JxCat, CUP… quieren enterrar la lengua común de España en Cataluña. Ha vuelto el odio fanático del siglo pasado.

Los políticos de izquierda y derecha viven en su mentira, compiten en cinismo tóxico como jauría de alimañas en busca de poder y privilegios ajenos a los problemas de la gente. No es una cuestión de ideología sino de ética; políticos demócratas, decentes, austeros que no malgastan en privilegios y prebendas, que son las excepciones, pierden por goleada desde la Transición frente a los partidos de Ali Babá y sus ¿40?… 400.000 ladrones. ¿Hasta cuándo?

 

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