Cuando Trump fue elegido les escribí sobre la añoranza de la vieja política. No era una reflexión optimista, con el tipo era fácil acertar. Mark Carney, primer ministro canadiense, convertido en líder alternativo ante la debilidad europea, nos ha transmitido su receta: “La nostalgia no es una alternativa”. Quiso decir que Europa debe ponerse las pilas y ganar su autonomía estratégica, por muy doloroso que sea, que será.
Cuando leí ese magnifico discurso, pronunciado en Davos (genial ese “el que no está en la mesa forma parte del menú”) antes de que llegara Trump y la invitación a los europeos, recordé un texto escolar que mi profesor de filosofía me obligó a traducir del latín –vean lo que uno debe a no haber estudiado la EGB-. Cito de memoria, pero más o menos decía: “Si se elimina el cuidado de la justicia, los reinos no son más que grandes bandas de ladrones” (Magna latrocinia). Sobre una idea parecida habrá que reconstruir la idea de Europa.
Trump cayó sobre Davos, amenazante, grosero y rodeado de sus ladrones favoritos. Después se marcharon para ver a tropas federales asesinar a un manifestante en Minnesota. Una barbaridad que supone un alto grado de “guerracivilismo”, la consagración de una estrategia de autocracia y una amenaza contra su propio pueblo.
Los autócratas, se llamen Trump o Putin, tienen dos características comunes: dependen de una distracción exterior amenazante y de dedicar a sus pueblos una alta dosis de tensión e inestabilidad.
La amenaza a Europa fue evidente. Los europeos han presenciado la escalada más espectacular de la crisis en la relación transatlántica, debido a la pasión por Groenlandia del César. Esta amenaza corría el riesgo de convertirse en un conflicto de gran magnitud entre los miembros de la OTAN y no se ha conjurado del todo, aunque tras una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, Donald Trump se retractó de las amenazas.
No fue Rutte, los ladrones modernos suelen estar atentos a las llamadas señales de mercado. Por una vez, los europeos hicieron una maniobra inteligente (amenazar con el “bazooka” de la deuda pública americana) y un montón de gestos de enfado. Desde Lagarde a Macron, no es extraño que sean franceses. También Meloni dijo algo, aunque más matizado.
Lo que realmente cambió el cálculo de Trump fue la posibilidad de medidas de represalia europeas por valor de 93 mil millones de dólares y el anuncio por dos pequeños fondos nórdicos (Dinamarca y Suecia) de vender deuda americana (esta es la amenaza que los chinos han mantenido durante años) lo que supondría, si se generalizara (Europa es el mayor tenedor de bonos estadounidenses) un aumento del gasto en intereses en USA y, a medio plazo, la huida de capitales a otros refugios y la caída del dólar.
Paradójicamente, los europeos distaban de estar unidos a la hora de recurrir a medidas de represalia. Si Trump no hubiera dado marcha atrás con sus amenazas arancelarias, es incierto que la UE hubiera encontrado la mayoría cualificada necesaria para activar su nueva y nunca utilizada herramienta, el instrumento anticoerción (ICA), mediante el cual la Comisión Europea puede determinar si una potencia extranjera está utilizando la coerción económica para debilitar a la UE y, de ser así, aplicar medidas disuasorias y de represalia proporcionadas.
La debacle de Groenlandia demostró que Europa puede revertir su dependencia de Estados Unidos. Esto puede lograrse mediante su influencia económica y una diplomacia astuta en Washington. Europa también puede utilizar la cooperación en seguridad de forma productiva para contrarrestar las justificaciones inventadas para las acciones estadounidenses y afinar sus herramientas económicas con fines políticos.
Pero la situación vuelve a resaltar también dos problemas evidentes, pero conocidos. El primero es cómo dotar a la UE del poder para usar su influencia económica con fines políticos, al igual que Estados Unidos y China pueden utilizar su poder económico como arma para coaccionar a otros países. En Davos, los líderes europeos establecieron la conexión entre la fortaleza económica y el peso global.
La reticencia a activar la ACI se debía a que los líderes políticos están más interesados en conservar el poder de bloquear fusiones bancarias y hacer llamadas telefónicas a Trump que en trabajar por una Europa que tenga un papel económico y político que desempeñar en el mundo del mañana, a pesar del creciente apoyo público a la UE.
Otra cuestión, relacionada con la anterior, es que las divisiones en Europa sobre cómo manejar a Estados Unidos van más allá de las cuestiones tácticas del uso de las zanahorias y los palos de la UE. La dependencia cognitiva de Estados Unidos es el resultado de generaciones de diplomáticos imbuidos de la mentalidad transatlántica. Cuando los europeos han presentado estrategias, como tras la invasión rusa de Ucrania, lo han hecho en sintonía con Washington. En partes de Europa del Este, Estados Unidos es fundamental para la identidad postsoviética. Mantener a Estados Unidos involucrado en Europa frente a la amenaza rusa se considera una prioridad. Si a esto le sumamos a los pro-Trump, la cacofonía es estruendosa.
La lección de Groenlandia sugiere que existen maneras de convertir la cacofonía en “ambigüedad estratégica”, manteniendo a las potencias antagónicas en la incertidumbre sobre la magnitud de la respuesta de la UE y mediante un uso deliberado de las sofisticadas y multiusos herramientas de Bruselas.
Los mercados de bonos se han mostrado muy sensibles a las amenazas europeas, del mismo modo que la Asociación Nacional del Rifle ha sido la más ruidosa denuncia del asesinato del activista en Minnesota. Todo vale contra la banda de ladrones.



