El clima, Glasgow y los progresistas

A pesar de ser viernes, cuando el jefe de la Clicktertulia, Don Juan Ignacio Ocaña, tiene dicho que de cosas sesudas nada, hoy hablaré de cosa seria. O sea, que los CEO de la radio no pagarán la prima de crónica intranscendente (De hecho, nunca la pagan, ahora que caigo).

Veamos si podemos resolver la adivinanza: ¿Cuántos jets privados hacen falta para que nos prohíban nuestros viejos coches diésel? En Glasgow, hay más de trescientos y aumentando: usted debe compartir autobuses, coches y patinetes, pero los próceres no pueden compartir un avión.

¿Cuántas lágrimas de Greta hacen falta para que ustedes deban pagar las autovías? Pocas, esta vez ni grititos ni nada.

La izquierda y el progresismo global están contentos. Desde Joe Biden al laborismo y la socialdemocracia. Sin olvidarnos de radicales populistas como Noam Chomsky y al afamado Yanis Varoufakis, También andan por Glasgow la izquierdista norteamericana Alexandria Ocasio-Cortez o la inglesa Caroline Lucas.

También estuvo Sánchez, todo el mundo lo recuerda, naturalmente. Todo el personal ha recordado que, para que consumamos menos energía, el coste energético de la vivienda ha crecido un 20,5% anual, según el INE. Sin Tezanos hay menos paraíso.

Todos quieren un nuevo acuerdo ecológico. Nunca tan pocos quisieron salvar a tantos con receta ecológica. A pesar de ello, acuerdo, lo que se dice acuerdo, no hay.

La promesa de un nuevo acuerdo ecológico es una panacea: ayuda a afianzar el liderazgo laborista británico. También, es la forma en la que Biden mantiene animada a la base del partido demócrata, algo alicaída por los sondeos y la popularidad del presidente, para qué engañarse. El cambio climático estimula a los activistas y ancla la conversación progresista.

Ciertamente, estamos de acuerdo con el argumento fuerte: el planeta no puede permitirse este capitalismo kamikaze. Simplemente, el nuevo acuerdo ecológico no parece ser la respuesta.

El proyecto en sí es una niebla conceptual. Sus portavoces parecen una especie de campesinos políticos: se anidan en torno a argumentos de límites ecológicos, justicia social y transformación económica sin permitir vislumbrar sus contornos ni percibir los aspectos centrales.

Yo no quisiera asustarles, pero si el asunto, según se está oyendo en Glasgow, va de dineros públicos, Bancos Centrales e impuestos, sospecho que en algún momento tendremos que parar esa máquina. No hay quien la pague.

En algún momento, la izquierda posterior a 2016, radicalizada por Trump y el Brexit, tendrá que renunciar a sus nociones de un programa radical, ejecutado a través de una vasta maquinaria estatal.

Lo deseable es que lo que venga a continuación sea una política más centrada, localmente arraigada e inclusiva basada en preguntar a la gente qué es lo que realmente necesitan en sus vidas y averiguar cómo encajar sus necesidades dentro de un marco ambiental.

El personal ve el deterioro de derechos universales como vivienda y comida, salud y educación. Ve un exasperante crecimiento del coste de vida y la movilidad, impulsado por las nuevas políticas. También, cómo el estado del bienestar y sus prestaciones, las pensiones por un poner, se desvanecen.

No; no se trata de negacionismo ambientalista: se trata de que, hoy por hoy, la sostenibilidad es para los ricos, los que se pueden pagar los jets, los coches eléctricos y todo lo demás. Tampoco es crecimiento verde o decrecimiento y todas esas viejas dicotomías. Se trata de reconocer que grandes franjas de la población europea están ya en decrecimiento.

Amigas y amigos, mientras nuestros salvadores viajan en jets privados o hermosos y carísimos veleros, por ricos financiados, podríamos preocuparnos. Mientras tanto, si la tierra no se hunde mañana mismo, tómense unas copitas a la salud del planeta.

 

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