Los cineastas prescriptivos trabajan para crear el “síndrome de Stendhal”, exponernos a una intensa belleza artística que nos enmudezca. Lo que el mercado premia es el “síndrome de Torrente”, cine que vuelva a llenar las salas. Podrá gustarles o no gustarles el cineasta, pero la bofetada que ha propinado a la industria, los prescriptores culturales, las élites “progres” y La Academia se ha oído en la luna.
Debo decir que no me verán viendo una película de Santiago Segura. El cine es una emoción y las emociones que uno busca no se encuentran en el cine que él hace; ni siquiera es el tipo de caricatura extrema, humor o chiste que me complace. Pero éste no es un problema de Segura, es cuestión de emociones. Y es evidente que hay mucha, muchísima gente que no está de acuerdo conmigo. Ni me pasa nada, ni me veo obligado a minusvalorar su trabajo, ni a la gente que lo consume. Lo llamábamos libertad de creación, además, dígase sin ánimo de molestar, se la paga él.
Torrente ha sido un fenómeno disruptivo en el mercado cultural y especialmente el cine, desde siempre un mercado necesitado de mucha respiración asistida. En 2025, las cifras del Instituto de Cinematografía y las artes (ICCA) ha catalogado 727 productos cinematográficos. De ellos, el 87% no han superado la taquilla de cien mil euros; el 77% no ha superado la taquilla de diez mil euros; la mitad de las producciones no han alcanzado los mil euros. Solo 16 películas han superado el millón de euros de recaudación.
En 2025, la película española más taquillera fue “Padre no hay más que uno, 5” de Santiago Segura, también: 13 millones de euros. Las tres películas triunfadoras de Los Goya ocuparon los lugares 4 (Los Domingos, 3,9 millones), 9 (Sirat, 2,8 millones) y 27 (Sorda, 719 mil). Para que me entiendan, en solo dos fines de semana es bastante probable que Torrente supere al año de las otras tres juntas. No será seleccionada para los Goya; no creo que a Segura le importe.
La recaudación en taquilla del cine español fue en 2025 una cuarta parte de la subvención recibida, incluido el “impuesto al cine” que pagan las televisiones privadas. Es decir, no podrán devolver la subvención con la taquilla. No me interpreten mal; subvencionar las artes de producción nacional, entre ellas el cine, forma parte de la defensa de nuestra identidad cultural y de nación. Si me piden que suprima subvenciones se me ocurren unas cuantas. Quizá, eso sí, por razones de eficiencia del gasto público habría que vincular una parte de lo que se otorga a la respuesta de mercado.
Todas las creaciones culturales están sufriendo una desestructuración dramática de su industria, del cine a la música, del libro a las artes escénicas. Todas ellas debieran ser apoyadas en la misma proporción, pero el Ministerio de Cultura está en otras cosas. Lo que parecen sobrevivir a las nuevas formas de consumo son nichos de mercado no generalista, pero no tengo los datos a mano para afirmarlo con rotundidad, ni es eso en realidad de lo que quiero hablarles. Me apoyo en fenómenos como los musicales, la comedia y algún tipo de literatura.
Fenómenos disruptivos en los mercados de consumo de masas artísticos siempre los ha habido. Y frente a ellos ha reaccionado negativamente el elitismo prescriptivo. Hace no pocos días, el señor Chalamet, en su carrera de promoción desesperada para obtener la estatuilla del Oscar, que espero y deseo no obtenga, despreció a la ópera y la danza. Le cayó la del pulpo: las élites, que solo balbucean opera en la ducha, sin pasar del primer verso del aria o no han visto El Cascanueces en su vida se enfadaron mucho.
El síndrome Torrente producirá, como le ocurrió a la música que se llamó ligera, al comic, a todo el arte Pop en general, la crítica apocalíptica (Umberto Eco la llamó así): la inevitable consideración de la banalización de la cultura de masas. Habrá otra más integrada (término de Eco, también): voces de prescripción sobre la necesidad de formar y uniformar a los jóvenes consumidores, habrá quien sugiera que el bono cultural que se gasta en videojuegos no puede ir a parar a Torrente que es un “blanqueamiento” del fascismo y cosas de ésas.
Soy consumidor de una cultura clásica, pop, a veces underground, muy occidental, sin ignorar que los árabes nos trajeron lo que se había olvidado de Grecia. Pero no me ofende quien quiera consumir otra cosa. Que la gente pierda tiempo en una sala de cine, viendo Torrente, no me parece mal. No les voy a recomendar que ocupen un viernes de chica o chico por la noche viendo a los milicianos de Einsenstein, bajando las escaleras del palacio de invierno; sí les recomendaría que la buscaran un día que se aburran, por razones de cultura general.
El síndrome Torrente tiene, sin embargo, una dimensión que le hace diferente a otros fenómenos similares: se ha escapado al discurso prescriptivo, a la comisaría del orden cultural, a la intervención del negocio y a la búsqueda de victorias culturales. Y eso, la élite oficial de La Academia y las élites prescriptivas no lo han sabido ver. Como no se supo ver una creciente espiritualidad, en todo el arte urbano reciente, ni las reacciones a la cultura de la cancelación, ni la pérdida de influencia de verdades estéticas programadas.
Si una señora, que afirma creer en el horóscopo, desprecia a la gente que cree en algún tipo de religión; si unas señoras, que fueron con los senos desnudos a una capilla, se visten con Chador para ir a una fiesta de mujeres musulmanas; si los que gritan antifascismo generan comportamientos fascistas… Entonces entenderán el cansancio cultural de las nuevas generaciones. Sospecho que de eso va Torrente y los aplausos a los cameos en su película.
El problema no es que Torrente blanquee nada o sea el tipo de cine que llena las salas y las taquillas: el problema es que el otro cine no lo hace. Y eso nos pone en el espejo de la necesidad de revisar muchas cosas. Apunto algunas: cierta idea de libertad creativa, la pérdida de la atadura de la corrección, cierta idea de la educación, cierta idea de la polarización. cierta idea del “Hodio” cultural y profesional.
No son los Meconios, a los que no he oído ni pienso, por las mismas razones de las que hablé aquí al principio, tampoco oigo reguetón, oiga, nuevos en la música española: tuvimos algo parecido en los 90 y en los dos mil, busquen nombres. El desprecio con el que se habla de ellos en las esferas del poder cultural y político es del mismo tono que el que usa Trump para insultar a Bruce Springsteen. Delibes nos explicó cómo era de firme en sus ideas el derechosísimo señor Cayo (igual la raíz de “cayetano” es la misma, fíjese), cuyo voto perseguía la izquierda en el año 1977. El problema es que el Señor Cayo tiene ahora 25 a 30 años, un fastidio.
El síndrome Torrente es en realidad quedarse extasiado ante el pasado social, cultural y creativo de las élites prescriptivas. La pregunta que deberíamos hacernos es simple: ¿la respuesta es la cancelación? Con Segura no podrán. Tome nota quien deba.



