El trabajo después de Simón

Esta semana han pasado un montón de cosas. Desde el desbarre de un ministro a las justificaciones del odio, la cosa judicial o el conflicto económico. Incluso Fernando Simón ha roto su silencio para anunciar el fin de cualquier ola relevante. Todo daría para análisis muy sesudo.

Pero es viernes y como llevan ustedes con el cronista más viernes que con el ministro del Interior, sabrán que el jefe de la Clicktertulia, Don Juan Ignacio Ocaña, nos tiene dicho que los viernes son para disfrutar. Los CEO de la radio aseguran que sí, que en esta temporada pagarán prima de viernes (ni se lo crean).

Últimamente no hago más que perder gente que formó parte de mi educación sentimental. La pasada fue Theodorakis. Esta semana fue el doctor Vilches, culpable de tantas siestas como Induráin y Don Juan Ignacio Ocaña. También, Jean Paul Bellmondo, que no es que me encantara, pero en “Al final de la escapada” sale Jean Seberg que estaba guapísima.

Pero, para un zaragozano, lo peor estaba por venir: el jueves, perdimos a Javier Maestre fundador de la Bullonera.

Así que, como uno no puede pasarse el día de memoria en memoria, he decidido no cansarles con más obituarios y dejárselos a la exministra Calvo, que al parecer es experta en memorias de toda clase.

¿Qué contarles entonces? Mientras lo estoy pensando, recibo un alborozado mensaje de mi hija; “Al fin, vuelvo a la oficina…” alegría, normalidad…a los pocos segundos, un nuevo mensaje nos trae la realidad según Fernando Simón, dice mi hija: “He vuelto a la oficina para hacer video conferencias”. Es lo que hay.

La mayor parte de los trabajadores y trabajadoras que regresan no tienen la intención de ir a la oficina a menudo, ya que su empresa se ha comprometido formalmente con un arreglo de trabajo al que llaman “híbrido”.

No se irá con regularidad hasta que haya una masa crítica de personas en las oficinas. O sea, vaya usted a saber cuándo.

“No tiene sentido salir de casa si termino haciendo videollamadas de todos modos” dice la gente, un tanto desorientada.

Sin embargo, desde que se están levantando las restricciones de Covid, la mayoría de la gente sigue evitando la oficina. Antes los funcionarios le decían vuelva usted mañana; ahora le dicen, no venga nunca.

Incluso he recibido un amable correo del Servicio Público de empleo donde me dicen que, sí, que he pedido cita, pero que no me la dan.

Habrá en el futuro una gran cantidad de personas que trabajarán de forma remota, por lo que las oficinas, cada vez más vacías se parecerán más a un centro de llamadas, que a un centro de trabajo.

Se dice que estas llamadas aportan sus propias eficiencias, pero en realidad, han aparecido serias preocupaciones por la falta de reuniones cara a cara.

“Cuando hay menos interacción social, hay menos ningún espíritu de equipo”, dicen los expertos. Hay gente que solo usa audio, así que muchos trabajadores y trabajadoras no saben con quién están trabajando,

Hay becarios en varias profesiones que han pasado todo el tiempo en el garaje o en el dormitorio con su computadora portátil. Cuesta entender cómo alguien podría desarrollarse en ese entorno. De quién han aprendido. Sabiduría asintomática podríamos llamarlo: nunca se sabrá si saben.

La cuestión es para qué sirve una oficina vacía. Qué hace un responsable de recursos humanos con una socialización limitada en la oficina y los eventos del personal a la espera de que lleguen otros tiempos.

Mientras, el gerente se pregunta porque pagar tan caro algo que está vacío. El cronista siempre atento a sus obligaciones les hace una sugerencia de servicio público: podría organizar sesiones de yoga en la sala de reuniones del Consejo de Administración.

Ustedes pensarán mis queridos y queridas enmascaradas que exagero: al fin y al cabo, los camareros y parados no trabajan a distancia.

Pueden que tengan razón, además dice Fernando Simón que las olas que vendrán serán olitas. Vista la capacidad predictiva del caballero, quizá fuera mejor seguir en casa. Ya, si acaso, nos vemos en los botellones.

 

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