El alias “Anboto”, perteneciente a Soledad Iparaguirre Guenechea, representa uno de los nombres más destacados en la historia reciente de ETA. Nacida en Álava en 1961, su evolución dentro de la organización terrorista refleja el cambio interno de ETA durante sus últimas décadas de actividad armada. Su apodo, inspirado en el monte Anboto, señala tanto su carácter reservado como su posición relevante en el entramado de la organización, donde desempeñó funciones clave en áreas logísticas, financieras y operativas.
Durante los años noventa, un periodo de intensa actividad por parte de ETA y de creciente presión policial en España y Francia, Iparaguirre ascendió en la estructura clandestina. Fue responsable del aparato de extorsión, gestionando el “impuesto revolucionario”, mecanismo con el que ETA obtenía gran parte de su financiación mediante amenazas a empresarios y figuras sociales. Este papel la situó en el núcleo de las decisiones estratégicas, convirtiéndose en elemento fundamental para sostener económicamente las operaciones del grupo armado.
Además de su papel financiero, investigaciones policiales la vincularon a tareas logísticas, facilitando movimientos, refugios y recursos para los comandos operativos en España. Su actividad discreta pero esencial contribuyó a cimentar su reputación como dirigente eficaz dentro de la clandestinidad. La figura de Iparaguirre se consolidó desde la estructura interna, donde disciplina, discreción y lealtad eran atributos valorados, a diferencia de otros miembros con perfiles más militarizados y visibles.
Implicación en asesinatos y atentados
Judicialmente, “Anboto” está vinculada a 14 asesinatos y fue investigada como responsable intelectual en diversos atentados decididos por la dirección de ETA. En agosto de 2002, un coche bomba explotó frente a la casa cuartel de la Guardia Civil en Santa Pola (Alicante), provocando la muerte de una niña de seis años, Silvia Martínez, y un hombre de 57 años, Cecilio Gallego. Iparaguirre fue juzgada por pertenecer a la dirección de ETA, responsable de marcar ese objetivo.
Fue miembro del comando “Araba” hasta 1987 y del comando Madrid entre 1992 y 1993. A partir de 1993, asumió la jefatura de los comandos legales en el interior, acumulando un total de 14 asesinatos.
Durante décadas, el nombre de Soledad Iparaguirre “Anboto” resonó en la clandestinidad como un eco áspero, vinculado a algunos de los capítulos más oscuros de ETA. Su trayectoria, marcada por operaciones secretas, decisiones de la cúpula y silencios férreos, se ligó a una serie de atentados que engrosaron la historia asesina de la organización.
Según sentencias y testimonios judiciales, su responsabilidad abarca un periodo en el que ETA desplegó una violencia sistemática. Así, el nombre de “Anboto” aparece unido a una constelación de acciones violentas encadenadas a lo largo de su paso por diferentes comandos y por su integración en el aparato de dirección.
“Anboto, fue detenida en Francia, en la localidad de Salies-de-Béarn. El arresto se produjo en una casa donde vivía desde hacía años junto a su pareja, Mikel Albisu “Antza”, jefe del aparato político de ETA, y su hijo. En el momento de su detención, ya estaba a cargo del aparato de extorsión de ETA.
Tras la detención, fue procesada en Francia por la juez antiterrorista Laurence Le Vert. Fue condenada en 2010 a 20 años de prisión por delitos de pertenencia y dirección de la organización terrorista. España llevaba reclamándola desde 2004 por su participación en atentados, especialmente cuando era miembro del “comando Araba”. Finalmente, Francia la entregó a España el 4 de septiembre de 2019 para responder de diversas causas pendientes. Las condenas totales que recaen sobre “Anboto” ascienden a 793 años y 8 meses.
A “Anboto”, se le acaba de otorgar un régimen de semilibertad, mediante la aplicación del artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario que, no siendo el tercer grado, en la práctica otorga permisos diarios similares.
Una vez más, en momentos de agobio político del Gobierno de Pedro Sánchez, la consejera de Justicia del Gobierno Vasco, María Jesús Carmen San José López, del PSE, concede otro favor a Arnaldo Otegui, líder de Bildu, socio privilegiado del Gobierno, que poco a poco va vaciando las cárceles de etarras asesinos, que tiñeron de sangre las calles de España.
Éste es el cuento de esta historia
En el Reino de Aerion, donde los inviernos eran largos y el eco de los tambores siempre amenazaba con regresar, el Consejo Supremo se reunió una mañana de luz pálida. A un lado de la gran mesa ovalada se alzó la voz serena de Lorian, el Consejero Alto, conocido en todo el reino por haber pronunciado el célebre “No a la guerra”.
Aquel “no”, dicho con una calma que desarmó a los más belicosos, se había grabado en la historia del reino. Lorian se convirtió en símbolo de prudencia, de humanidad frente a la devastación. Su negativa había salvado miles de vidas. Ese gesto, repetido en crónicas y canciones, aún latía en los muros del Palacio de Cristal.
Pero las cosas habían cambiado.
En la fortaleza de Argron, bajo una montaña de ceniza y bruma, permanece recluida Nerya la Escarlata, antigua líder de la organización clandestina y asesina El Loto Sombrío. Su nombre despertaba sombras: emboscadas nocturnas, atentados, desapariciones que habían quebrado familias y sembrado cicatrices en las aldeas del norte. Para muchos, era un espectro al que la justicia había logrado encerrar apenas a tiempo.
Por eso. el reino entero contuvo el aliento cuando el Consejo, presidido por Lorian, anunció que Neyra recibiría el Régimen de Puerta Entreabierta, una figura jurídica que permitía a ciertos reclusos abandonar la fortaleza durante el día y regresar a dormir bajo vigilancia. No era la libertad, pero tampoco la cadena perpetua del encierro.
Las calles se llenaron de murmullos. Los viejos recordaban el “no a la guerra” que convirtió a Lorian en un héroe moral. Los jóvenes que no conocieron el miedo a las emboscadas del Loto Sombrío, celebraban la posibilidad del perdón.
Las víctimas de Neyra preguntaban cómo podía el reino mostrar indulgencia a quien había traído tanta oscuridad. ¿Era justicia o era olvido, disfrazado de compasión? ¿Podía un solo gesto de clemencia borrar el eco de tanta devastación?
El día en que Neyra cruzó la puerta de la fortaleza por primera vez, un sol indeciso iluminaba el valle. Caminó despacio con los ojos entornados, como quien no sabe si la luz le pertenece todavía. Algunos aldeanos evitaban mirarla; otros la contemplaban con el temblor silencioso del rencor aún vivo.
Desde la torre del Consejo, Lorian observaba la escena en soledad. ÉL, que había detenido guerras con una frase, ahora parecía incapaz de detener el torbellino moral que la decisión había desatado. Entre sus dedos, apretaba una hoja de pergamino con las razones que había convencido al Consejo: rehabilitación, humanidad, futuro y el “voto”, sobre todo el “voto”.
Aquel día, Aerion, comprobó que el mismo hombre capaz de decir “no a la guerra” podía, en un nuevo acto de “ingenuidad interesada”, abrir una puerta que muchos seguimos pensando que para abrirla se requiere tiempo, arrepentirse y pedir perdón.



