La caída de los dioses nuevos

El cronista profeta no es, pero a todo el mundo le gusta decir, de vez en cuando: yo ya se lo dije. Les avisé aquí, ya en verano, que amenazaba un criptoinvierno; que la amenaza lo de Musk en Twitter no pintaba bien y menos lo del metaverso del listo de Zukerberg. Y algunas otras cosas sobre el capitalismo intangible modernísimo.

En otras palabras, los chicos (chicas no hay), blanquitos, norteamericanos (hay un coreano y un australiano, también), más listos que nadie, empeñados en diseñar las reglas del nuevo mundo, la verdad verdadera, la libertad de expresión de la buena, los viajes al espacio, las monedas para la economía irregular del nuevo capitalismo se están yendo al carajo unos tras otros. Eso sí; empezando por los curritos.

Twitter y Meta anuncian despidos masivos mientras Amazon y Google dejan de contratar y Apple se enfrenta a problemas de producción. Twitter ni les cuento. Crisis gorda Lyft -alternativa a Uber de los servicios de transporte- y en Stripe (un software para pagos electrónicos). Se recorta en Phillips, DataRobot, Zillow, HelloFresh o Pelotón.

19 tipos (señoras, no), que no llegaban a los cuarenta, superaban los mil millones de patrimonio gracias a sus posiciones en criptomonedas. Milmillonarios en la lista Forbes Esto era en abril; lamentablemente, desde entonces es probable que hayan perdido su patrimonio, entre un 60 y un 90%.

¿Será un ajuste natural tras un periodo de crecimiento demasiado rápido o una crisis estructural como la de principios del siglo XXI?

De todo un poco, pero ya nada será como antes. El criptoinvierno no es solo monetario. Afecta a la empresa tecnológica de forma muy parecida a como lo hizo en el año dos mil.

Y todo ha empezado de forma muy parecida. El aumento de las tasas de interés, el crecimiento moderado y las opiniones cambiantes del público sobre las grandes tecnologías están haciendo que los expertos e inversores paren las máquinas, se detengan.

La industria de la tecnología ha experimentado un crecimiento impresionante durante algún tiempo, impulsada en los últimos años por una pandemia que obligó a la mayor parte del mundo a estar en línea y provocó un auge en la demanda de servicios tecnológicos. Esa explosión, y los altos salarios y beneficios de negocio que la acompañan, se han desacelerado bruscamente.

Todos los listos muchachos creyeron que nos podrían tener confinados para siempre y hacer dinero con inversores despreocupados de sus inversiones. Nadie les dijo que la fiesta no podía durar. A medida que cambian las tasas de interés, hay menos dinero circulando y los inversionistas utilizarán el efectivo de una manera mucho más juiciosa.

El personal político no paga a traidores. Obama, que ganó las elecciones a golpe de Facebook, le dedicó a Zuckerberg una frase lapidaria: “Una de las principales razones del debilitamiento de la democracia es el cambio profundo que ha tenido lugar en la forma en que nos comunicamos y consumimos información”.

La organización del comercio norteamericano y las regulaciones europeas han creado un nuevo ecosistema. La percepción pública de la tecnología en general también ha cambiado con una mayoría, sugiriendo que las empresas tecnológicas tienen demasiado poder e influencia en la economía.

El Covid ha cambiado todo el juego. El invierno también ha llegado al capital riesgo que ha alimentado el patrimonio de la muchachada de Sillicon Valley.

Las ofertas públicas iniciales de las empresas tecnológicas de EE. UU. se han hundido a sus niveles más bajos desde la crisis financiera mundial de 2008. Estas ofertas han recaudado poco más de quinientos millones de euros. La caída de volumen en lo que va de año es del 90%.

El combate por el talento desatado en este mercado con empleados y empleadas pasando de un lado a otro se para, devaluando salarios en el mercado norteamericano. Y las grandes empresas se ven obligadas a replantearse sus estrategias. La última locura de Elon Musk puede ser el final no solo de la influencia sino de la economía de la red. La industria se recuperó de la crisis del dos mil, ¿pero alguien recuerda a AOL o YaHoo!?

No se deben escribir obituarios económicos con rapidez, pero algo pasa. Y lo que pasa tiene que ver con el capitalismo intangible que vivimos. El balance que se enseñaba en las viejas escuelas de comercio, el valor en libros que se decía, no sirve para mucho. Las compañías tecnológicas tienen una cantidad muy pequeña de activos tangibles.

Las empresas siempre han tenido ideas o han invertido en marcas, pero si nos remontamos a la década de 1950, las grandes compañías estadounidenses nuevas que se cotizaron en el mercado de valores estaban compuestas mayoritariamente de activos tangibles: el 85% de su valor. Ya no.

En países como EE.UU., Reino Unido, Alemania la mayor parte del capital que se invierte cada año es intangible: ese es el gran cambio. Los intangibles tienen la extraña propiedad de que, de repente, pueden pasar de ser muy valiosos a valer casi nada.

El capitalismo de la vigilancia y el algoritmo no pasa buenos tiempos, la cosa es que empezaremos pagándolo nosotros, como es habitual, pero de eso les hablaré otro día, mientras vigilamos la caída de los dioses nuevos.

 

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