La clase media nunca existió: la última trampa de la secta

De súbito, zapeando, me encontré en la secta. Perdón, quise decir en La Sexta. Un accidente: no suelo frecuentar los jardines de egos populistas. Caí justo cuando una señora, algo gritona para mi gusto, (se llama Afra Blanco y, al parecer, es del sindicalismo populista) afirmaba que “la clase media no ha existido nunca”.

El razonamiento, si logré entenderlo, con nivel de “marxismo de catequesis”, era: si hay que trabajar para vivir se es clase obrera, la clase media nunca ha existido, es una trampa para dividir obreros y cosas por el estilo. Como idea marxista parece un poco primitiva. O sea, que solo hay proletarios y rentistas y el futuro obrero requiere el conflicto con los rentistas.

No deberíamos darle vuelo a esta idea, es peligrosa, además de ser mentira. Es lo que los historiadores progresistas han llamado “violencia de la abstracción” (Sayer, 1989).

Al final, hemos llegado a donde querían los populistas: de la “neolengua” pasamos al relato y del relato a cambiar los conceptos. Se afirma que nunca ha existido la clase media, para no tener que reconocer que ésta se ha empobrecido y sus hijos se han radicalizado por la pérdida no solo de renta financiera, sino de posibilidades de escalada social.

Se empieza diciendo que no hubo, ni hay, clase media y se deberá continuar diciendo que no hubo acuerdo social y, por lo tanto, no hubo nunca estado de bienestar y no existió la socialdemocracia ni las ideas de los otros socialismos democráticos.

Cancelado todo, solo queda afirmar que los valores y contenidos constitucionales del estado social nunca han existido. Franco y los rentistas, eso es lo que siempre hubo. El populismo gritón nos salvará. La inexistencia de la clase media es el elefante que nos quieren colar en el relato, el marco mental (nos avisó Lakoff) para borrar la historia y, por lo tanto, la verdad y las responsabilidades.

Recordaré a la gritona tertuliana que el profesor Josep Fontana, que sí sabía lo que era el marxismo, ya nos advirtió sobre el “marxismo de catequesis” a quienes ayudábamos, antes de acabar nuestros estudios, a los sindicatos ilegales. No es del populismo de hoy el sindicalismo.

Decía Fontana: “Ya hace mucho que quienes nos dedicábamos a enseñar habíamos descubierto, por nuestra cuenta, que reemplazar la vieja historia de reyes y batallas por la de los modos de producción no nos había permitido mejorar y hacer más vivo nuestro trabajo…”. Dicho sea de paso, ya dijo Marx que él no había inventado las clases, solo el conflicto y sus argumentos. Se pueden mantener herramientas de análisis social marxistas, banalizarlas.

En fin, vayamos a la trampa. La clase media ha sido definida por la OCDE: son los que ganan entre 75% y el 200% del salario mediano, si hablamos de personas individuales. En el caso de los hogares habría que estimar la llamada “persona equivalente”, pero eso, ahora, no nos interesa mucho. La Carta Social Europea establece los ingresos mínimos en el 60% del salario mediano. O sea que, a fecha de hoy, estamos hablando de ingresos entre 16 y 42 mil euros.

Para ser clase media no solo es necesario tener esos ingresos, sino acompañarlo de lo que los sociólogos llaman “capacidad de reproducción”. Lo que los mortales llamamos la escalera social. Más allá de los números, aquí es donde mejor se percibe la falsedad científica y retórica del argumentario de la señora citada.

Nivel de vida, posibilidad de mejora en renta y posición de los descendientes. Esto es lo que ha desaparecido: no solo se trata del empobrecimiento, sino de que las únicas posibilidades de mejora son las herencias y no la formación o el empleo.

Esto antes pasaba, pero el modelo de crecimiento que persiste en los últimos años de predominio del turismo, empleo de baja productividad y subsidios, que hacen converger las rentas salariales en torno al salario mínimo, han producido la ruptura de la escalera.

Al no haber posibilidades de acceso a vivienda, desaparece la vía habitual española para ahorrar y capitalizar, las rentas se destinan al consumo, sosteniendo, por cierto, el PIB. Tampoco la mayor formación genera, a corto plazo, méritos suficientes para ascenso social.

En suma, hubo clase media, pero ya no la hay. Afirmar que “nunca” hubo clase media, implica blanquear su empobrecimiento. La culpa, naturalmente, es de los “boomer”. Si los pensionistas son ricos, ellos y ellas son los culpables. Salvo los Z despistados, dudo que nadie compre el argumento.

Por cierto, los populistas como la señora Afra Blanco han situado la barrera de rico, a efectos de impuestos, en esos 40 mil euros. Ésta es la gran trampa de la “clase media trabajadora” (ocultar que la clase media no existe hoy y que se ha roto el compromiso social que la lenta construcción española del estado del bienestar había comprometido).

La radicalización de los vástagos de la clase media empobrecidos no es nueva en la sufriente Europa. Esa radicalización siempre tuvo color pardo y, siempre, se derrotó a la izquierda hasta que esta fue capaz de articular un acuerdo: los socialdemócratas lo llamaban pacto social y los comunistas españoles la “alianza del trabajo y la cultura”. La izquierda sabía, entonces, de historia y sabía de la necesaria compañía de la clase media.

El pacto por la redistribución es lo que suprime la inventada inexistencia de la clase media y es el gran fracaso de la convergencia en la subsidiación de las políticas contaminadas de populismo, que no son de izquierda: acaban perjudicando a quienes dice proteger; la vivienda es solo el resumen y metáfora de lo ocurrido.

Ignorar la trampa de la secta es necesario para mejorar el acervo democrático. Ya les he dicho aquí que “desprogramadores de sectas se requieren con urgencia”.

 

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