La moral de la historia o la moral de la pancarta

Siendo viernes, esta debería ser una crónica festiva. No toca. Estamos en guerra. La guerra parece extraordinaria, pero en realidad ha sido la normalidad en Europa. Quizá deberían ustedes recordar la elegancia con la que los europeos nos hemos degollado durante más de veinte siglos.

Desde los fenicios a los nazis, pasando por griegos, romanos, turcos o venecianos.

Contribuyeron nuestros grandes Tercios de Flandes a tan glorioso empeño y, cómo no, las tropas papales.

Tuvimos guerras de cien años, otras de treinta, modernos emperadores que arrasaron plazas y ciudades, inventores de guillotinas. También, naturalmente, decidimos matarnos, en España, hermanos contra hermanos, sumando una más a las infinitas guerras civiles que cruzaron el continente.

No; no ha sido la paz lo normal. Quizá deben recordárselo a su prole y contárselo a otros, especialmente a los y las jóvenes que creen que la paz es un estado natural. Solo desde hace 65 años nos atrevimos a decir “nunca más” y se hizo nacer la Unión Europea, respuesta a la más sangrienta de las guerras jamás conocida.

Ha sido esta invasión la que nos ha recordado que podemos hacer cosas juntos; incluso que la lentitud burocrática puede ser sustituida por decisiones rápidas y eficaces. De repente, brutalmente, la invasión de Ucrania ha devuelto a los Estados miembros al principio fundacional del proyecto europeo.

La guerra es cosa de machotes. Y pocos tan machotes como Putin. Es, por lo visto, también cosa de oligarcas. O sea, los superricos cómplices del Kremlin.

Quizá ustedes se pregunten qué deferencia de los superricos rusos de los americanos o europeos, por un poner. Es fácil de explicar: los americanos o europeos proceden de familias que robaron hace más de cien años y eso les hace más respetables.

Las guerras, y sobre todo ésta, las impulsan nacionalistas irredentos. Se han escrito decenas de libros para explicar lo que es el nacionalismo. Yo se lo explicaré sencillo: los pensamientos nacionalistas creen que los seres humanos descendemos de distintos monos. Me resulta difícil imaginar cómo era el simio que parió la estirpe de Putin.

Tiene escrito mi amigo, el poeta Antonio Daganzo, que “el nombre verdadero de la muerte es decepción”. Estamos decepcionados y decepcionadas, sí, con dolor por oír, de nuevo, tambores de guerra que creíamos olvidados.

Pero no podemos rendirnos: la elección es sencilla, debemos estar del lado de la moral de la historia o del lado de la moral pancarta.

Estimadas y estimados, les pido que elijan esa moral de la historia que nos lleva a despreciar la lógica de un mundo bipolar y la amenaza de los machotes.

Ya no valen las pancartas del mundo bipolar. En realidad, están bombardeando a los nuestros y las nuestras. Los nuestros tienen derecho a defenderse y podemos ayudar. Se lo tengo escrito aquí, el futuro será más militarizado de lo que soñábamos.

Nunca más. Lo escribió Martí i Pol: “La paz no es un golpe de viento repentino, sino la piedra en la que todos los días es necesario esculpir el esfuerzo de conquistarla”.

Esa es la moral de la historia. Vivan el día en paz. Denle una oportunidad a la paz.

 

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