La poli, cuando el ferial es suyo

Cómo se sabe, la terapia contra las bandas organizadas, sostiene la delegada del gobierno, es un éxito. La misma delegada animó a mantener con firmeza los operativos policiales diseñados con motivo de las abundantes fiestas patronales madrileñas de principio de septiembre.

Las fiestas de vendimia, acompañadas de sus correspondientes vírgenes y encierros, suelen acabar los veranos locales, sin que haya, habitualmente, especiales circunstancias graves que reseñar.

El incidente de Alcalá, protagonizado por bandas organizadas, no es muy usual. Pero hay que persistir, dice la delegada, que aún aspira a ser candidata a gobernar a madrileños y madrileñas. Y viene obligada a poner un ordeno y mando, para que se sepa de su existencia.

He dicho aquí, con frecuencia, que cuando prócer, autócrata o autoridad incompetente llama a ejercer el orden y la fatua de turno, siempre hay algún imbécil dispuesto a cumplir la llamada.

No cabe duda de que el cabreo social, la nueva cultura urbana juvenil y la experiencia del postureo, sumado a la profusión de alcohol a edades tempranas han cambiado el escenario festivo. Pero hubo un momento en que otras cosas cambiaron.

Llevamos años en que los madrileños hemos perdido los feriales. Antaño, abundaban las casetas de formaciones políticas y entidades sociales que no solo se esforzaban por ofrecer festivas viandas y actividades, sino que, con su presencia y afiliación, autogestionaban la seguridad de los recintos.

Aquello se acabó. Primero, apareció la seguridad privada. Musculosos muchachos y muchachas empezaron a exhibir gimnasio y tatuajes, inexpertos en la gestión de masas, provocaron más tensión que soluciones.

Casi al mismo tiempo, la Comunidad de Madrid, inventó la Bescam, juguete precioso en el que aguerridos muchachotes y muchachotas añadieron al gimnasio y los tatuajes hermoso postureo policial norteamericano, de pantalones caídos, bolsillos en las perneras y pistolas danzantes. Disparar es el curso de formación más solicitado por la policía.

Pero lo que es más importante, se rompió el vínculo entre la policía local y el municipio. Desapareció aquel veterano municipal que sin porra, armas ni violencia, te conocía por tu nombre, te llevaba al colegio si hacías pellas o llamaba a los padres si la chavalería se pasaba. Conocían al personal. La nueva y alegre muchachada no está para esos menesteres. El ferial es mío, gritan, y ejercen.

Una consecuencia colateral no es menos importante: la policía municipal se ha convertido en grupo de presión: con un aumento desmesurado de plantillas (hacen falta cuatro personas por plaza, los chicos y chicas se lesionan mucho y tienen jornadas cortas), se han convertido en colectivo sindical específico, que vota a sus representantes en sindicatos corporativos y llevan camino de dominar los comités de empresa locales y, por supuesto, el capítulo 1 del presupuesto.

O sea, un “lobby” en toda regla al que temen alcaldes y concejales como un “nublao”.

Vivo en una Ciudad de unos cincuenta y cinco mil habitantes, en fiestas.

El pasado fin de semana he sido testigo del elegante poder que la policía local ejerce en los feriales. Una persona defiende a una menor de edad que le acompaña, agredida verbalmente. La defensa es verbal, no hay violencia. A la salida de la caseta, el poli de turno le formula un reproche, no admite explicación del ciudadano e inmediatamente acuden seis conmilitones más que, en manada, apalean al ciudadano.

Siete contra uno, el gimnasio de machotes y machotas enseña grandes habilidades para contener resistencias. Se sienten en la obligación de marcar la huella de su bota en brazos, cabeza y resto del cuerpo del malvado ciudadano. Se van con él al hospital y cuartelillo.

Naturalmente, la joven menor de edad se queda sola y abandonada en el ferial, ya que la policía local no está para cuidar esos pequeños detalles.

La seguridad es la seguridad en la ciudad de Arganda del Rey y sus probos funcionarios ejercen su mandato. Por cierto, el alcalde es el responsable de la policía.

El ferial es suyo. Son los mismos policías responsables de que Arganda sea una de las diez ciudades madrileñas con mayor tasa de criminalidad. Se cumple una vieja actitud conocida: poco éxito en el control de la criminalidad, mucho postureo en la calle, mucho ruido de sirenas y, sobre todo, malas caras en el ferial; un poquito de tensión va bien para el miedo, ya se sabe. Que nos teman es el lema.

Es lo que hay, la profesional muchachada, cuando el ferial es suyo, te pone en tu sitio que no es otro que recibir patadas de una manadilla de siete polis. Al fin y al cabo, los ciudadanos y ciudadanas vamos armados todos, como se sabe. Es lo que hay.

 

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