Los papeles del 23‑F: Sánchez lleva a la cumbre el timo de la estampita

La de Pedro Sánchez es la desclasificación más ruidosa… y más vacía que recuerda la historia. Un auténtico timo de la estampita, donde se ha posicionado como un auténtico maestro, con una actriz principal, Lina Morgañez, en plan cara tonta del bote -célebre película, a la que me refiero sin segundas- cambiando billetes de 500 euros por otros de cinco en la estación de Atocha. Y para colmo, el mismo día que desclasifica los papeles va y se le muere Antonio Tejero y le arrebata sus treinta segundos de gloria. Toma ya, más desdichado que María de la O. A ver quién da más.

Cuando el Gobierno anunció la desclasificación de 153 documentos sobre el 23‑F, muchos imaginaron que por fin se abriría la puerta a ese cuarto oscuro de la Transición donde aún resuenan ecos de sables, transistores y coroneles con bigote y tricornio al modo de montera. La expectativa era alta: quizá nuevas revelaciones, esperaban algunos; quizá piezas perdidas del rompecabezas, añoraban otros; quizá —por qué no— algún secreto incómodo que explicara lo inexplicable, decían los más crédulos.

Maquiavelo lo explicaría con una de sus frases más célebres: “Los hombres son tan simples, y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar”. Yo lo explicaría de forma más simple: ‘Todo engañador encuentra un tonto más tonto para engañar’.

La desclasificación era ruidosa, pero no tenía contenido. Lo que llegó fue otra cosa, algo más cercano a un timo de la estampita a lo ‘tonta del bote’ que a un ejercicio de transparencia histórica. Veamos las cifras: de 153 documentos desclasificados, 105 son directamente inservibles. No es una opinión: es una clasificación casi matemática. Veamos por qué.

Cincuenta y cinco documentos son ‘vistas orales’ del juicio; es decir, los resúmenes que el amanuense de turno del CESID realizaba sobre cada sesión del consejo de guerra celebrado en Campamento en 1982. Para ese viaje no se necesitan alforjas, porque se puede encontrar mucho más y mejor en la hemeroteca. Por ejemplo, en las excelentes crónicas que José Luis Martín Prieto hizo día a día, jornada a jornada, para el diario El País. Las transcripciones del juicio del 23‑F, ¿son interesantes? Valen para saber qué tal escribían los agentes del CESID, si tenían faltas de ortografía o sintácticas, pero no desvelan nada, todo era y es público. Cualquiera con paciencia y un café frío podía consultarlas desde hace décadas. Desclasificarlas ahora es como anunciar que se ha descubierto América… en un atlas escolar -y no va con segundas-.

De esos 98 documentos restantes, 13 son oficios administrativos pidiendo cosas: peticiones de trámite, papeles que solo emocionan a quien colecciona sellos de registro. Son la épica del golpe de Estado reducida a “sírvase remitir lo solicitado”.

De los 85 documentos restantes, 31 son de Asuntos Exteriores: felicitaciones diplomáticas –‘a buenas horas, mangas verdes’-; notas de cortesía tras vencer la democracia pero no antes -muchas gracias, y su padre, ¿bien?-; telegramas de “bien hecho, España” y demás cosas que se dicen para quedar bien a posteriori. Es decir, material perfecto para un museo del protocolo, pero irrelevante para entender qué pasó con aquella asonada que aún no ha sido explicada del todo.

De los 54 documentos restantes, seis son notas de prensa (sic), y uno se pregunta quién sería el estúpido que clasificó como confidencial o secreto una nota de prensa. Se trata de notas que ya circularon en su día: desclasificarlas es como liberar palomas que ya estaban volando.

Y quedan 48 documentos que, créanme, no contienen nada nuevo: ni siquiera es nuevo el informe sobre la implicación del CESID que elaboró Luis Jáudenes y que lo pueden encontrar, por ejemplo, en su forma íntegra en el libro que Fernando Jáuregui, Pilar Cernuda y yo mismo publicamos en 2001 y que titulamos 23-F: la conjura de los necios. En 2001, repito el año de publicación. La desclasificación del tahúr del Mississippi llega, pues, con 25 años de retraso.

Que es una gran cortina de humo no hay quien lo dude. El sanchismo es eso, humo en la niebla, lágrimas en la lluvia. El Gobierno ha presentado la desclasificación como un gesto de transparencia, pero la transparencia, cuando se practica con papeles que no dicen nada, se parece mucho más a esas ventanas que dan a un muro: entra luz, alguna sí, pero no se ve absolutamente nada.

Esta operación sanchista es como el clásico timo de la estampita, echo de nuevo mano a la semejanza: se enseña un fajo de papeles para impresionar, pero cuando uno mira de cerca descubre que dentro no hay valor alguno. Mucho envoltorio, poco contenido; mucho ruido, pocas nueces.

Pero, ¿y lo que falta? La ironía final es que, tras esta desclasificación masiva de documentos irrelevantes, lo verdaderamente relevante sigue sin aparecer. ¿Cuántos documentos quedan pro desclasificar? Ni se sabe. Los informes internos, las comunicaciones sensibles, los análisis de inteligencia, las piezas que podrían arrojar luz sobre las zonas grises del 23‑F… por ejemplo, o la trama civil, la financiera, los cientos de militares que se implicaron y que por un pacto permanecieron en las sombras, las cintas que grabó la doctora Carmen Echave y en las que se recogen las listas que Alfonso Armada le planteó a Tejero para formar un gobierno de coalición nacional… eso y mucho más sigue en las tinieblas.

Es como si se hubiera abierto un armario lleno de cajas, pero solo se hubieran mostrado las que contienen papel de embalar: un gesto político más que histórico. La desclasificación, presentada por el tahúr Sánchez como un avance democrático, termina pareciendo un ejercicio de prestidigitación política: se mueve la mano derecha para que nadie mire lo que hace la izquierda, para que nadie hable de lo que pasa en Interior con el DAO y con los comisarios implicados y con Marlaska y con… ¿la familia? Bien, gracias.

Se ofrece una montaña de documentos para que el volumen sustituya al contenido. El resultado es un reportaje sin historia, un archivo sin secretos, una transparencia sin luz. El 23‑F sigue siendo un episodio que España mira de reojo, como quien recuerda una pesadilla que prefiere no revivir.

Por cierto, ha sido un auténtico tiro en los pies de los antisistema: el rey sale fortalecido. Lo que le faltaba a los jodemistas de todo pelaje.

  • (*) Pilar Cernuda, Fernando Jáuregui y Manuel Ángel Menéndez publicaron en 2001 el libro 23-F: la conjura de los necios

 

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