No me hables de Orbán, si no me quieres hablar de Cuba

Amargura. Aquellos con identidad de izquierda es lo que sentimos, en realidad, hace tiempo. Sea porque la revolución cubana siempre formó parte de nuestro imaginario, porque la nicaragüense se vivió más recientemente, lo que pasa en La Habana o Nicaragua duele.

Por más que nos resistamos, algo se rompió hace tiempo, en aquella cultura política de la que vivía medio mundo.

Nada tiene que ver, seguro, la venalidad y corruptelas de los directivos nicaragüenses o de los variados populismos hispanoamericanos, con la persistencia del comunismo cubano al frente del país y su historia reciente. Sin duda, forma parte de la patria y ha acumulado respeto histórico.

Los cubanos y las cubanas aman a su patria. No; no son gusanos ni agentes de los variados imperialismos, se diga lo que se diga, la mayoría de los que abandonan sus profesiones y viajan a España o a Europa, con múltiples visados para trabajar y vivir aquí.

Tampoco son gusanos los que hoy se manifiestan en La Habana, sufriendo represiones por las que pondríamos el grito en el cielo en cualquier parte del mundo.

O sea, camarada, no me hables de Orbán, sino me quieres hablar de Cuba.

Sin duda, las movilizaciones sociales han sido sobrealimentadas por las redes sociales, por la escasez y por las sanciones internacionales. Pero eso no es suficiente para saber y explicar por qué ocurre lo que ocurre.

Cuba tiene una de las tasas de mortalidad más bajas por Covid de la región. Pero la isla, que hospitaliza a todo el que padece el virus, se ha visto muy afectada por las nuevas variantes. La saturación hospitalaria en Matanzas ha provocado críticas severas y la ansiedad de la población ha puesto en cuestión la reputación de la sanidad cubana.

El hecho de que dispongan de dos vacunas y hayan vacunado al 17% de la población tiene una cara b: la cantidad de recursos desplazados ha agotado la liquidez del Estado y vaciado las farmacias, los hospitales y otros recursos sociales.

Por otra parte, tras la ley Trump y sus secuelas, llegó la pandemia y la caída del turismo, sin posibles protecciones adicionales a la gente. El gobierno ha aplicado una reforma monetaria, que prima a los que poseen dólares.

Una decisión que le ha llevado a abrir “tiendas de dólares”, donde pueden comprar quienes disponen de esa divisa, alimentando la imagen de dualidad social. Las movilizaciones del pasado domingo tuvieron como objetivo el saqueo de estas tiendas.

Al tiempo, en el comercio no dolarizado la inflación y la escasez ha sido creciente.

Las redes sociales -el estado puede cortar internet, pero no al acceso a las redes sociales a las que los cubanos acceden por teléfono- han amplificado un hecho objetivo: la ruptura generacional.

Una generación que vivió la alfabetización, la atención médica y el acceso a la cultura. Otra, nacida tras el hundimiento de la Unión Soviética, crecida en la escasez, la falta de promoción personal y ausencia de medios.

Ésta es ya una generación global. El partido hace tiempo que perdió la batalla cultural: no se canta a la trova ni se viven las artes oficiales, sino la cultura urbana de todo el mundo. Se viste la camiseta de los Estados Unidos o las de los equipos de fútbol europeo.

Es la generación de los dos empleos: uno en la economía formal cubana y otro en el turismo, el que facilita dólares para acceder a telefonía, ropa, ahorrar para emigrar o demás bienes.

Todas esas demandas se resumen en una: la exigencia de libertad -deberíamos recordar cómo funcionó en nuestro caso la relación entre futuro y vida material-, frente a las que las reiteradas menciones gubernativas al bloqueo son inútiles.

El Gobierno cubano ha acordado tres medidas que indican como están las cosas y, también, como reaccionaríamos nosotros: se permitirá la importación de alimentos en las maletas de los viajeros; se suspende la igualdad salarial en las empresas del Estado y, sorpréndanse, se permitirá que los cubanos vivan en la ciudad de la isla que quieran.

Las protestas han tenido mucho de espontáneas y el gobierno ha reaccionado con dureza. Un hombre ha muerto, ha reconocido el ministerio del interior, periodistas han sido detenidos. El Gobierno cubano ha amenazado con mantener dureza frente a las movilizaciones.

En la izquierda europea, la amargura por la situación en las calles de La Habana y otras ciudades se ha respondido, muy en general, con acusaciones de cinismo e hipocresía. Así, se nos ha recordado el comportamiento de la policía americana, el racismo, los ataques a los afroamericanos. Por supuesto, la situación de Hungría y Polonia.

No cabe duda de la pérdida de calidad democrática en nuestro entorno. Los populismos de todo signo, la irritación de las clases medias por las dificultades económicas que ha provocado la aparición de extremismos, debilitan la civilidad y la ciudadanía democrática.

Pero eso no nos permite calificar de cínica la crítica a una palmaria realidad en Cuba: la ausencia de legitimidad política del Gobierno.

La izquierda se engaña a sí misma y la derecha recurre al discurso de siempre sobre la libertad. Se seleccionan dictaduras al gusto de cada cual, ignorando que en el mundo feliz en el que vivimos hay gente que no puede gritar aquí y allá.

Querido y querida camarada, honesto siempre, que conservas el cuadro de El Che, que has puesto sobre la mesa todas nuestras banderas rotas: que la amargura no te impida ver la verdad. Recuerda que no importa cómo están las cosas, sino como empezaron nuestros sueños.

https://peregrinomundo1.webnode.es/l/no-me-hables-de-orban-si-no-me-quieres-hablar-de-cuba/

 

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