Patria

Estamos pasando una de las peores crisis sanitarias de estos tiempos. La humanidad conoció otras, pero tan extendida como esta no es fácil encontrarlas, la globalización está jugando en nuestra contra.

Tampoco ninguno de nuestros políticos ha estado a la altura de las circunstancias, y no porque no hayan tomado medidas, que sí lo han hecho y funcionarán. Pero no son capaces, ni los unos ni los otros, de unirse en la adversidad. No es fácil improvisar ante lo desconocido, sin embargo sí es fácil, y muy español, criticar y corregir por parte de quién no tiene la responsabilidad de tomar decisiones.

Tampoco son tiempos para el desarrollo de teorías políticas ni de ideologías. Y por ahí va mi crítica. Nadie quiere que muera gente ni que los médicos tengan que decidir quién vive o quién muere en función de la edad, las enfermedades que se padezcan u otras causas porque no hay camas UCI para todos.

Es cierto que hubo quien hizo recortes económicos sacrificando la salud en tiempos de bonanza sanitaria, seguro que hasta negocios privatizándola, pero se engaña quién piense que aquellos polvos han traído estos lodos, otros países no realizaron esos recortes y también se han colapsado. No estamos en tiempos de reproches.

En mi familia la clase sanitaria es la más abundante entre médicos y enfermeros, no quiero personalizar, pero estamos pasando un calvario, y lo estamos pasando porque además no somos muy del terruño, estamos muy repartidos por toda la geografía española. Sinceramente deseo que este sacrificio de médicos, enfermeros, auxiliares de clínica, guardias civiles, policías nacionales, militares, bomberos, protección civil, personal laboral de hospitales y otros centros, sirva de algo.

No voy ahora a escandalizar a nadie si digo que soy español y defiendo y defenderé la unidad. Por eso voy a aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para ajustar algunas cuentas a quien de verdad ha errado.

Defender nuestro Estado y nuestra patria, sí, patria, ese vocablo tan denostado, es precisamente eso, velar por las personas en la adversidad, es dar hasta la última gota de nuestra sangre por el pueblo al que todos pertenecemos y que especialmente representamos los que en estos días nos estamos dejando la piel y la salud, nunca mejor dicho, por los demás, por nuestros compatriotas, y lo estamos haciendo en todo el territorio nacional.

Estamos en días de romper nuestros prejuicios. Vemos nuestra bandera en hospitales de campaña, escuchamos nuestro himno en las calles y vemos a nuestro ejército haciendo funciones humanitarias ahora que tanto las necesitamos. Esa, y no otra, es la imagen que debe formar nuestro poder cognitivo de estos colectivos.

Si hay algo sobre lo que deberíamos reflexionar estos días es en eso. Dice el artículo 14 de nuestra Constitución que todos somos iguales ante la ley, pero la naturaleza nos está demostrando que si hay algo ante lo que sí somos iguales es ante la naturaleza, nuestra biología es la misma. Si caracteres que tanto nos distinguen como el color del pelo, de la piel, la forma de nuestros ojos o de nuestros cabellos son secundarios; el idioma, la cultura, nuestro lugar de nacimiento, de residencia o ideología política son sextarios, y no me he equivocado al elegir el término, sextario, de sexta posición, precisamente la que nos hace ser sectarios e insolidarios.

Nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, nuestras Fuerzas Armadas y nuestro personal sanitario, los de ahora, están demostrando que ellos siempre han estado por encima de esas paparruchadas, quizá porque su trabajo los pone frente a la realidad un día sí y otro también.

En octubre de dos mil diecisiete, durante los tristes sucesos protagonizados por los separatistas catalanes, en Cataluña a los miembros de la Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se les vilipendió, los echaron de sus calles, de sus hoteles y de sus vidas, los violentos se concentraron frente a sus casas, sus lugares de trabajo, para insultarlos y amenazarlos.

En San Andrés de la Barca, lugar donde está ubicada la Comandancia de la Guardia Civil de Barcelona, en el Instituto donde por proximidad van los hijos de los Guardias Civiles, un grupo de maestros los aislaron para marginarlos del resto sin pensar que solo eran niños, hijos de funcionarios, personas que se ganan la vida cumpliendo directrices del gobierno, sea cuál sea, incluso de aquellos que en algunos momentos de la historia eran ilegítimos. Cabría preguntarles qué enseñaban ellos en los colegios y quién les pagaba durante el franquismo. Cuando una dictadura se mantiene cuarenta años es porque son muchos los que transigen y la mayoría solo por salvar la vida y comer caliente todos los días, quizá suene poco lírico, pero todos descendemos de personas así, de supervivientes, de condenados a vivir que diría Gironella.

La cuestión es que ahora, cuando la realidad ruge, los padres de aquellos niños cuyos profesores señalaron como hijos de las fuerzas represoras, han montado un hospital de campaña en el gimnasio que hay dentro de ese acuartelamiento, y sigue ondeando la bandera de España en su fachada y los tricornios custodiando la puerta, pero a nadie de los que necesita una cama se le pregunta donde estaba durante los días 16, 17 y siguientes del mes de octubre de dos mil diecisiete. ¿Saben por qué? Porque para ellos solo son compatriotas.

Ya es hora de madurar, de mirar a la realidad cara a cara, de aprender a vivir juntos, de hacer patria.

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