Puedes sacar la bandera sin sospecha; eso sí, el COI y estos juegos me repatean

Pertenezco a una generación que corría en pistas de ladrillo, pero no tenía cronómetros. Jugábamos al futbol en campos de tierra y al baloncesto en hormigón cuarteado. De artes marciales no teníamos ni idea y lo de los jinetes, el tenis y la navegación era cosa de pijos ricos y así todo lo demás.

Con estos antecedentes, imaginarán que me haga vibrar una cría que pierde una medalla de oro dando patadas, un ciclista de montaña que saca un bronce con una remontada de película o una chica que nada en una piscina, sin que lo de náutico sea una pijada.

Confesaré que me da risa que, después de mil pases, dos millones de toquecitos y algunos sistemas naturalmente innegociables, un equipo español de futbol marque un gol con un centro y un cabezazo, como cuando Lapetra y Marcelino. Me sorprende, con orgullo, ver jugar a Gasol. Me duele que no anden por Tokio ni Nadal, ni Ramos, ni Rahm, por no hablar de Hernangómez.

Me hace infinita gracia cómo, según los medios y las federaciones, nuestros equipos son “la roja”, “los hispanos”, “las guerreras” o cualquier otra cosa que no sea “selección española”, para no quedar mal con los que desean que ganen los ingleses o los polacos, por un poner.

Hay que decir que los juegos tienen una ventaja: es el momento en que puedo sacar la bandera, sin sospecha; eso sí, el COI y estos juegos me repatean.

Después de Tokio, espero que alguien ponga fin a la comedia olímpica y comencemos de nuevo. El circo ambulante  de los juegos muestra el lado feo del deporte: desplaza a la ciudadanía, intimida a atletas y respalda a regímenes crueles.

Ningún juego moderno -Barcelona hizo crecer a la ciudad, pero no al país- ha aumentado la tasa de crecimiento económico, los niveles de habilidades y empleo, los ingresos turísticos o la productividad de las ciudades anfitrionas

Los asientos vacíos en los estadios de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 son una suerte para el análisis social: el espectáculo deportivo, por bueno que sea y por ahora no lo está siendo, no podrá disipar el hecho de que se lleva a cabo en medio de un evento sin precedentes: una crisis de salud pública global y en contra de los deseos de la gran mayoría del público japonés.

El Comité Olímpico Internacional, que cree ser el líder de un movimiento social mundial, se ha mostrado, sin más, como el circo ambulante de la industria deportiva mundial. Demanda de patrocinadores. Es lo que hay.

No es que estos Juegos y la posición del COI no tuvieran fallas profundas antes de la pandemia. Como en todos los Juegos Olímpicos, los costes se han disparado y Japón acumulará déficit equivalentes al de las pensiones españolas, por ejemplo, de los que el COI no pagará un céntimo. En el camino ha habido la combinación habitual de infraestructuras costosas, corruptelas en el proceso de licitación y desalojo de población.

Vendidos como los “Juegos de Recuperación”, que celebran el renacimiento de la nación japonesa después del tsunami de 2011 y el colapso nuclear, la competencia de softbol de Tokio comenzó esta semana en Fukushima, una región en vertiginoso declive demográfico, todavía inundada de desechos nucleares.

En una búsqueda desesperada de legitimidad, el COI ha defendido el deporte limpio y ha abrazado el ambientalismo. Pero el primero se ha visto fatalmente socavado por el trato suave impuesto a Rusia después de su programa sin precedentes de dopaje patrocinado por el Estado.

El historial medioambiental de los Juegos ha sido pésimo. Pekín estuvo más contaminada después de sus Juegos Olímpicos que antes. Pyongyang, Río y Sochi vieron la destrucción de hábitats naturales protegidos.

El Covid ha reducido la gigantesca huella de carbono habitual en los Juegos. Pero, sin ánimo de reírse uno, los Juegos de Invierno pronto carecerán de suficiente nieve para aguantar. Tokio, que experimenta regularmente veranos húmedos y ardientes, ha tenido que desplazar el maratón 1.000 km al norte hasta Sapporo.

La noción quijotesca de que los Juegos Olímpicos podrían ser un campeón de los derechos humano quedó sepultada en Pekín.

El deporte ofrece un lienzo extraordinario para la celebración de las posibilidades humanas; esa es su historia. Es un lenguaje universal en un mundo peligrosamente fragmentado. Merece algo mejor que ser capturado por el COI, mejor que ser ahogado en sus devociones y atado a su pernicioso modelo de negocio.

Las instituciones deportivas se han mostrado, no solo en el caso de España, disparatadamente sectarias, privando a muchos deportistas de legítimas presencias.

El COI y China fabricarán para los próximos juegos de invierno toda la nieve artificial que quieran en 2022, pero simplemente deberíamos negarnos a mirar. París 2024 puede ser la despedida final, eurocéntrica e histórica, con el baile incluido como deporte, como concesión al negocio.

Me encuentro entre los que creen que el COI debería disolverse y sus activos pasar a un nuevo organismo del deporte mundial. Si no es así, algún día Hollywood o la sede de Amazon o Netflix  será sede olímpica.

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