Veremos a los multimillonarios arder más allá de Orión

Los ricos y ricas ya tenían el paraíso… fiscal. Ahora tocan el cielo. Bezos, el dueño de Amazon se lo ha dado. Jeff se ha regalado un paseíto por el espacio con unos colegas, del mismo modo que usted se coge la bici y se hace unas “birritas” con la pandilla.

Un insulto ético, una millonada para nada, un jueguecito de rico… Ustedes no me creyeron, pero se lo escribí en febrero de 2018. Veremos cosas que no creeríais: multimillonarios arder más allá de Orión; los multimillonarios se quedarán con el espacio.

Seguramente ustedes, sean ellos o ellas (aquí ya saben que lo de elles es que ni se piensa), han observado que el cohete de Bezos tenía una forma sospechosa. Tienen razón: se trata de ver quién la tiene más grande; me refiero a la próxima subvención del gobierno norteamericano.

Por qué no mirar a las estrellas mientras los pobres mueren en el barro de la pandemia. No es escandaloso, nadie ha dicho nada, la fuerza de trabajo de Amazon no ha dicho nada, el mundo solo observa la divertida noticia en silencio.

Esto no viene de hoy, ni lo ha inventado el de Amazon.

Imaginen: febrero de 2018, una montaña de humo, el rugido de una máquina como una vivienda de 20 pisos que se precipita hacia el cielo; vean la imagen más estúpida del año: un traje de astronauta viaja en un coche rojo Tesla hacia Marte. La insultante prepotencia de Elon Musk es un simple mensaje de mercado: voy primero en el negocio.

Hoy, Bezos le ha contestado con la misma vanidad y la misma insultante soberbia: soy el primer astronauta viajero. Un machote.

La compañía aeroespacial privada de Musk, SpaceX, lanzó aquel cohete, con un coste de medio billón de dólares -estimen las vacunas que podrían comprarse-, pero ese lanzamiento excitó a científicos, ingenieros y empresarios.

En poco más de 15 años, SpaceX ha construido el mercado de vuelos espaciales, dominado por agencias espaciales como la NASA y sus contratistas principales, LockheedMartin y Boeing.

Luego el trillonario de Amazon, Jeff Bezos, ha creado su propio cohete a través de su propia compañía, Blue Origin, y Richard Branson, de Virgin, el próximo que verán en el cielo, y un montón de otros empresarios los siguieron con cohetes más ligeros.

Durante diez años se ha producido una dura competencia, fomentada muchas veces por el uso de las subvenciones gubernamentales que, en no pocos momentos, han competido contra sí mismos.

La nueva carrera espacial es algo diferente a la de la guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Las agencias gubernamentales, como la NASA, Cosmos y la Agencia Espacial Europea, han estado colaborando con corporaciones durante muchos años y tienen sus propios objetivos a largo plazo.

Esas empresas no solo se han quedado con las concesiones, sino que han llevado el modelo a una situación anterior al estado del bienestar y las regulaciones, cuando los multimillonarios intentaron remodelar por su cuenta el futuro y el mercado.

El espacio es el negocio. Realmente no hay desventaja para la NASA en esta competencia privada – quizá si para otras agencias-. De hecho, tienen los nuevos cohetes a su disposición-.

Bezos y Musk están trabajando en cohetes. Ni coches, ni ventas. La compañía de Bezos está trabajando es su cohete y Musk trabaja en un dispositivo que permitiría llegar al espacio más profundo.

Bezos y Musk han hecho de los cohetes confiables un negocio confiable para la NASA y las compañías de telecomunicaciones y están anunciando precios a una fracción reducida de los cohetes de los gobiernos.

Virgin entra en crisis periódicamente y TESLA es incapaz de producir coches y tener beneficios, pero el negocio del espacio está abierto e interesa a los multimillonarios. Es, de hecho, de los multimillonarios.

Hubo un tiempo en que las facultades de economía enseñaban que la facturación era vanidad y los beneficios sentido común. Ahora, lo que cuenta son las subvenciones: un paseo por el espacio legitima una pasta pública.

El episodio de Bezos de hoy, un pastón para un orgasmo de once minutos, como el de Tesla hace tres años, tiene que ver con los competidores, con la oferta a la NASA de servicios, pero, también, es una advertencia a los gobiernos sobre la regulación: el cielo es también nuestro.

Un triple mensaje de mercadotecnia al que no se ha prestado demasiada atención. Un golpe de soberbia y una patada ética a las necesidades del mundo en que vivimos.

Déjenme decirles algo que los multimillonarios no saben, pero está escrito: “inútil cosmonauta el que contempla las estrellas para no ver las ratas”.

 

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