Qué se abran mil tabernas

Esta semana ha producido notables noticias, desde Puigdemont a las trampillas presupuestarias, desde el precio de la energía a los amagos de negociaciones y esas demás cosas que merecen sesudos análisis.

Pero hoy es viernes y como ustedes llevan con el cronista más viernes que con Iberdrola sabrán que el jefe del Cliktertulia, Don Juan Ignacio Ocaña, nos tiene dicho que los viernes de cosas sesudas nada. Cosa que los CEO de la radio aseguran primarán con oportuno pago (no; nunca cuela)

Así que podemos ocuparnos de lo importante: qué se abran mil tabernas,

Estimado tabernero y muy querida tabernera. Se acabó el COVID; ha sido oficialmente finiquitado por Ayuso, entre otros, y todos y todas estamos casi libres de restricciones.

Momento en que necesariamente debo dirigirme a vosotros y vosotras, cómplices de tantos días de farra, como tabernario algo mosqueado por recientes eventos.

Estimados y estimadas, paseé por Madriz, así con Z, como mandan los evangelios, y encontré cerrados algunos tabernáculos históricos. Estabais cerradillos, en ERTE y cosas de esas que se llevan ahora. Debo comunicaros que ya no hay pretexto: hay que abrir.

Eso sí; la apertura debe recuperar sanas costumbres que parecen perdidas. Despejen, ya mismo, las barras. No hay taberna sin parroquiano acodado en la barra. Como ya he explicado aquí a jóvenes y algo ignorantes tabernarias, a las tabernas se va a hablar mucho con uno mismo y algo con el tabernero.

No serán aún las barras como antes. Ayuso es muy liberal, pero mantiene el metro y medio de distancia en la barra. O sea, díganme ustedes, amigos y amigas, cómo vamos a planificar desobediencia a la autoridad o pecado manifiesto a gritos. Ayuso, no nos entiendes del todo.

Eso sí, debéis abrir todo establecimiento: es necesario: tras casi dos años de psicólogo de la sanidad pública, necesitamos a nuestro tabernero de cabecera. Ese que, cuando nos ve agobiados, nos dice: siempre será mejor un chicharrón que el suicidio y escancia copa y tapa, con heredada elegancia manchega.

Ahora bien, esa apertura necesaria reclama el retorno de buenas costumbres que parecen perdidas. Aprovechando que el gobierno, siempre atento a las necesidades patrias, ha vinculado ERTE y formación, les sugiero que atendamos al comportamiento de los medidores, aquellos que atinaban con la cantidad de chato, que equilibraba la utilidad del consumidor con el coste del producto.

No; no puede ser que las ahora llamadas camareras te digan “que deseas, cariño”, una pregunta que no se le hace a un caballero y sobre la que no haré comentarios, qué estamos muy sensibles últimamente. No es menos indecoroso que si es señor te diga “henmanno que quieres”.

Deben procurar que vistan mandil o ropa adecuada. Así, entre ustedes y yo, que mi medidor calce zapato de marca y camisa de Adolfo Domínguez y el cliente ropa de mercadillo, no queda equilibrado.

Quizá, también, sea innecesaria la etiqueta identificativa. Un tabernario, siempre sabe como se llama su tabernero, es la diferencia con las casitas de té.

Mientras ustedes, taberneros y taberneras de culto, andaban sufriendo por el cierre de sus locales, debo advertirles que modernos taberneros se han acercado al mercado.

Apoyados por modernísimas y modernísimos periodistas, cuyo nombre no citaré para no incitar al odio, les diré que no solo han aparecido tabernas donde sirven vermú con cardamomo o croquetas con virutas de anís, sino que, al parecer, en lugar de conspirador tabernario, el cliente sostiene dialogo con su mascota, que tiene acceso a la taberna.

Les convoco a salvar a la gloriosa taberna histórica, donde componíamos poemas, literatura, odas a la libertad, panificábamos atentados contra la autoridad y la iglesia, en lugar de fotitos para Instagram.

Les recomiendo, igualmente, que vigilen los caldos. Mientras ustedes andaban cerrados y encerrados, se ofrecen en el mercado un vermú gallego, con aroma a mares atlánticos y vermús andaluces con sabor a fino.

Por favor, recuperen el vermú de Reus, con las justas especias, o el muy madrileño y basto de Zarcos. Pongan en él unas gotitas del viejo Campari, pongan oliva, sardina, anchoa adecuada antes que un Dim Sum oriental con rabo de vaca watsu, en mermelada de arándanos.

Camaradas tabernarios, un fantasma recorre Europa: la terrazita. Os convoco a. ganar, de nuevo, el acodado mostrador, rechacemos la pija mesa.

Esta semana hemos perdido a Antonio Gasset, el periodista que, antes que Silvia García Jerez, nos enseñó a ver cine. En uno de sus memorables finales de crónica nos dijo: “pueden ustedes hacer el tonto, pero no hagan el imbécil”.

Quiero decir, mis queridos y queridas antes enmascarados y ya con sonrisa puesta, que pueden ir de tabernas, incluso a las casitas de té que ahora pasan por tales, pero abandonen los botellones. Es mucho más sano.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.