Qué se sabe de la guerra esa de la que usted me habla

En realidad, no se sabe nada de la guerra. No hay organizaciones neutrales sobre el terreno, ni siquiera la vieja Cruz Roja, tampoco hay corresponsales de guerra. Los periodistas solo salen ante un croma de destrucción en la que no se percibe ninguna información, siempre controlada, en todo caso. No hay acceso a comunicaciones internacionales ni a redes sociales. Solo sabemos lo que dicen los portavoces: los portavoces son los jefes, sea Trump, Netanyahu o el que mande en Irán, que ni quiera sabemos quién es.

Los medios no nos ayudan a saber nada de la guerra. Enfatizan las versiones oficiales, según su línea editorial: desde el diario anuncio del apocalipsis a la necesidad de acabar con la teocracia. Con un rasgo común: a nadie le gusta la guerra ni Trump.

Cada vez que escucho cualquiera de las líneas de opinión recuerdo a aquel arbitrista aragonés, los aragoneses amamos ser arbitristas, que es como ser tertuliano pero en el siglo XVI, que, tras observar que los pájaros destrozaban las cosechas del somontano, envió memorándum al Rey reclamando que se prohibiera la entrada en Aragón al tordo francés (sic). Pues eso es lo que pasa con la guerra: queremos prohibirla; el cómo acabar con ella no nos compete. Lo nuestro es la ética, para lo otro no tenemos ni pelas, ni recursos técnicos y menos diplomáticos.

Los portavoces reales (Trump, Netanyahu o el que mande en Irán), puesto que nadie compite con ellos, no elaboran discursos, ni reflexiones profundas ni nos informan de sus objetivos. Trump dice: “son personas terribles”. Netanyahu dice: “luchamos por la libertad;” el que mande en Irán dice que “nos mandarán al infierno”, hay que reconocer que en eso son especialistas, según los propios iraníes. Los que son el faro moral contra la guerra tampoco elaboran mucho el argumentario: “No a la guerra”. Y quien matice es que está a favor de la guerra. Es lo que tienen los muros y el populismo.

No sabemos, en realidad, lo que pasa en la guerra. Los mercados lanzan señales, pero no sabemos cuánto hay de especulación. Los bancos centrales avisan de malos tiempos, pero no mueven los tipos de interés. Los que quieren ser rápidos aprovechan el necesario escudo social para tomar medidas que, al final, favorecen más a los que más tienen, a las empresas y al aumento del consumo, en días que debían ser austeros. O aprovechan para sobrevivir en política con infames numeritos que buscan el Oscar. No saben dónde están los vulnerables y esperan que de la lluvia de medidas alguna caiga donde debe. Pero de eso ya les hablé aquí.

La guerra contra Irán, a pesar de su expansión y de la desestabilización en Oriente Medio y la economía global, no parece real. Los Estados Unidos nos la presenta como un videojuego, un espectáculo para espectadores, un festival de burlas en las redes sociales. Los artífices de esta guerra y sus opositores más radicales han hecho de la estupidez una virtud, respaldados por un ecosistema informativo que nos deja perplejos.

El conflicto emprendido por Estados Unidos se percibe como el primero de su tipo en la era moderna: claramente distante y profundamente ignorante. La guerra, de la que no sabemos su grado de dolor o dramatismo, ni de sus arsenales ni sus potenciales riesgos, es una colección de memes, a la que se suma hoy Pedro Sánchez volando en un misil. El problema no es si la imagen es falsa o no, el problema para los españoles es que es verosímil la pegatina con el nombre de Pedro surcando los cielos encendidos. Bueno, es una forma de pasar a la historia.

La naturaleza remota del conflicto agrava aún más la sensación de irrealidad. Nunca antes una guerra con consecuencias tan devastadoras y de tan amplio alcance se había desarrollado con tal distanciamiento físico. La IA se ha desplegado a una escala sin precedentes. Portavoces del Pentágono declaran llevar más de 5.500 ataques contra Irán, en los que la IA había desempeñado un papel crucial. Este proceso ha sido bautizado: “Optimización de la cadena de ataque”.

En realidad, no sabemos nada de la guerra. No hay tropas en tierra, nadie ve a los caídos, no se percibe la disrupción absoluta en las vidas y afanes de quienes se encuentran al otro lado de las bombas y los misiles. Las bajas estadounidenses e israelíes son escasas, en comparación con la magnitud del ataque. El que sea que manda en Irán minimiza sus bajas, exagera las del enemigo y aumenta la desinformación y el bloqueo digital a su pueblo. Ellos, como nosotros, no saben nada, en realidad, de la guerra, salvo que el cielo se desploma sobre sus cabezas.

Dos certezas les propongo sobre el asunto: la primera es que resulta bastante sorprendente que, con una información tan contaminada, haya tantos expertos haciendo predicciones. Por cierto, los que de verdad saben (los militares) han sido sustituidos por portavoces del argumentario. La segunda es que nos estamos acostumbrando a un sorprendente método informativo: vemos, pero no sabemos.

La guerra se inserta en un ecosistema informativo ya predispuesto a una desconexión extrema. Atrás quedaron los días en que la guerra se consumía exclusivamente a través de la cobertura continua de CNN o la BBC y en el resto del mundo con un puñado de corresponsales en el terreno, algunos empotrados en los ejércitos transmitiendo los eventos a los espectadores o periodistas publicando investigaciones. En Irak descubrimos quienes eran los nuevos persuasores: los desinformadores profesionales.

Todo lo que ocurre, desde lo más cotidiano hasta lo más sorprendente, se disuelve en las redes sociales. En Instagram, TikTok y X, se puede alternar entre recetas, influencers, vídeos de la Casa Blanca, enfados de Pedro Sánchez y escenas de humo que se elevan en Teherán, Doha, Dubái, Líbano, Tel Aviv… Ni siquiera una buena manifestación sobre la que comentar nada.

Al desplazarnos por la pantalla de forma automática –viendo, pero sin saber -, muchos nos hemos adormecido ante la saturación de información a la que se suman opiniones, publicaciones basura, videos generados por IA, millones de comentaristas en YouTube y gritonas en las televisiones públicas cuyo nombre la mitad he olvidado y la otra mitad no quiero recordar.

Si la verdad y la mentira se entremezclan constantemente en el flujo de contenido nada parece real. Lo único concreto son los números en los surtidores de gasolina y la inutilidad de las medidas que se adoptan. También que Sánchez está enfadado, pero no se preocupen, él ha comido, está bien. No hay prospectiva posible, solo coyuntura. En realidad, yo no sé nada de la guerra ésa de que usted me habla.

 

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