Si fue premiado, cobre: el anuncio es una trampa de Montero

Desde que no está “El Calvo” (Clive Arrindell), no veo los anuncios de la Lotería de Navidad. No sé en qué momento, los gestores del contenido de la Lotería decidieron cambiar arte por buenismo prescriptor. Allá ellos, el caso es que no tenía intención de ver el anuncio hasta que mi contertulio y amigo Paco Revuelta me pidió opinión sobre tan sesudo asunto, típico de viernes de blog. Y si Paco pide, a Paco se le concede.

Es cierto que lo hizo hace días, pero no he querido estropearle a nadie el sorteo. Se suponía, según los gestores, que este año el anunció debía ser emocional y rescatar lo español. 740 mil euros después, la pieza más que emocional, resulta dengue y lo único español de la peliculita es que la protagonista es una cotilla.

El caso es que lo he visto. En cinco minutos se nos cuenta que una pareja encuentra en el Rastro un décimo enmarcado, la pareja descubre que era un quinto premio de hace treinta años que nunca se cobró. La protagonista se obsesiona con encontrar a la persona que poseía el billete: la encuentra para descubrir que no cobró el billete premiado porque llevaba escrito un mensaje: “Vas a ser abuelo”. El recado es evidente: hay cosas más importantes que el dinero. Echáis una lagrimilla y dejáis de protestar porque no os alcanza la pela.

Visto el argumento, empecemos por lo español. Un señor que iba a ser abuelo en el 95, todavía en crisis tras los fastos olímpicos, hubiera cobrado el premio y, en todo caso, abierto una cuenta para su hija y su nieto.

Es impensable que un cuadro no sea colgado, que nadie en la familia conozca la existencia del cuadro, menos aún que nadie sepa que no se cobró el premio y, desde luego, una frase en un billete solo es un incentivo para cobrarlo y no al contrario. Que una “Z” sea una cotilla, dispuesta a buscar un abuelo con posibles, de los que se están dando la vida cañón, al fin y al cabo ha mantenido a su familia durante dos crisis y treinta años, es lo único auténticamente español, como digo, de la película.

La cuestión emocional, de la que hablan los gestores, merece una reflexión aparte.

Si algo sabe y debe hacer el cine es permitir llorar. La lágrima puede ser una forma de inteligencia emocional, empatía y fuerza sicológica. La oxitocina se ocupa del asunto. Las lágrimas revelan emociones propias, no las impostadas, y alivian el estrés. Expresan de forma elemental sentimientos complejos.

Pero, probablemente, el anuncio revela cierta positividad tóxica propia del buenismo. El mensaje que lanza es que no necesitas recursos para ser feliz, es suficiente con un subsidio, con vivir con tus padres, la conformidad ante una emoción aplazada y que puede no durar toda la vida.

La nueva emocionalidad buenista ha contagiado a otros suministradores de ilusiones y películas navideñas. Campofrío ha decidido advertirnos contra la polarización, mientras la Mutua nos ha ofrecido una versión edulcorada de la infancia, atrapada en una casete, con una canción de Cat Stevens compuesta en 1970.

Quiere decirse que es, primero, un poco traída por los pelos: el abuelo habría de tener ochenta años, el hijo –protagonista- alrededor de los 50 y su descendiente no sería exactamente una criatura. Por otro lado, la canción es la conversación de un padre con un hijo algo mayor y que es un poco contestatario y no un niño. Por último, es lo que tiene el buenismo: no se basa en el dato, sino en la ficción.

El cronista no es un apasionado de la Lotería de Navidad. De hecho, creo que el sorteo de Navidad está pensado para quienes no saben estadística. Naturalmente, juego, el 74% de la gente lo hace, es una cuestión de tradición, sociabilidad y cultura. Las posibilidades de que toque más de lo que uno ha jugado es apenas un 5%. Uno juega a perder y no a ganar, es evidente.

Seamos serios, Barcelona y Madrid siempre reciben más premios porque juegan más. Doña Manolita o, en su momento la Bruxa D´or, tienen más premios porque compran pocas series del máximo número posible de números. Las participaciones pequeñas persiguen lo mismo que se perseguía cuando el Gobierno de Cádiz inventó el sorteo (financiar la Guerra de la Independencia). Entonces eran liberales contra franceses, hoy son las cofradías o cualquier otra secta que se le ocurra, incluido el wasap de las mamás del cole.

Podría recomendarles, en consecuencia, que no jueguen. Pero la posibilidad de que le toque a mí o su cuñado y nos quedemos sin una participación compartida es tan abrumadora que no puedo hacerlo. Imaginen la situación.

Lo que si debo hacer es recomendarles que cobren el premio, si no lo hacen se lo queda la señora Montero, de los Montero de Hacienda. Y, por otra parte, al paso que vamos usted no va a tener nietos en su vida. Pague impuestos, los han subido a los premios, ya no llegan para comprar un piso, pero quién lo necesita teniendo un abuelo. Pague y así no tendrá que aguantar a los “Z” diciéndole que usted se da la vida cañón y ellos no pueden comprarse un “perrijo”. No se preocupen, un día los de la Lotería volverán al arte.

 

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