¡Pero por qué no os calláis! Ha gritado el cabeza de huevo de La Moncloa dedicado, junto con un equipo creciente, a seguir los informes de la UCO y los procesos judiciales. Con notable éxito como se ve. Mientras se suceden episodios de políticos ejemplares, el ministro Torres se ha sumado a los partos de la UCO. No sé si habrá salseo, aunque hay un par de cosillas que… Bueno, ya hablaremos del asunto.
Sabemos de los citados informes y de este último que los políticos ejemplares y sólidos no dejaban de intercambiarse mensajes. Mensajería varia y correos electrónicos corrían por las redes, con el uso, naturalmente, del excelso lenguaje de portero de burdel que parece definir el feminismo socialista realmente existente.
Sabemos que si le pagan a un trapacero se puede dejar, naturalmente, en sentido figurado, él es un machote, “violar”. También sabemos que los venales comisionistas pagarán “en carne”, quizá en un pisito o quizá en una cena, los favores de una comisión abonada (“Francina no viene”, ¿por qué debía ir Francina, se preguntará usted?). Yo también lo hago. Por cierto, qué fue de Tito Berni (con él empezó todo).
También sabemos que un funcionario navarro que se opone puede acabar en un hueco de escalera, en el paraíso de la kale borroka antifascista, y que un ejemplar ministro se propone acosar a una funcionaria que no ve claro un pago.
Torres está contento, la UCO no detecta un ilícito, dice, o quizá sí: conocía a la trama, conocía a Aldama, presionó a una funcionaria. O sea, todo lo que negó en sede parlamentaria.
Está en un auténtico lío, ya se lo digo yo: no solo conocía a la trama trapacera, gestionaba en persona el pago, según las necesidades de tesorería de los conseguidores. Los apandadores reinaban en el Madrid de la pandemia (cómo era aquello: haciendo dinero, mientras la gente moría, me suena de algo).
José se ocupaba de Illa y Pedro. Por estas cositas que no parecen importar al ministro ni al gobierno se empieza y no se sabe dónde acaba. Un tono más de sombra en la niebla que opaca la luz salvífica que nos guía al futuro.
Antonio Tabucchi le hace decir a su protagonista, dirigiéndose a su compañero de aventuras: “Vaya ensayando el silencio”. Por qué hablan tanto los ejemplares ministros y los trapaceros habituales. Por qué se graban para amenazarse o chantajearse. Por qué son tan cutres cuando hablan, como si todos fueran porteros de burdel. Secretos del alma humana y de los próceres del socialismo realmente existente
Ejemplares candidatos a ministros de cualquier esquina del espectro, venales comisionistas y trapaceros de toda clase: ensayad el silencio. No toméis notas, no hagáis confidencias en la mensajería, no hagáis fotos a las longanizas ni a los sobres. Es mucho más elegante el silencio. Y, sobre todo, más seguro.
Puede el ministro estar exultante, pero el caso es el caso: conocía a la trama, hizo negocios con ellos, le colaron producto deficiente y caro (como en Baleares, por cierto (“¡Francina no viene!”), intervino directamente en los pagos. “Todo tengo que hacerlo yo”. Que duro es tener tranquilos a los comisionistas.
Sin ánimo de molestar: aquellas cosas, “las inventadas” de Aldama, van cayendo una a una sobre oyentes heridos por el asombro como tragedia shakespeariana. Los españoles progresistas y alineados con la causa, ávidos de relatos tranquilizadores no dejan de intranquilizarse. Dennos un relato, se dicen, pero que sea creíble y coherente. Pues no: entre tanto mensaje se escapan dudas de venalidad, de prepotencia, de roces inadecuados con la trama de manejo de los dineros públicos.
Toda la situación nos enfrenta a tres circunstancias de inevitables consecuencias para nuestra democracia
En primer lugar, se pretende evadir la obligación de decir la verdad en sede parlamentaria, la verdad es peligrosa, solo debe usarse en casos de emergencia, oficializar la mentira política es el objetivo. No me consta, es la forma que se inventó por los listos para el presidente. Pero no para los demás: tanto el ministro Torres como su adjunto mintieron en sede parlamentaria: saber sabían, conocer conocían. Los han pillado. No pasa nada. No dimitirá. Alguien presentará una demanda. Un juez procederá: jueces que hacen política ya saben.
La ausencia del silencio conduce, además de a la mentira, al penúltimo intento: anular la existencia de responsabilidad política. La persistencia del fiscal en acceder a juicio imputado, manchando a la institución. La presentación de un candidato imputado en Extremadura; la alegría del ministro porque solo le han pillado mintiendo. Las otras cositas que quedan.
Todo tiene un objetivo: no hay responsabilidad política, ya la hemos pagado. Pedro no tiene por qué dar explicaciones: que se quemen en el asador los que no han parado de hablar.
Por último, la aceptación de la mentira como forma de hacer y la ausencia de la responsabilidad política son la trinchera desde la que atacaremos a los jueces y los investigadores.
El juicio del fiscal general y todos los informes que han delatado a los trapaceros, incluido el del último ministro, justifican un ataque al Supremo y otro a la UCO. Unos y otros tienen los días contados; algunos fiscales temen represalias por haberse opuesto al fiscal general y los funcionarios tienen incentivos para aceptar en silencio cualquier orden por irregular o venal que ésta sea, salvo riesgo de represalia.
Todo esto, en realidad, no es por no guardar silencio; es por robar, por malversar, por crear organizaciones criminales. El intercambio de frases inconvenientes, el lenguaje macarra, la búsqueda de la influencia no sé si son delito, pero afean bastante. Ejemplares ministros de la cosa y la causa: ensayad el silencio.



