La taberna es nuestra (3)

Aprovechando que los viernes no son días de análisis sesudos, llevo unas semanas orientándoles para salvarse de la ocupación de la ciudad por las manifestaciones abundantes ante los juzgados, el turismo, las cenas de amigotes y de empresa, las compras, los niños, las luces y el ruido. La taberna es nuestro refugio.

Usted, siguiendo mis consejos, ya es un profesional tabernario, refugiado de estas hordas que atestan la ciudad. Eligió su taberna en recoleto lugar, buscó sitio donde ver y no ser visto, se aposentó en su mesa cual piloto de astronave, conversó breve, pero intensamente como es debido, con el tabernero y ya ha tenido tiempo de acunar cual jilguero su copa y libar su vino favorito.

Es el momento: toma usted su libreta y pone cara de prepararse a escribir ideas que cambiarán la historia del mundo. Nadie sabe que, en realidad, está usted haciendo la lista de los regalos pendientes y calculando si los magros restos de su pensión de boomer le dará para todos. Tranquilidad, siempre habrá un chino que le sacará del apuro.

Justo cuando está usted reflexionando sobre si elegir entre una inútil máquina de estirar rizos o una muy ponderada blusa de Temu que arderá en el primer cigarrillo, ocurre lo que usted temía: esa mesa vacía de once sillas empieza a llenarse.

Usted recuerda cómo empezó todo: el día que una gritona afirmaba que la calle era suya y nosotros nos dijimos, bueno, pero la taberna es nuestra, de los tabernarios. Por eso, dudamos sobre esa amenaza de la mesa de once. Usted es ya profesional, sabe lo que va a ocurrir, así que, con rapidez, hace ese elegante gesto que usted usa para que rellenen su copa. Llega, suspira y bebe de nuevo.

Son cinco chicas, cuatro chicos y dos personas autodeterminadas en algo que usted no logra identificar. Hay dos calvos, los calvos no se autodeterminan, cinco personas morenas, tres rubias y una pelirroja. Instalados a tres mesas de su nave intergaláctica, usted los oye perfectamente, a ellos y a sus perritos, son Z, que quieren que les diga.

Mueven las sillas ruidosamente, los calvos que no se autodeterminan se piden “spritz” con no mucho aperol, ya empezamos. Lo que continúa es peor: los demás algo sin alcohol, aunque alguien se atreve con una cerveza. Ni un vino, por dios, qué tropa. Es increíble como sin ayuda del alcohol se comportan como si les hiciera efecto. Eso es, también, propio de esa edad de los Z que no encuentran espacio entre la adolescencia y la madurez.

Es el momento, se hacen fotos de dos en dos, y luego de tres en tres, no hay divisores de once, no han calculado bien, alguien se hará una en solitario. Hacer fotos reaviva el ánimo de estos seres, nadie sabe por qué. Unos hacen muecas en señal de rebelión (contra los boomer, por supuesto), otros hacen el signo de la victoria, todavía es más inexplicable: nadie sabe qué han ganado.

Es evidente, nos hemos convertido en una humanidad de fotógrafos que prefiere congelar el mundo a disfrutarlo. Eso es cosa de boomers que nos damos la vida cañón, ya saben. Justo cuando usted ha decidido volver a la libreta a anotar los costes de sus regalos, como un contable, resulta que una lava compacta de ciclistas acecha la taberna. Es una procesión cuyo fin último es llenarse de cerveza y dormir una siesta. Un raro concepto de deporte urbano que solo los ciclistas, como los moteros, conocen: es una forma de vivir.

Ser un tabernario también es una forma, eso sí, menos absurda, de vivir y, también, de soñar. El sueño es uno de los secretos de la taberna que aún no les había contado: sentarse en ella es como sentarse en el mar, ver pasar el tiempo que ha transcurrido y el que va a llegar. En ese momento, transportado a la reflexión, ajeno al ruido de quienes han decidido tirar sus recursos por la ventana, pedirle un bizum a sus padres jubilados y compartir una de bravas entre los once, es el tiempo de recordar frente a su mar imaginario.

Ahora, debe elegir usted sus opciones. Quizá, traer a su mente el momento en el que pretendió inocentemente arreglar el mundo con cómplices cuya cara y nombre olvidó hace mucho. Aunque, quizá, se acuerde de alguna chica innombrable (o chico depende de su género y gustos) a la que besó frente a un afamado castillo de no menos afamado rey viejo, como si un trovador le guiara. Igual es usted más convencional y recuerda aquel día que su padre le llevó a conocer el mar.

Pero un tabernario profesional siempre vuelve a la realidad y a su libreta. Observa la nueva normalidad: una pareja se pelea a diez metros de su nave. Los leves rumores no pueden ocultar su comunicación no verbal. Es intrigante toda pelea tabernaria y usted observará con atención. El desenlace deberá apuntarlo raudo en su libreta; la taberna siempre ofrece finales cinematográficos: la señora ha lanzado el vino a la cara del enamorado, ¡ay, si Ella se lo hubiera hecho a Él, nos hubiera ahorrado tantos disgustos, ustedes me entienden!

Los cacahuetes que usted abandonó se le hacen ahora necesarios, la abrupta ruptura debe preceder al momento de rellenado de la copa, un nuevo gesto elegante al tabernero. La hora del aperitivo, la que nos salva de la horda que acosa la ciudad, pero ya usted no sabe, al tercer vino, si las hordas están en la ciudad o tienen despacho en la calle Ferraz. Decide ignorarlo y acuna, de nuevo, su copa como si fuera un jilguero.

Hoy iré a tomarme, a su hora, un vino a su salud. Son días de Navidad, lo celebraré con ustedes y con mi tabernero que, conociéndome, me dirá: hoy no me fastidies a los Z, les he preparado una cuenta para sus padres de la leche. Hay que tener contento al tabernero, se lo tengo dicho, recuerde que hemos reservado la mesa hasta el día del apocalipsis.

 

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