“Este cronista está conmovido por las cero palabras que Amnistía Internacional, las Ong, las flotillas, la izquierda y el Gobierno español están dedicando al intento de los iraníes por ganar su libertad”. Han pasado cinco días desde que lo escribí, trece desde que empezaron las manifestaciones y apenas un comentario en el telediario, nada en las antenas de la izquierda de verdad verdadera. Sorprendentemente, nada en el feminismo fetén, con las mujeres iraníes no hay “sororidad, al parecer”.
Es probable que, siendo el cronista parte de una izquierda traidora, no haya entendido bien que la soberanía de los ayatolás es intocable y no merece ni siquiera la atención de la diplomacia española. Tampoco he debido entender que la teocracia es un régimen democrático y no requiere de manifiestos en defensa del derecho. A ver si Garzón vuelve de defender a Maduro y nos ponemos. Y más aún, como los iraníes no son árabes, sino persas, puede que no formen parte de la multiculturalidad.
Es evidente que ese hombre de paz, que pretende librarnos de los “nazis” ucranianos, que es Putin, o el adalid del libre comercio, que es Xi Ping, sostienen que el régimen teocrático está bien, entiendan la ironía. Por lo tanto, la izquierda de verdad verdadera no necesita gastar energía en apoyo al pueblo privado de libertades.
Debo reconsiderar mis convicciones: los esfuerzos, ya lo he entendido, deben destinarse a asaltar los campos del Real Madrid y castigar a los jugadores del Macabi, la mayoría de los cuales no son israelíes. Cosa que se ha producido con notable éxito de crítica y público, y huida de líderes en la noche madrileña, como todo el mundo sabe.
Es agotador vivir permanentemente en un embudo. Y es más agotador observar el desnortamiento de los valores de izquierda y sus políticas estratégicas, desde Melenchon a Podemos, desde Starmer al socialismo español realmente existente.
Irán puede estar al borde de una nueva revolución o no, pero son sensaciones: la gente está en la calle, sufre una notable represión, especialmente las mujeres. Hay tendencias políticas importantes, aunque no tenemos información sobre si esas señales son suficientes para esperar un cambio político.
¿Qué quieren los iraníes? Tan lejos y con tan poca información no es fácil hacer pronósticos. Sabemos que las razones son, en primer lugar, económicas; a una década de debilitamiento del crecimiento se han sumado los argumentos que producen el crecimiento del descontento social: devaluación de la moneda, inflación y caída de inversiones en petróleo.
Huelgas de camioneros y del sector petrolífero acabaron en las actuales movilizaciones iniciadas hace trece días por, sorpréndanse, un sector relevante para los iraníes: los vendedores de teléfonos móviles. Movimientos airados que se han convertido en un medio para expresar agravios políticos más profundos que cuestionan la legitimidad y la autoridad de la República de los ayatolás.
La economía no se ha desplomado realmente; sin embargo, la experiencia inmediata de la gente, de cara a su futuro, no es alentadora. Y es creciente la sensación de diferencias sociales entre ricos y pobres. Y muy especialmente, también aquí, el deterioro de las clases medias.
El hecho es que la mala gestión y la corrupción se identifican sistemáticamente como las principales causas de las dificultades económicas de Irán. Es por eso que un muro impide al régimen transmitir confianza. Corrupción y mala gestión se perciben más que cualquier política que puede aplicarse. Esto es una verdad que opera en todas partes, y no hablo de nadie en particular… o quizá sí.
Las manifestaciones, como fenómeno social, han trascendido de las circunstancias económicas y se debate sobre la legitimidad y la libertad. En este campo, el maltrato a las mujeres, en particular, es una clave de las manifestaciones, como lo es la respuesta a una represión que el Gobierno iraní no deja de aumentar, a medida que se sostienen las movilizaciones.
El pasado cinco de enero el New York Times informaba que Irán ofreció a sus ciudadanos 7 dólares al mes para intentar calmar las protestas. “Los pagos son el último paso para aliviar las presiones económicas, pero dada la gravedad de la crisis, dicen los críticos, es probable que sirvan de poco”, señalaba el periódico. De hecho, el líder supremo ha declarado que no dará marcha atrás en la represión, mientras apretaba los botones que suprimían internet y la telefonía en el país.
Los activistas están logrando evadir el apagón, a través del sistema de satélites Starlink, y hablan de manifestaciones en todo el país, de duras represiones y algún malestar en sectores de las fuerzas armadas. Los mismos activistas son conscientes de que su esfuerzo quizá no da para un cambio de régimen. Por ello, el apagón informativo en buena parte de los medios y en el discurso social es, para ellos, tan dramático.
La debilidad física y política del líder supremo y la desestabilización podría conducir a un afianzamiento, no a un debilitamiento, del poder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. El Consejo de Defensa de Irán ha declarado esta semana que podría tomar medidas militares preventivas si detecta “señales objetivas de amenaza”. Es mucho de fanfarronear este personal, pero han llenado a los iraníes de muerte, a las mujeres de cárcel y latigazos y a su país de sensación de fin de ciclo.
No soy yo de convocar una flotilla que navegue solidariamente por el Golfo Pérsico, parando en lugares amigables y bien surtidos como Omán o Qatar, por un poner. Pero sí de convocar a que se pongan, por una vez, del otro lado del embudo los que, también, han cobrado o cobran de Irán.
Versión en persa del Bella Ciao, cantada por dos mujeres activistas




