Lecciones de un funeral

Me parece que el funeral celebrado en Huelva merece ser considerado: se trata de un evento que tiene efectos sociales, culturales y políticos de diversa naturaleza. Lecciones que debiéramos aprender o anotar y que se proyectarán, seguro, en el tiempo.

En primer lugar, debo sugerir a todo el mundo, especialmente a los responsables políticos, que hagan lo que en esta casa hicimos el pasado fin de semana: viajar a Huelva, solos o en compañía de onubenses, esto último muy recomendable. Con un objetivo: hacerse una idea cabal de la magnitud de la tragedia y del estupor en el que se ha sumido la provincia y la capital.

Para quienes gustamos de los números y las cifras ofrezco un dato menos frío de lo que parece: “los 45 del tren” (ya son 46, hoy) incluyen a 29 onubenses. Dada la actual población de la provincia, estos fallecidos se corresponderían, considerando la población de Madrid en 2004, con 296 fallecidos en los trenes del 11 M: les recuerdo que la cifra de fallecidos de aquel horror que nos conmovió alcanzó los 193. Esto de Adamuz en Huelva es, en consecuencia, peor. Recuerden la emoción urbana de aquellos días y entenderán a los onubenses. Lo que todavía nos conmueve y entenderán lo que ocurre.

Un paseo por Huelva les transmitirá la impresión emocional, que cualquier político democrático debiera saber que es socialmente fundamental. Pueden entrar en cualquier bar, restaurante, cualquier estanco, cualquier comercio, hablar con sus amigos: no encontrarán a nadie que no se relacionara, de una forma u otra, con una familia llena de dolor, con un fallecido. Vayan a la plaza del mercado, verán a la gente deseando volver a la vida entre la luz del océano, los finos, gambas y jamón, pero amarrados aún al estupor. No es un dolor pasajero.

En el estupor anida el dolor, en el dolor vive la incomprensión, la incomprensión alimenta la rabia, la rabia requiere respuestas y responsabilidad. Hay una traslación de aquella demanda de Pessoa (“quiero verdad y aspirina”): quieren la verdad, el dato y la responsabilidad. Tienen la sensación de que se les está dando un argumentario balbuceante y cargando la responsabilidad en los becarios.

No se engañen: el 11 M produjo un cambio político. Aquí, si no cambian las cosas muy rápidamente, acabará igual y antes de lo que cree el que “lo hace muy bien”. Estimado macarra tuitero, debes marcharte, te lo digo: la decadencia de lo público que depende del Estado (carreteras, presas, trenes) dependen, fundamentalmente de ti. España, ministro de prístina belleza siempre aquí ponderada, se hizo estado moderno y liberal gracias al ferrocarril, Correos y la Guardia Civil -el negro, el amarillo y el verde, daban la idea de Estado-. El inventario de la situación actual no deja muy bien el panorama.

Hay otras cosas que los responsables políticos en el gobierno debieran considerar. En primer lugar, casi nadie hemos entendido el debate oficial sobre el tema del “funeral laico”, un oxímoron en realidad (desde su origen, la palabra funeral requiere rito); si no hemos aprendido que, en estas circunstancias, quienes deciden como despedir a los ausentes son sus deudos y no la doctrina oficial es que no hemos aprendido nada. Son las víctimas, estúpido, hubiera dicho Clinton.

En segundo término, es absurdo ignorar la espiritualidad de un pueblo. Los fallecidos habían sido enterrados con ritos religiosos, las cofradías habían despedido a sus cofrades, las hermandades a sus hermanos y hermanas. La laicidad es un valor, no una doctrina, no se impone, pertenece a la esfera de lo público no al dolor privado.

Todos ustedes saben, desde hace 17 años que aquí escribo, que no soy creyente, practicante ni marianista (me molesta – eso sí – que toquen a la Virgen del Pilar, soy de Zaragoza, ya saben). Tampoco soy cofrade de nada. Pero pueden contar quienes lo sean que acompañaré en su dolor en cualquier momento a quien sufra algo parecido.

El funeral nos enseñó que el dolor persiste y que requiere verdad. Que el pueblo de Huelva no preparaba encerronas, solo pedía honrar, identificar y respetar. El funeral nos enseñó que quieren hablar, mientras los líderes (el político y el que debe decir la verdad) no estaban y los que estaban solo hablaron consigo mismos.

Nadie en democracia debe ser un legionario en defensa de respeto, lo he dicho aquí muchas veces: la defensa es responsabilidad pública en un estado de derecho. Pero ese principio no se aplica a quien ha sido elegido para la representación: va en el salario, recibir el reproche. Es curioso que quien gritó “no nos representan”, hoy recelen de su presencia en los encuentros sociales o cancelen debates.

Desde el punto de vista de la comunicación política y democrática, un responsable debe entrar por la misma puerta que entran todas las autoridades (que está protegida y cuidada). ¿Qué esconde el que entra por la puerta lateral? Esa sombra perseguirá a ministros y vicepresidenta, como esa foto en X, luego retirada, de ministros en bar de alto nivel, horas antes del funeral (la tengo, hermoso y caro el entorno de La Dehesa, el que quiera entender que entienda).

No cabe duda de que las instituciones son respetadas cuando están e ignoradas cuando se ocultan. La gente no aplaude a quien hace cosas, aplaude a quien le acompaña, se interesas e intenta hacer cosas. Y no, no se han sentido acompañados por quien tenía la responsabilidad de hacerlo. Aquí no hablamos solo de emociones, hablamos de responsabilidades.

Liliana la voz del funeral, que perdió a su madre, dejó claros los mensajes que querían dejar: la gratitud, la exigencia de la verdad, el derecho a no ser tragados por la polarización ni por el dogmatismo, la necesidad de la memoria. También intuimos los demás el miedo a que la decadencia anegue nuestros servicios públicos.

En segundo lugar, nos dejó claro que, si se expresa una emoción, se comunica; si tu sensibilidad es más plana que un mantel, si eres un simple mercenario, solo vales para gritar un argumentario. Consejo que vale para muchos y muchas que dicen comunicar.

Por último, hay otro factor igualmente relevante: todos los acentos del español comunican, las convicciones personales no incomunican, la conversación comunica. Quien se aísla, muestra miedo.

El funeral nos dice que la gente de Huelva, la ciudad y la provincia, requiere ser nombrada, entendida, acompañada. Requiere verdad y la aspirina de la responsabilidad política. El que no lo entienda, pagará, créanme.

 

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