Trump y esa derrota maravillosa

Es muy reconfortante que la Corte Suprema de Estados Unidos haya recuperado la compostura y anule los caprichos más extremos de Donald Trump. Las derrotas de nuestros adversarios, empero, no son, empero, nuestras victorias, pero nos dan una pequeña alegría.

El tribunal lanza dos mensajes que, en realidad, se refieren a la democracia y son un aviso a aspirantes a autócratas: no se puede gobernar “sin concurso del legislativo” y los jueces son un bastión que no responden a quienes los nombran. Al parecer, en el tribunal constitucional norteamericano no había tanto “trumpista” y sí mucho traidor. En suma, recuerden lo de las barbas y los vecinos.

La decisión del viernes priva a Trump de su fuente de leyes maravillosas (la emergencia nacional), por 6 votos a 3, eliminar su aluvión de aranceles a las importaciones de prácticamente todo el mundo. Quizá vivamos más tranquilos sabiendo que el sistema de gobierno estadounidense -basado en la separación de poderes, el sistema de pesos y contrapesos y el Estado de derecho- no se ha derrumbado por completo.

Dicho esto, no nos vayamos a la bodega del cava rápidamente. El fallo del tribunal no restaurará a Estados Unidos a su antiguo lugar como actor razonable y confiable en el contexto mundial. La arquitectura política basada en reglas sigue fracturada. Trump sigue empeñado en desintegrarla. Y conserva poder para hacerlo. Ahora bien, detrás de esta decisión puede haber otras que… ya saben, por imaginar que no quede, pero hay jueces federales frotándose las manos.

La decisión del tribunal reducirá el arancel promedio ponderado por el comercio de los Estados Unidos del 15,3% al 8,3%, lo que es una muy buena noticia para los agobiados consumidores estadounidenses, así como para las empresas que dependen de componentes importados. La caída no es tan notable, el arancel sigue siendo alto para lo que solía.

De hecho, la decisión del tribunal agrava la incertidumbre económica, ya que los acuerdos que Trump alcanzó con otros países pueden verse trastocados. Ahora son los norteamericanos los que piden que los acuerdos firmados se respeten. Necesita otra fuente de ingresos para cubrir el déficit presupuestario generado por la renuncia a los aranceles aduaneros. Hasta ahora se ha estimado (Capital Economics) en un 0,5% del PIB la contribución arancelaria a la reducción de déficit.

Trump, inmediatamente, dejó de respirar, se enfadó y ha anunciado un arancel global general del 10%, que enseguida subió a un 15%, por 150 días a partir de los cuales tiene que hablar con un Congreso, algo díscolo últimamente y mirando de reojo futuras elecciones. También tiene límites para las medidas que usó contra China o los gravámenes al aluminio, la madera y, tachán, sobre los semiconductores.

Es bastante probable que Estados Unidos no se retracte de los acuerdos arancelarios que ya ha sellado con países de todo el mundo, incluidos el Reino Unido, la UE, Japón, Suiza y otros, hasta 20 países. Ahora les interesa más a ellos. Estos acuerdos, ahora vigentes, son inferiores al 30% que en su momento pidió Trump, pero la generalización del nuevo 15 podría afectar a productos hoy liberados, por ejemplo, en el caso de la Unión Europea que ha dicho que no permitirá esta generalización.

La cuestión es que mientras relevantes empresas empiezan a reclamar cobros indebidos por el fisco, muchos países pueden, ahora, renegociar los acuerdos firmados o rechazarlos, para volver a empezar. Por ejemplo, el Parlamento Europeo, beligerante en estas materias, puede poner en un aprieto tanto a la Comisión como a Trump. Hay quien ha dicho que Europa sí puede reflexionar sobre la situación política (Ucrania o Groenlandia) para poner carbón en la caldera.

La decisión tiene, también, otros efectos económicos internos en Estados Unidos. Hay una ley no escrita en materia de política económica: si ya estás en un agujero, deja de cavar. Trump no está para leyes de sentido común, ciertamente.

Esto significa que los importadores estadounidenses seguirán pagando precios más altos, al menos durante los próximos ciento cincuenta días, por los bienes del extranjero, lo que tendrá un impacto en la inflación. La devolución de dinero también podría suponer un posible estímulo fiscal. Esto supone un problema para la Reserva Federal de EE.UU. y para el propio Trump: se diluiría el sueño de bajar los tipos de interés y abaratar el dinero.

No solo los aranceles, las restricciones a la inmigración han dañado el potencial de oferta de Estados Unidos y la atracción de inversiones del sector privado es, en su mayoría, solo retórica. La semana pasada, el indicador de inflación preferido por el banquero central estadounidense subió.

Por ello, los mercados prácticamente no prevén una reducción de tipos en marzo. En un contexto, también de crecimiento algo desacelerado y con poca creación de empleo.

Esa incertidumbre política corre el riesgo de debilitar al dólar estadounidense y a los mercados en general en 2026. Y con un presidente atrincherándose en su guerra comercial, la inflación puede volver a ser un problema.

Igual volvemos a la cuestión de huevos alegada por Trump en la campaña electoral, pero esta vez con él al mando. Un desdiós. Los europeos podemos ver un espacio en esto: si el Rey es algo menos rey, a lo mejor podemos presionar más. Alguna burrada se le ocurrirá, seguro, pero tener por unos días el mango por la sartén podría hacernos gracia.

 

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