En un esfuerzo sin precedentes por justificar el generoso presupuesto asignado a la factoría de ficción demoscópica de La Moncloa, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha abandonado momentáneamente su deporte favorito -inventar mayorías absolutas para el sanchismo- para adentrarse en los sinuosos senderos de la comedia. El último estudio publicado, titulado Desinformación y humor, es, en sí mismo, la obra cumbre del humor negro institucional.
La factoría de ficción que dirige ese gran chistoso que es José Félix Tezanos ha concluido que el 93,6% de los españoles se considera una persona con sentido del humor. Una cifra asombrosa, casi tan alta como el porcentaje de españoles que necesita reírse a carcajadas para evitar el colapso nervioso cada vez que echa un vistazo a la lista de imputados del entorno de Pedro Sánchez o al precio de la cesta de la compra. Lo que el CIS olvida mencionar en su cocinada metodología es que, en la España de 2026, el humor ya no es una opción de ocio: es un mecanismo de pura supervivencia biológica ante el asedio diario del Boletín Oficial del Estado.
Según este piadoso informe, un 75,4% de los encuestados reconoce que el humor influye “mucho o bastante” en su estado de ánimo. Una gran novedad sociológica, sin duda, digna del Premio Nobel. España es una nación carcomida por una red de presuntas corruptelas mafiosas que harían palidecer a la Italia de los noventa: el sanchismo es la envidia de la Cosa Nostra, la ‘Ndrangheta, la Camorra y hasta de la Sacra Corona Unita todas juntas. En la España de Sánchez y de Rodríguez Zapatero (tanto monta, monta tanto), esa misma que analiza Tezanos con su factoría de ficción, negociado de comedias hilarantes, los ministerios parecen oficinas de colocación de familiares y mediadores con bolsas de dinero.
En esas condiciones, lo único que mantiene el ánimo del contribuyente es el chiste que recibe por WhatsApp antes de pagar la declaración de la renta. El sanchismo nos quita el poder adquisitivo, nos diluye la separación de poderes, pero el ciudadano medio se resiste con uñas y dientes a que le confisquen la última trinchera: su sonrisa irónica.
Sin embargo, el panorama se vuelve sombrío cuando la encuesta toca los límites de la libertad. El 55,5% de los ciudadanos cree que el humor está “algo o mucho más limitado” que hace una década, superando con creces al menguante 37,1% que todavía cree vivir en la Arcadia feliz de la libertad absoluta. Y es que reírse hoy en día en España es un deporte de alto riesgo. Si el chiste no pasa por el filtro puritano de la corrección política gubernamental, o si osa apuntar hacia la residencia oficial del presidente o los negocios de su entorno, el humorista corre el riesgo de ser catalogado inmediatamente de “fango”, “extrema derecha” o miembro conspicuo de la “fachosfera”. El humor libre ha sido sustituido por la sátira con visado ministerial.
La amenaza de la desinformación: ¿quién vigila al vigilante?
Más en plan Tezanos en Las que tienen que servir, el estudio del CIS alcanza su clímax dramático al abordar las noticias falsas. Un rotundo 85,1% de los españoles piensa que la desinformación es una amenaza para la democracia. Lo que el divertido CIS de Tezanos oculta taimadamente es la dirección de donde proviene dicha amenaza a ojos de la calle. Para el ciudadano de a pie, la mayor central de desinformación del reino no está en un servidor clandestino ubicado en San Petersburgo, sino en las sucesivas ruedas de prensa tras el Consejo de Ministros, donde las promesas políticas y los principios éticos caducan a los cinco minutos, transformándose mágicamente en “cambios de opinión”.
Para rizar el rizo del autoritarismo bienpensante, el 86% opina que se debería regular y sancionar de forma más severa la divulgación de informaciones falsas. Una música celestial para los oídos del sanchismo, que ya ensaya sus “comités de la verdad” (eufemismo de checas y purgas) y sus registros de medios de comunicación desafectos. Bajo el noble pretexto de protegernos de los bulos, el aparato estatal se prepara para aplicar el castigo a cualquiera que ose sugerir que el rey está desnudo, por un decir.
Si sancionáramos las informaciones falsas con la severidad que pide ese 86%, las primeras sedes en ser precintadas deberían ser aquellas instituciones que juraron que ciertas leyes eran flagrantemente inconstitucionales media hora antes de redactarlas por estricta necesidad de votos.
En conclusión, el último suspiro sociológico de mayo de 2026 nos deja una certeza absoluta: los españoles seguimos siendo un pueblo profundamente irónico, dotado de un humor finísimo que sirve de escudo ante el desfalco institucional. Puede que nos roben la cartera y hasta el alma misma, pero nos queda la risa. Como la factoría oficial siga su curso, el próximo estudio del CIS dictaminará, por real decreto, que el 100% de los españoles somos rabiosamente felices y que la corrupción es sólo un invento de la oposición.



