No a la guerra y nada más: el guapo, el cuatrero y una derrota y un cisne negro

Pues ya estaría: ¡No a la guerra! El presidente del gobierno español ha hecho un notable ejercicio de reflexión. Recuperen ustedes las chapas de hace 23 años, esperemos que las marchas sean más cortas, nos pilla más mayores, ese votante despistado y mayor que estaba por abstenerse: a ponerse chándal y a la calle.

El resumen de nuestros enemigos ha quedado claro: el trio de las Azores, los que no comparten nuestros valores; no estamos solos, estamos con el derecho internacional. El mejor momento de cuñadismo es cuando dice que esto va del enfrentamiento entre “quienes en lugar de construir hospitales construyen misiles”. Teoría de alto nivel.

“No a la guerra” es una posición éticamente correcta. Rescatarla de nuestro armario, arriesgado. Por cierto, no recuerdo mucho PSOE en aquel momento en las calles. Hay dos diferencias notables respecto a aquel periodo: había un intento europeo de prolongar los dividendos por la paz, tras la caída del muro, y hubo una notable presión social en toda Europa. En la dimensión nacional, la cultura contra el ataque a Irak era socialmente interclasista. Hoy, la percepción de Irán, aquí y en Europa no es la misma, el silencio de izquierda tiene algo de responsabilidad.

Esas diferencias con el pasado son las que, entonces, hicieron útil políticamente el “No a la Guerra”. Noten que he escrito políticamente, no electoralmente. A IU no le dio rédito electoral alguno. Hay que decir, también, que la mayoría social ya no está en la conversación política, en el histrionismo de la información de la tele pública o en las tertulias. Ha desconectado hace tiempo.

El valor ético y social no tiene, necesariamente, traducción política. Sin un ejercicio de gobierno, no teje en sí mismo alianzas, ni vías de entendimiento, ni mesas de negociación, especialmente sin crédito internacional. Sánchez exige; nadie le escucha. Lo que se siembra, se recoge. Tampoco parecemos tener plan B en ninguna dimensión: las referencias a que económicamente tenemos respuesta, habrá que verlo, pero dependerá del nivel de enfado de Trump y de la ayuda de los socios con los que no nos hablamos.

Los principios son “no a la guerra”, “esto es un tema de negocios” y “no estamos solos, estamos con el derecho internacional”. ¿Pero hay alguien más ahí? Francamente, lo de Trump es menos preocupante que lo que pasa con los socios europeos.

Por sí no lo recuerdan, ocho países europeos se han apuntado a un escudo nuclear; Francia, Reino Unido y Grecia han enviado tropas a defender Chipre. Ayer, mientras Trump montaba el número, el canciller alemán le daba la razón en la necesidad de presionar a España; Portugal, con todos los peros que deseen, ponía las Azores a disposición americana (“tenemos un atlantismo distinto al español”, dijo el ministro). Sin Italia, ni Francia ni Grecia, sin Portugal no hay sur para nosotros. Sin Alemania no hay norte. Todo en orden, “estamos con el derecho internacional”. Es compatible estar con ese derecho y mojarse en algo, digo yo.

El mundo no ve a nuestro liderazgo como lo ve Susan Sarandon. No vale ser guapo e interesarse por los presos vascos (por cierto, tranquila Susan, tras matar a más de mil, están la mayoría en las calles, sin cumplir condena). La desinformación produce la dilución de los iconos.

La pelea no va del guapo contra el cuatrero. El mundo no soportará mucho tiempo un matón a cargo del ruido del tren, al cuatrero tampoco le importa; pero el mundo necesita tiempo para reorganizarse, especialmente en Europa. Que España se quede fuera de la autonomía estratégica del continente, acompañada de la razón y el combate contra los oligarcas no es una buena idea. Mientras no entendamos que no es que pasen cosas, sino que estamos en una nueva era no tendremos respuestas políticas.

El orden internacional ha volado. Los europeos debemos garantizarnos una mínima seguridad, la escalada en Irán puede traer graves consecuencias, pero las llamadas al reencuentro imposible deben acompañarse de acciones para protegernos. No hay más remedio que pedir el regreso a las negociaciones, mientras nos protegemos, y protegerse requiere un grado de complicidad con los nuestros. Hablo de los europeos, no del cuatrero.

Ahora, como en el pasado, el resultado predecible de la aparentemente indefinida agresión estadounidense-israelí contra Irán será instantáneo y extenderá el caos. Civiles morirán, niños quedarán huérfanos y familias serán destrozadas, pero los iraníes, paradoja, no se quejan. La economía sufrirá, La convocatoria de una manifestación no es suficiente.

La singularidad española se ha convertido en una soberanía aislada que no deja de pedir ayuda y pasta, sin compromisos ni contrapartidas, en nombre de la ética y la solidaridad. En las cancillerías se piensa que, algún día, España debería poner algo. El alineamiento internacional y la construcción de nuestra singularidad rezuman no solo antiatlantismo, también una ruptura evidente del modelo de inserción de España en la Unión Europea. Un leve tufillo antieuropeo.

No nos comprometemos a nada, pero debemos ser ayudados ante cualquier crisis, cualquier embargo comercial. No queremos contribuir a la autonomía en seguridad, pero ya tenemos el paraguas francés al lado. No queremos contribuir a la autonomía energética, pero ya tenemos las nucleares francesas para resolver nuestros problemas en la red, la necesidad de recursos para nuestros centros de datos. Esa ruptura es una derrota.

Pero nada; no hay mayor reflexión. Trump le ha regalado a Sánchez un cisne negro electoral, una vez que casi todo iba fracasando. Estrujemos el conflicto en términos internos, un par de conflictos con Trump y ya podemos convocar elecciones.

No habrá embargo; no puede haberlo. En términos gruesos, los USA salen más perjudicados, tenemos un déficit comercial de 13 mil millones con ellos; el volumen de transacciones es solo un 4,5% del total. ¿Tranquilizador? No. Un tercio del comercio con los americanos es petróleo, ¿hay alternativa?: ¿volver al prohibido crudo ruso?

No habrá embargo, Europa nos protege, pero algunos productos (singularmente bienes mecánicos, aceite y vino pueden ser castigados: hay competidores esperando (Túnez, países hispanoamericanos). También tenemos dos grandes amenazas no sujetas al comercio: una cultura antiespañola –y una mala red ferroviaria- puede perjudicar al turismo extranjero, el norteamericano que más ha crecido en 2025 y más dinero ha dejado (10 mil millones); las inversiones de las tecnológicas (Amazon, por un poner) pueden ser frenadas; los inversores en renovables que sobreviven en USA, penalizados.

No desprecien al cuatrero, puede hacernos un destrozo en el rancho. Los alemanes y los franceses no nos salvarán de estas “pequeñas cositas”. Pero, qué importa: busquen la chapa y la pegatina, yo conservo la mía, podemos hacer copias.

No habrá consecuencias, decía el gran Albares, media hora de que hablara Trump y remachara el alemán. Hoy, Sánchez hizo un discurso interno, electoral y buenista. Ya estaría: ¡No a la guerra!

 

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