Si usted quiere recurrir a alguna inteligencia para inspirar a su lector abandone la artificial. Cuente su propia historia o recurra a una inteligencia natural. Permitan que parafrasee la inteligencia de Enmanuel Carrère. En su última novela (Koljós) escribe: “…Le han escrito el discurso –un “negro, como suele decirse, pero el negro tiene buena pluma”-…¿Quién le contó al negro las historias del discurso? Algún día lo sabremos.
Hemos escuchado ayer en Cibeles, hoy en el Congreso dos discursos notables en estructura y contenido, desde el punto de vista de la comunicación de las ideas. Antes de darles mi opinión, por cierto, de un no creyente y de izquierda, debo hacer varias constataciones.
Sea cosa del papa, o de su ¨negro”, quien ha ejercido como tal alguna vez sabe lo difícil que es no dar puntada sin hilo, hablaré de los santos que nos ha traído. San Juan Crisóstomo, elocuente filósofo griego, se enfrentó al emperador (tiembla Trump). Santo Tomás de Villanueva, agustino, de la misma orden que el papa, nacido en Valencia, no era un limosnero: creaba estructura para evitar la pobreza, mediante la creación de empleo. Y, por último, Santo Toribio de Mogroviejo, es un evangelizador de la conquista. En suma, quien quiera entender que entienda.
Debo decir, también, que he oído citar a más escritores españoles en esos discursos que en las dos últimas legislaturas en el Parlamento. Que han tenido que venir de Roma para hablarnos de Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca, cuyo 500 aniversario pasa medio oculto y ha merecido menos subvención que el “Primavera Sound”. Por último, si quieren una versión, casi historiográfica, de nuestra presencia americana lean el discurso en el Congreso. Dicho sea para quienes se avergüenzan o aceptan el populismo mexicano.
Estos comentarios sirven para introducir una de las tres cosas que, en mi opinión, muestra el viaje de León XIV. Nos propone como idea la suma de la historia de la filosofía griega, la historia de Roma y la voluntad humanista, a veces irritablemente lenta, que la Iglesia integró en Europa y que, poco a poco, nuestro continente ha ido interpretando, fundiendo culturas sociales y políticas ajenas a la Iglesia, en lo que es nuestro acervo cultural. Una vez más mi admirado “negro” ha acertado: en el texto escrito se incluye el lema de Europa en el discurso (In varietate concordia). Lema, “Concordia en la variedad”, que se escribe en latín, esa lengua tan muerta como el griego, permítanme la ironía, pero que perviven.
He aquí un portavoz inesperado frente al declive europeo. La variedad, va con valores, la paz y la dignidad en primer lugar, también las filosofías que nos son propias y que viajaron de Atenas, por cierto, a lomo de pateras trasladadas por sabios árabes, no por radicalizados islamistas. No cabe ignorar, salvo algún católico fanático, que esas ideas han sido pasadas por valores de ilustración y modernización que no deberíamos ignorar, muchas veces con resistencia de la propia Iglesia.
Con apenas alguna aparición de Enrico Letta o Mario Draghi, la ausencia de liderazgo intelectual frente a la ira que viene del atlántico hace que el discurso de León XIV parezca de una imprevista modernidad. El mensaje del cardenal Prevost es contundente y unificador en lo que respecta a Europa, ya que recuerda indirectamente su misión de conciliación. De eso va su insistencia en el derecho internacional y la multilateralidad.
En segundo lugar, podemos señalar, quizá los más veteranos que no hicieron la EGB lo recuerden, que en la Italia medieval había una profunda división entre güelfos (papistas) y gibelinos (seguidores del imperio). Lo que León XIV parece haber conseguido es convertir a los “trumpistas” en los “gibelinos” y a los europeos en güelfos. No sólo está el Papa en esa batalla, desde luego, pero sí parece que con menos sospechas políticas de los líderes laicos.
La iglesia se apunta, por sorpresa, a un cambio, con evidente continuidad doctrinal, no se equivoquen. Desaparece, de súbito, la lejanía con la modernización que ha caracterizado a la Iglesia en no pocas ocasiones y no pocos comportamientos, algunos todavía persistentes, por ejemplo, en materia de abusos, pero la doctrina permanece, quedan no pocos caminos que no se verán a corto plazo. No puede pedirse todo de golpe.
Lo más relevante de este viaje, empero, no es una cuestión doctrinal: es la insistencia en que la nostalgia no es una estrategia. No será su discurso muy disruptivo, hablamos de la Iglesia católica no se confundan ni pidan lo que no deben, pero sí de un cambio regulador de la sociedad en que vivimos. El cómo regular el cambio que viene forma parte de cierto optimismo que ha tratado de trasmitir León XIV. Forma parte de ese optimismo el abandono de los populismos que ha llamado polarización.
El papa, no nos engañemos, ha venido a hacer un discurso pastoral. Un socialista al que algunos de sus conocidos apelaban “boniato” ha declarado que el Papa ha hecho una enmienda a la totalidad a una parte del parlamento. La gritona habitual de la tele ha anunciado que el Papa ha venido a darle una bofetada a la derecha. El populista radicalnacional se ha pedido la política migratoria del Vaticano. La populista de la izquierda radical que no ha estado ha dicho que el Congreso se ha convertido en una Iglesia. Y se han escuchado tonterías parecidas. Los más han aplaudido sin más explicaciones, cosa que se agradece.
El Papa ha hecho lo que hacen todos los papas: emitir doctrina. Sí; ha generado expectativas sobre la paz y la migración, pero también sobre el aborto y la eutanasia. Sobre la identidad histórica española, al tiempo que la llamada a su actualización. No es que haya sido ambiguo en el Congreso, es que siempre ha sido así, para que cada cual elija su parte.
Esto es así, y así lo hemos conocido todos y todas. Quiero decir, en esta tercera de mis reflexiones que la Iglesia deberá formar parte de un conjunto de diversas culturas que compartan identidad europea, especialmente las ilustradas, no su exclusiva representación, o sería un modelo incompleto de futuro.
También quiero decir que convendría pasar página de determinados estereotipos (mezcla de dos palabras de origen griego, por cierto, por aquello de recordar orígenes). También que los católicos han decidido expresarse abiertamente, y no sólo estos días, reflexiones sobre el por qué se necesitarían en el mundo de la prescripción woke. La laicidad sociopolítica ha encontrado, de forma inesperada, un actor de cambio y resistencia al imperio que no esperaba y que, por desgracia, si no mejoramos las exigencias éticas y políticas, parecerá a muchos más confiable que los sujetos políticos en presencia.
El desanimado occidente ha encontrado un portavoz inesperado. A ver si los demás se ponen a la altura. No pierdan de vista al “negro”.



