Hoy había pensado contarles que la historia no pertenece a la geometría euclídea: no tiene lados. Acaso es un fractal, cuyos lados son infinitos, se retuercen y confunden. También deseaba explicarles que la moral de la historia no tiene faros, se guía por la conciencia que, a veces, es voz de júbilo u, otras, un grito de resistencia, dependiendo de dónde vivas o dónde sufras. Quiero decir que, por mucho que se diga por los correspondientes corifeos y sus gritadas hipérboles, en la historia no hay lado bueno ni hay ni faro moral en una posición política.
En la historia y en la moral tampoco hay “superhéroes” por mucho que poetisas ministras de exagerado verbo lo cuenten; solo pueblos que se lo curran. Seamos caritativos y entendamos que la ministra debe estar haciendo ejercicios de oposición a trabajar en la Organización Mundial de la Salud y recuerda que las visiones de convergencias cósmicas producen buenos resultados.
En fin, tendré que volver sobre ello otro día, aunque les deje en vilo sobre el desarrollo de mi argumentario. Debo cambiar el contenido de hoy porque han ocurrido cosas que no creerían: la señora von der Leyen ha hecho un discurso que, sorprendentemente, hace pensar.
No solo ha dicho que ya habla ella y que se calle Kallas, es que se ha puesto a contar bondades y maldades de la situación geopolítica y a poner deberes a Europa. En una posición muy alemana, ha venido a decir que pasemos de los americanos sin herirles, pero que nos ocupemos de lo nuestro (el mantenimiento del vínculo atlántico podría ser matizado, seguramente). Ha fijado dos posiciones europeas: no derramemos una lágrima por Irán y aumentemos el ritmo de nuestra autonomía.
En este punto me siento concernido. Últimamente, les insisto mucho en que lo que estamos viviendo no son simples acontecimientos, para los que tenemos respuestas en los manuales, sino un cambio de época. Lo hago nuevamente y les hago una pregunta que ustedes igual interpretan como trampa, pero que es conveniente hacerse: ¿La caída de Jamenei es como la caída del Muro de Berlín o como el derrumbe de las Torres Gemelas?
¿Por qué creo que el asunto es de interés?: si fuera el primer caso, tendríamos un mundo multipolar de reglas compartidas y recibiríamos, globalmente, los dividendos de la paz futura. En el segundo caso, no existiría mundo multipolar, la situación seria crecientemente disruptiva y proliferarían los escenarios de caos. Es por eso que medios de la izquierda, los españoles aún no se han enterado, insisten mucho en la idea de Muro.
Las manifestaciones masivas en todo Irán en enero –aunque salvajemente reprimidas, causando la muerte de decenas de miles de personas- fueron vistas como presagios de un ajuste de cuentas con los teócratas gobernantes del país, de la misma manera que la violación popular del temible símbolo de la división de Europa durante la guerra fría en Berlín significó la caída del muro y el régimen comunista de Alemania del Este en 1989.
Ahora, la repentina muerte de la figura más poderosa de Irán, el líder supremo, el ayatolá Jamenei ha alimentado aún más la creencia de que se avecina una profunda transformación. Jamenei ha durado más tiempo que el muro de Berlín, no es ociosa la comparación.
Su poder se refería a las posibilidades de negociar con Estados Unidos, sobre el programa nuclear de Irán, el reconocimiento de Israel, los códigos de vestimenta y matrimonio o abuso de las mujeres, la posibilidad de ceder ante las demandas desde abajo para liberalizar las reformas sociales. Jamenei tendía a la intransigencia en todos estos asuntos –y muchos más- en los que los electos, siempre del mismo mundo teocrático, no la pintaban. Ha caído un liderazgo personalizado y dictatorial.
A diferencia de lo que ocurría en los días finales del muro, no había oposición social disponible (las calles habían sido gaseadas por la Guardia Republicana), ni política (oposición asesinada o encarcelada, allí tenían una especie de Helicoide, llamado Enim, hoy vaciado para que los presos hagan de escudos humanos). No había un entorno territorial internacional presionando la libertad de su pueblo. No solo éstas son grandes diferencias sobre aquel momento del Muro: entonces, disponíamos de reglas y elevados consensos políticos y multilaterales. Ese orden, señoras y señores, permítanme que les diga, que ya no existe.
A estas dos cosas: “ni Irán, ni orden multilateral” se ha referido von der Leyen en lo que es una reflexión que en la izquierda debiéramos al menos escuchar (que el sanchismo no lo haga y prefiera la hipérbole huera es cosa suya y vagamente electoral). Cuando en la izquierda española –que no la europea- dijimos “Otan No”, disponíamos de un marco internacional que hacía que la autonomía no fuera penalizada. La posición con los aliados europeos es correcta en que remite a un mundo con reglas: el Tratado de la Unión, ese tan denostado en algunos círculos.
Las Torres Gemelas iniciaron el “escenario del caos”. En todos los “no a la Guerra”, empero, era el inductor el que formaba coaliciones y se tomaba la molestia de construir falsos relatos o aceptar mandatos de la ONU para los postconflictos (desde los Balcanes al propio Oriente Medio).
No es el caso de Trump, sea en Irán, Venezuela o en esa ocultada por la noticia relevante, pero no menos amenazante que es el “Escudo de las Américas” y la extensión graciosa de la etiqueta “narco” a todo lo que se mueva. Solo la autonomía estratégica (defensa, digitalización y energía) nos permite afrontar la disrupción que supone el norteamericano.
El cambio estratégico es exigible porque la desaparición de Trump no significará el retorno a lo que se ha roto. El equipo de Trump (Marco Rubio, más que Vance) es suficientemente joven, tiene base social y económica suficiente para impulsar el imperio asimétrico en el que están trabajando). Nuestras capacidades de respuesta dependen de nuestra alternativa (también en la necesidad de crecer y repartir, no solo crear asistencialismo).
Pueden gritarlo tantos 8 de marzo como se quiera: la alternativa al feminismo no es el fascismo. La alternativa al bombardeo no son las viejas reglas. Preocupa bastante que los medios de izquierda se enroquen en afirmar que Macron le está preparando el arma nuclear a la extrema derecha o que ignoremos las amenazas que los otros imperios (Rusia, sin ir más lejos) suponen para nosotros. La izquierda debiera pensar un poco más.
El ataque a Irán no concluye las operaciones disruptivas; no pierdan de vista que no solo crea una especie de “hinterland” israelí con apoyo árabe, sino que apunta a debilitar a China. No se puede reclamar lo que no existe. Asumamos que las Torres Gemelas han caído de nuevo y, esta vez, han caído sobre Europa.



