Debo hablar sobre la utilidad de un “hombre inútil”. La semana de Pasión y la Pascua nos han ofrecido ejemplos de que tenemos abundantes personajes absolutamente prescindibles, pero de cuya utilidad no éramos conscientes. No es la primera vez que hablo aquí del asunto de los “hombres superfluos”. De hecho, no es la primera vez que defino así a Pedro Sánchez, cuya construcción analicé con ustedes en la crónica citada.
Hoy, los tribunales nos han ofrecido dos juicios, los tribunales son más razonables con la pluralidad que Javier Ruiz: usted puede escoger. Uno es sobre unos “hombres muertos” (desparecidos y amortizados, los de la “Kitchen”). Otro va sobre un juicio al poder que aún sostiene la ficción de que nos gobierna, ficción peligrosa, ciertamente, para los demás, por gobierno escaso y abundancia en el gasto.
Los del segundo juicio están sostenidos en un manual de “persona recta y decente” que, al parecer, conoce ese ministro cuya prístina belleza, solo equiparable a su inteligencia, se pondera aquí siempre para evitar el enfado de los funcionarios que vigilan la red. (H)Oscar sabía, según mensajes esta semana conocidos, de las virtudes de Ábalos y la “ignominia” de la periodista denunciante de la vida disoluta del prócer procesado. Tremenda visión o complicidad, vaya usted a saber.
De Pablo Iglesias a David Uclés, de María Jesús Montero al presidente del gobierno en modo dúo sacapuntas (“ventidó, veintidó, veintidó…abarrotá estaba la plaza”) nos han regalado inenarrables momentos de pasión y pascua. No me interesa tanto volver a relatar como cada uno se ha construido como “hombre superfluo”, ustedes lo tienen en la memoria.
Todos los personajes citados tienen algo en común: la construcción de un hombre superfluo no es compleja, crece con los errores propios, el primero la soberbia y el segundo la egolatría. Este tipo de personajes han ocupado siempre, como ya les dije, un papel central en la literatura, alcanzando diversas dimensiones según la obra literaria fuera anglosajona, eslava o de la Europa continental.
Por ejemplo, no les cabrá duda de que Pablo Iglesias pertenece al personaje que es un fugitivo, pasmosamente inútil para abordar los cometidos prometidos. Más que un revolucionario es un alborotador que si ha rechazado el acuerdo en la izquierda de verdad verdadera andaluza es porque no la pinta, no saca pasta (el crowfunding de taberna no da para más y los socios internacionales están muy malitos) o no puede traer a la señora de Europa a pasear con Rufián por España.
María Jesús Montero más parece sacada de un cuento ruso, ciertamente: pena por las esquinas. Como en aquella historia de Turgenev, en que se compara al personaje con una ardilla dando vueltas en la misma rueda permanentemente. Siendo “milennial”, entenderán que el escritor David Uclés sea al abúlico por excelencia, necesitado de años sabáticos.
Pero, estimados y estimadas, qué hermosa mona de Pascua, con camiseta de “Paña, Paña” incluida, nos ha dado el momento “22” de Pedro Sánchez. Lo que nos faltaba, tras la recuperación de las procesiones y las películas “santas” en TVE, nos faltaba un momento patrio. Su personaje, sin duda, aparenta ser un rebelde, empero no lo es. Su rebeldía concluye un despacho de corte.
Ustedes y yo sabemos que lo de los 22 millones de empleos es falso, que cerca de 800 mil, el 4% de los trabajadores vienen de la pluriactividad (más de un contrato al mes) o del pluriempleo.
Ustedes y yo sabemos que los crecimientos de la ocupación son parecidos a los del primer trimestre del pasado año y todas las trampas estadísticas de las que se habla. Que la hostelería y la construcción se hayan arreglado, después de los temporales y las lluvias, no da para tanto como destaca. En el lado educado del populismo (ministro Cuerpo) han sido menos ostentosos.
Pero eso no importa. Ahí está Pedro con una camiseta preciosa, que mis nietos y los hijos de sus trabajadores de equipo no podrán comprarse: vale cien euros. Salvo que nos demos a la piratería, tentación que existe, ciertamente… “22”, 22”,”22” y que le den a Luzón.
Pero no crean que Pedro es un rebelde inútil, es un adicto al cargo. Existe un creador literario que lo retrató a finales del XIX: Benito Pérez Galdós (1888). Quizá ustedes recuerden a su personaje, Ramón Villaamil; en aquel Madrid galdosiano: “Madrid es el mundo, y el empleado público, el hombre. Morir es quedar cesante” (Pérez Galdós, B. Miau, Cátedra. 2004). La desesperación por evitar la cesantía, la ambición irrefrenable, es lo que lleva a Pedro a estos comportamientos tan estrafalarios como irrespetuosos.
Pero señoras y señores, no todo es el absurdo de estos “hombres inútiles” (o mujeres). Existen para que sepamos dónde buscar alternativas.
Por ejemplo. Ustedes habían dudado de que fueran ya necesarios los críticos musicales. Pues resulta que la crónica de David Uclés en La Vanguardia sobre el concierto de Rosalía, tras citarse a sí mismo en 65 ocasiones y abundar en tonterías que tienen más que ver con la estupidez natural que con la inteligencia artificial, con lo pétreo que con el barroco, nos muestra que necesitamos críticos musicales. Del mismo modo que María Jesus Montero nos muestra que, en realidad, no la necesitamos y Pablo Iglesias que dejó de estar.
Lo de Pedro nos muestra lo que ya sabemos: necesitamos a alguien que, simplemente, no nos mienta y viva en el mundo real, no en el mundo paralelo, la virtualidad del TikTok o el equipo inexistente.
Pedro resistirá, sin duda, pero ya es “un hombre inútil”, es un hombre al que la historia recordará con agobio. ¿Hasta cuándo aguantará? El hombre inútil aguanta hasta que le dan un empujoncito, hacia la cesantía. Un poeta se sintió en la obligación de “hablar sobre la utilidad de los poetas”, cosa de la que no habíamos dudado. Yo afirmo la utilidad de los “hombres inútiles”: una de ellas, enseñarnos a ser pacientes.



