Ayer, a las once de la mañana, ante el enésimo anuncio del apocalipsis, me preguntaron en la radio (ClickradioTV) sobre qué iba a pasar en la noche: “Unas bombas y nada”, fue mi respuesta. No; no es que el cronista sea muy listo, que lo es, por supuesto, es que se veía venir: cuando uno anuncia la edad de piedra, que es como anunciar la edad de los monos erguidos, va a ser que es un “drama King”, peligroso, pero “drama King” en búsqueda de negocio.
Nunca sabremos si fueron los mercados o el miedo de los ayatolás aún vivos. Nunca sabremos si es el ansia de negocio de Trump o las ganas de la Guardia Republicana de seguir matando a sus ciudadanos díscolos. Nunca sabremos si fue el abandono del votante republicano o la escasez de drones. Como ya dije aquí: no sabemos nada de la guerra ésa de la que usted me habla. Hoy, ni siquiera sabemos qué se ha acordado para hacer la pausa.
La patética carrera por apuntarse la victoria, iniciada por los contendientes, es tan patética como la carrera por apuntarse la victoria política en cada país del resto del mundo. Solo hay uno que parece saber qué busca y qué quiere: Netanyahu, y no es bueno, para qué engañarse. Entre tanta barbarie, este planificador de muerte se mueve como pez en el agua.
El alto el fuego es bienvenido, pero muy débil. Lo que se espera de las reuniones de Islamabad (Pakistán) es una carrera iraní por recuperar mercado, dinero y armas y de los norteamericanos por impedirlo -especialmente lo del uranio y el petróleo. También nos queda saber qué le pasará al resto de la zona en conflicto.
No debe confundirse lo del tiempo de negociación con una solución. No es que sea agorero, pero con Trump a la cabeza de la manifestación nunca se sabe. Estamos en una pausa, producto de un nuevo “taco” (Trump alwais chicken out: Trump siempre se acobarda) y se nos vienen nuevos líos.
A pesar de las declaraciones de éxito de todas las partes, la realidad es que nadie ganó la guerra. Trump presentó el conflicto como una victoria militar y un paso hacia el cambio de régimen. Sin embargo, la guerra fue mal concebida, basada en la premisa de que sería rápida y decisiva (los emperadores siempre calculan mal, pregunten a Putin). En cambio, resultó mucho más costosa y dañó la credibilidad de Estados Unidos y las relaciones con sus potenciales aliados. Eso sí, una consecuencia notable se nos viene: la desaparición de la OTAN y la venganza del hombre anaranjado, que será terrible.
La guerra no ha producido un cambio de régimen, por ahora, nunca se sabe. Propició la promoción y consolidación de un nuevo liderazgo que parece más intransigente, pero esto habrá que verlo. Veo demasiados análisis apresurados: no sabemos cómo respira el pueblo decepcionado de Irán. Si sabemos que los que hay al frente carecen de la experiencia política y militar de los caídos, por los que no derramo una lágrima. Sí por su pueblo y por la violencia contra el derecho. Es lo que tiene un movimiento súbito del escalafón: nunca se sabe si la inexperiencia es buena consejera.
Afirmar que Irán ha salido victorioso es una alegría innecesaria y pelín demagógica, una satisfacción “antitrumpista” bastante equívoca, dirigida a múltiples clientelas. El país y sus capacidades militares han sufrido daños considerables, en algún punto irreversible. Económicamente ya estaba en fase de castigo y esto lo rematará. En realidad, el único activo que conserva es su posición geográfica en un estrecho que no sabe, exactamente, si puede defender y si puede administrar y menos someter a peaje.
Mantener Ormuz y domeñados a los contrarios al régimen ha tenido un precio: Teherán ahora se enfrentará a desafíos políticos y económicos monumentales por parte de su población traumatizada y tendrá que lidiar con la ira de sus vecinos, lo que lo aislará dentro de la región. El liderazgo, nos guste o no, pasará a los saudíes, en comandita con Israel.
En toda la región, los efectos fueron inmediatos y de gran alcance. Los Estados del Golfo quedaron expuestos tanto económica como estratégicamente: no eran los “influencers” vividores, eran sus distopías en el desierto, la ficción de su riqueza, trufada de esclavos inmigrantes y derechos perseguidos. La capacidad de comprar influencia con dinero a espuertas que ha contaminado a medio mundo, incluidas afamadas y venales supercopas Eso puede haber caído entre misiles y drones iraníes. Hemos vivido una guerra regional.
Hemos vivido una carrera de costes que explica el alto el fuego en este momento. Pero también subraya la dificultad de convertir esta pausa en un acuerdo duradero. China, la Europa menos agresiva y Reino Unido tienen un espacio que cubrir, aunque no le guste a Trump y a algunos europeos. No se preocupen, supongo que a nosotros nadie nos espera.
El programa nuclear iraní desaparecerá junto con el uranio enriquecido, al igual que su producción de misiles. Quizá les queden los drones. Pero es tan importante que el miedo a una dimensión regional bélica quede relegado. Los Estados del Golfo buscan garantías de que no seguirán expuestos a la presión reiterada sobre su infraestructura y rutas marítimas. Israel está en el modo escéptico y “yo a lo mío” habitual.
El alto el fuego no debe entenderse como el fin de la crisis, sino como el inicio de un nuevo periodo de incertidumbre. Lo que surja de Islamabad quizás no llegue a ser una paz duradera, no nos pongamos exquisitos, la alternativa será la escalada. Son las 21.21: Ormuz parece cerrado y el Líbano, bombardeado.



