Ustedes creen que la playa es un mundo paradisiaco, donde reina la desnudez y la alegría. No; no están prestando atención. Abundan, claro, los cuerpos hermosos, las relaciones potenciales, las conversaciones livianas y las lecturas frívolas. Por supuesto, también, los peligrosos rayos UVA y las criaturas escandalosas. Pero escasea lo vital: el agua, las bebidas hidratantes, el alimento, la sombra y, naturalmente, el espacio en la primera línea.
Todos los veranos tengo que recordarles que la playa es un mercado salvaje y ustedes no me hacen caso. En estos tiempos donde los periódicos del progresismo global nos informan de que unas uñas cuidadas pueden ser símbolo del neoliberalismo, guardan silencio sobre las maldades neoliberales de la playa. No entiendo como algo tan evidente para los vigilantes del malvado mercado les pasa desapercibido. Igual los ingresos publicitarios y los impuestos convertidos en subvenciones dependen de ello.
Para empezar, la playa es un espacio de escasez: faltan soluciones habitacionales para ocupar la primera línea de baño, falta sombra y falta hidratación. Un gobierno atento a las necesidades de su pueblo y tan sensible a resolver problemas debiera afrontar con rigor este asunto.
La ministra de vivienda y la izquierda de verdad verdadera debieran garantizar un lugar a los vulnerables en la primera línea de playa, una vez que se desembarace de esos ocupas burgueses que van armados con unos instrumentos llamados sombrillas “de gran simplicidad, pero complicado manejo” que se clavan cual mástil, como el malvado Cortés lo hacía con su espada.
Las autoridades deberían promover el acceso igualitario al baño, estableciendo un oportuno sistema de puntos donde, naturalmente, tengan acceso privilegiado no los que lleguen antes, sino los que carezcan de las oportunidades conocidas debido a la falta de habilidades como la carrera, la dificultad del burka, el madrugar o la ausencia de familia, cosas que deben ser consideradas. Sí estamos, estamos.
Cuando hay escasez, el poder pertenece, como ustedes imaginan, a quien la administra. Cosa que el gobierno, notablemente progresista, ha encargado a un monopólico y abusivo administrador que tiene nombre y apellido: el chiringuito. El chiringuito contradice todas las doctrinas progresistas, como se sabe.
Mediante métodos no ajustados a derecho, lo ha dicho el Tribunal Supremo, el chiringuito administra, en monopólico régimen, precios de bebidas y viandas, incluso privatiza la sombra mediante la instalación exclusiva y abusiva de hamacas y parasoles.
Ante la ausencia de competencia se extiende no solo la batalla de la primera línea de los bañistas sino, también, la economía irregular que se organiza en la arena de sus delicias playeras. Han cambiado algunos agentes del mercado irregular desde la pandemia. Las personas de la raza calé, han sido sustituidas, a ver si lo digo sin liarme, por “personas racializadas procedentes del subsahara” (los marroquíes viven de subvenciones), pero que han aprendido las nobles artes del mercado.
¿Se acuerdan ustedes de aquel señor, de profesión barquero, que tuvo canción propia que decía “Al pasar la barca, me dijo el barquero: las niñas bonitas no pagan dinero”? No solo era un pelín machista, era algo peor: lo que en economía se llama un “discriminador de precios”: los hombres y las feas, según su criterio, pagaban.
Esa estrategia que, en el mercado real, requieren de mucha información y datos, ha sido resuelta brillantemente por quienes venden pareos o mantas de playa, esas cosas que hasta hoy usted no sabía que necesitaba. Han recurrido a una estrategia grupal, para resolver el problema de la información: cobrar un precio distinto según público objetivo. Así, sorprendentemente, un pareo adquirido por una finlandesa será más caro que el comprado por una señora de Albacete, por un poner.
El tercer grupo, tras los okupas de la primera línea de playa y los vendedores de todo tipo que ocupan la playa, son los vendedores ilegales de bebidas y alimentos. Estos practican un pacto ilícito de márgenes de precios, una colusión oligopólica de manual. En segundo lugar, respetando esos márgenes, cobran según renta –los vendedores de bebida playera son muy “podemitas”, aunque no lo crean-.
Esta práctica que, como la anterior, requiere en la economía regular de mucho análisis y prospección, queda resuelta con la experiencia de mercado: como usted responda a su sonrisa con la suya, está perdido y si lleva reloj de marca cual futbolista, dese por estafado. A la playa se va de pobre, que la desnudez nos iguala a todos y todas.
El chiringuito se defiende como puede y vence porque dispone de un producto diferenciado: la sombra. Y, por otro lado, de un argumento de marketing que podría persuadir a un carabinero de posarse en un arroz: en la playa, usted persiste en no parecer pobre, se apunta al lujo y no es sensible a los precios.
Consecuencia: albariño, copita a cinco euros, en el mercado dos euros; lubinita para los niños, recién pescada, naturalmente, 60 euros; en el mercado 8,50. Un masaje, una clase de Taichí, a precio de master, usted mismo. Dice mi nieto el pequeño que el dinero no existe, y enseña sus bolsillos. Pues eso. Luego dirán que la economía no es útil.
Yo se lo tengo advertido, a estas discriminaciones neoliberales no advertidas por los medios “fetenprogreistas” le llaman ahora comprar experiencia. No sabe usted la cantidad de experiencia, a precios inauditos, que se compra en las playas hispanas por los que vienen de planetas rosados “con fisonomía y hechura tipo Luciano Pavarotti, mayoritaria en la zona” de origen.
En fin, me dejaré seducir por mi apariencia de rico una mañana más y me iré a tomar mi vinito al chiringuito. Qué vino y a qué precio venderán hoy no lo saben ni las cartas de mi amigo el tarotista. ¡Ay, cómo echo de menos a mi tabernero! (Observen que escriba lo que escriba el tal Puente, este verbo va sin H).



