Les cuento: estaba yo escuchando a la señora von der Leyen, no hagan comentarios, ustedes ven películas de terror y yo no digo nada, cuando recordé que hace unos meses la Unión Europea nos animó a disponer del conveniente kit de emergencia, dinero líquido y algunos víveres, por si alguna urgencia.
Debo preguntarles, ¿cómo va su preparación? La mía fatal. Empecé con los componentes básicos: toallitas húmedas, botiquín de primeros auxilios y pilas que se nos demandaban; ya que estaba, eché una camiseta de la selección española blanca y otra del Madrid, también blanca. La Organización Mundial de la Salud, siempre atenta a corregir las decisiones de los políticos ignorantes (creo que les mandaremos a nuestra ministra para que lo explique bien en inglés), ha sugerido disponer 15 litros de agua por persona al día, por lo que en casa debo almacenar 90 litros para cubrir los tres días requeridos. Intuitivamente, me parece que las probabilidades de que podamos almacenar esa cantidad son menores que las del desastre que se supone que deben prevenir.
¿De qué desastre se trata? Si entendí bien, la cosa era prepararse para un ataque preventivo de la URSS, perdón quise decir de Rusia. Sin embargo, el señor Amodei, el bombero pirómano de la IA más ético, nos anuncia que agentes deshonestos de IA, por él creados, pueden provocar ciberataques, bioterrorismo, graves perturbaciones económicas y el ocaso de la humanidad. Estoy de acuerdo con mi contertulio Carlos Lillo, se lo decía aquí ayer, en la necesidad de regular, pero tengo una pregunta: ¿y si en lugar de hacer kits o regular metemos directamente en la cárcel a los de la IA, hasta que sepamos qué nos ocultan? ¿Otro sí: que Kit puede defendernos de un ministro de prístina belleza y notable sensibilidad que le dice a una víctima de ETA que “el otro está vivo y coleando”? Habida cuenta de que un 4,6 de mi dinero es falso y que al mes que viene será cerca del cinco (inflación), ¿debe ser actualizada la cantidad de dinero que debemos guardar?
No hay respuesta. Así que repaso mis reservas. Esto es lo que tengo: una linterna gigante (descargada), que compré en modo “preparacionista”, después de sobrevivir al aterrador apagón que nunca habría de ocurrir, tengo muchas tiritas muy grandes y un puñado de pequeñas redondas, las de tamaño normal se me acabaron hace tiempo. Había dos latas de atún, que se reducirán a una después de la cena de hoy; dos litros de agua con gas, así que durante la primera hora después de un ataque nuclear, suponiendo que ocurra esta tarde, al menos podré disfrutar de algunas burbujas en un spritz (eso no está en el kit, sorprendentemente), y hay tres pastillas de ibuprofeno, también.
En otras palabras, no estoy preparado y mi mayor deficiencia radica, evidentemente, en mi actitud, cosa que, mirando alrededor, parece ser compartida por el personal. Da la impresión de que la mayor amenaza no es la que viene del futuro, sino la que vivimos diariamente, si no me creen, preguntan en Ceuta, en Adamuz o a los que consumen Butano.
Uno piensa que no es exactamente que no nos importen las amenazas. El problema parece ser que, salvo Carney y Draghi, dudo que nuestros líderes hayan entendido nada. Lo que ocurre es que es difícil saber qué hacer. Aunque, quizá, algunos sí saben lo que habría que hacer, pero no saben cómo podrían, después, hacer para ganar elecciones limpiamente.
Parece raro que después de una pandemia, un par de guerras, algunos apagones y trenes varados en las “antillas” de la muerte, necesitemos fingir que nada ha pasado, antes que protegernos.
A esto se le llama resiliencia en realidad. Pero este tipo de autoengaño no sirve, en realidad, para mucho. Me sabe mal reconocerlo, pero igual la señora von der Leyen tuvo razón aquel día y necesitamos el kit domestico de resistencia y resiliencia, más amplio, eso sí.
Vale, usted piensa fríamente que le pasa como a mí: entro en pánico cuando mi nieto pequeño no encuentra sus zapatillas, mi nieta menor no puede tocar la batería (es “rockera”), mi otro nieto se queda sin batería en el móvil y a la mayor se le olvidó el libro en casa (no lo comenten mucho, la niña, lee). Otras cosas son igualmente amenazantes: un despreciable tuit del ministro que gobierna como tuitea, una reflexión de Pedro, una opinión de los de a un fascal la hora o el ataque de un dron de Tebas al Bernabéu.
Teniendo esto en cuenta, recomendaría echar un vistazo a las páginas de amenazas oficiales para caer en la realidad. Hay potenciales guerras híbridas, posibles guerras nucleares, pandemias, sequías bíblicas, inundaciones, el colapso de la red eléctrica nacional, accidentes mortales de ferrocarril y la amenaza que supone el clima. De invasiones no se dice nada, pero es que eso es fascista, según aparecido informe del Instituto Cervantes.
Según las novelas que tengo a mano, excelente guía, mientras Mercadona esté abierto, y medio vacío, porque los de Sumar, Podemos y las televisiones públicas dicen que no hay que ir, quizás todo salga bien. Yo creo que tengo algunas nueces y un par de congelados, pueden venir, algo haremos. Podríamos sacar las pilas del mando a distancia para usarlas en la linterna. Como Carvalho, en las novelas de Montalban, tengo un montón de libros para hacer fuego, empezaríamos, como Pepe, con “España como problema” y luego quemaríamos “Manual de Resistencia” y las·Cartas Marruecas”.
Siendo viernes, debo tomarme un vinito a su salud. Aprovecharé para preguntarle al tabernero por qué un alimento tan necesario no está en el kit. Eso sí, tengo un problema, tras leer el informe presentado por el Instituto Cervantes sobre el uso de las palabras en determinados contextos, deduzco no solo que la invasión es fascista, sino que no debería decirle a mi tabernero “por favor, sírveme un vino”. Servir puede ser símbolo de esclavitud y vino de alcoholismo. En fin, le pediré que me escancie algo de uva prensada, dejada fermentar en barrica y luego embotellada. Queda largo, pero será políticamente correcto y coherente con la poesía de nuestra experiencia actual.



